Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica

Caminar por Milán sin apremio y con tiempo bonancible es una actividad muy gratificante, al alcance de todos los bolsillos (¡ojo! ¡únicamente el paseo, sin extras!). Si uno está, por ejemplo, tomando un bocadillo a los pies del monumento a Leonardo, junto alla Scalla, y dejándose guiar por la fuerza del destino sigue el rumor del Va pensiero que le llega de la vecina calle Giuseppe Verdi (“¡Ve, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal!“), dará sin GPS ni nada con la calle Dell´Orso. Transitándola en sentido este-oeste topará con la oficina de correos. Atravesando Broletto por donde pueda, llegará a Vía Cusani. Y no hay nada más fácil una vez allí que orientar los pasos hasta la Plaza del Castillo. En el cabalístico número trece se encuentra el célebre apartamento-biblioteca de Don Umberto Eco. El profesor italiano era un acaparador de libros, coleccionista empedernido que atesoraba en este edificio singular más de treinta mil ejemplares, ochocientos metros lineales de tomos, tomillos y tomazos distribuidos por orden alfabético en estanterías que lo cubrían todo, de arriba a abajo. Vista desde afuera, la propiedad, sita en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, resulta imponente. A pocos metros de la sinagoga, uno se imagina a D. Umberto en este templo de idolatría pagana yendo y viniendo por pasillos flanqueados de libros que en la mayoría de los casos no fueron siquiera abiertos desde que salieron de la prensa. Eco no los había leído todos, claro. En primer lugar porque eso es imposible, pero también porque hubiera sido una fútil pérdida de tiempo y energía. Saber más no es proporcional a la cantidad de lo que se lee, sino a la calidad. Y el viejo erudito era maestro en separar el grano de la paja. Como bibliófilo había invertido los caudales que le reportaban sus derechos de autor en la adquisición de libros raros, códices e incunables. Guardaba la que él denominaba Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica en una estancia climatizada, a prueba de cacos y polillas.  Quién sabe cuántos catarros pilló ese hombre contemplando sus mil doscientas joyas, pasando las páginas y descifrando las anotaciones que doctos lectores pretéritos dejaron de su puño y letra. Eco deseaba que su biblioteca, la nueva y la vieja, se mantuviera íntegra. Recientemente el Estado Italiano ha mediado para cumplir su voluntad, lo que garantiza casi al ciento por ciento que lo que reunió D. Umberto con tanto ahínco terminará fraccionado, dividido, troceado, desmenuzado, loncheado y hasta atomizado. Quizá dentro de unos años podamos contemplar su ejemplar de Hypnerotomachia Poliphili en la biblioteca de Alessandría (su ciudad natal) o en la librería de lance de Sotheby´s. Lo cierto es que pese a que los materiales de los que están hechos los libros de piel, papel o papiro son perecederos, el empeño que el ser humano ha puesto en preservar el conocimiento es uno de los motores del progreso científico y técnico. Esperemos que también del intelectual. Y es que todavía hay muchos libros buenos por descubrir, incluso en la biblioteca del 13 de la Piazza Castello. Feliz año.

kafka en el lago

El lago di Garda es un bonito rincón del norte de Italia, entre la Lombardía, el Véneto y el Trentino, conocido de sobra por quienes viajan a los destinos más concurridos de Europa. Mucho antes de que se inventara el turismo masivo y descerebrado, las orillas de este lago eran frecuentadas por visitantes enfermizos que buscaban paz, recogimiento, aguas termales, un clima amable y buenas dosis de pintoresquismo del que ya no encontraban en sus ciudades de origen. Tal fue el caso de Franz Kafka, un autor recurrente en estas páginas de aire, y al que volvemos siempre que haya algo que así lo requiera. Nuestros paseos por Riva del Garda nos pusieron de nuevo sobre la pista de este autor que la historia de la literatura acogió en su seno de rebote, fruto de una notoria deslealtad de la que ya se habló en su momento. En el otoño de 1913 (Franz contaba por entonces treinta años) coqueteaba en el Naturheilanstalt de Hartung von Hartungen (recordemos que en aquella época esta zona del norte de Italia pertenecía al Imperio Austriaco) con una joven de dieciocho primaveras que se hospedaba en la habitación del piso superior, debatiéndose entre los amores posibles con una suiza, otros más probables con la rusa de la habitación de al lado y los imposibles con la polaca con la que mantenía una relación epistolar. Fue a ésta última, la paciente Felice, a la que confesaría sin ambages “lo mucho que le importaba Gerti”¹. Kafka arrastraba una tremenda inmadurez sentimental, que puesta a secar en el tendedero moral de su época, estuvo en el origen de su perpetua indeterminación afectiva. Después de su corta estancia en el Garda, Kafka vuelve a Praga con energía y se aplica de nuevo a su actividad literaria: corrige sin demasiado agrado La Metamorfosis y retoma el diario abandonado en el que vela de misterio el encuentro con la chica “de arriba”, a la que no volvería a ver ni a escribir por deseo mismo de la interesada. Tampoco Kafka regresaría jamás al lago de Garda. Sin embargo, tres años más tarde escribiría El cazador Gracchus, cuento ambientado en Riva que está entre lo menos conocido de su producción. En él, un hombre muerto hace siglos llega al pueblo, donde le recibe el alcalde. Su historia mortal tuvo su fin el día en el que se despeñó persiguiendo un rebeco. Pero su aspiración de descansar en paz se trunca una y otra vez. Cada intento por alcanzar la última morada termina en un puerto distinto, siempre en las regiones inferiores de la muerte. Leamos este relato antes de que declaren ilegal la práctica cinegética y El cazador Gracchus sea condenado y expurgado junto con Sangre y arena de Blasco Ibáñez y la Caperucita Roja de Perrault.

¹ DESMARQUEST, Daniel. Kafka y las muchachas, (Edaf, 2003).

el libro de San Bartolomeo

El Quaker City era un buque a vapor alquilado por la armada de la Unión durante en la guerra civil americana. Retirado del servicio activo, se reconvirtió en barco comercial y de recreo. En 1867 los periódicos se hacían eco de un maravilloso crucero de placer a bordo del Quaker City que partiría de Nueva York con destino a Europa y Tierra Santa. Entre el selecto pasaje figuraba un tal S. Clemens, de California, inquieto escritor que no desaprovechará la oportunidad para redactar una serie de cartas que tiempo más tarde se editarán como libro de viajes: The Innocents Abroad. No contaba Clemens que esta obra sería la más vendida de entre todos sus libros, por encima incluso de los futuros Tom Sawyer y su secuela, Las aventuras de Huckleberry Finn. A estas alturas no creemos necesario desvelar la identidad de Míster Clemens, así que ni siquiera insinuaremos el seudónimo por el que se le conoce universalmente: Mark Twain. La mirada del autor de la Guía para viajeros inocentes es genuinamente americana: humor fino, agudeza verbal, arrogancia y hasta una cierta comprensible ignorancia provinciana que se combinan para componer un relato muy al gusto de los lectores de la época. Hace poco tuvimos la oportunidad de recrear los paseos de Twain por Milán y su visita al Duomo: “Estábamos enfermos de impaciencia; ¡nos moríamos por ver la famosa catedral!”. También para nosotros el deseo de penetrar los muros del fastuoso edificio era mayor que la entereza necesaria para superar las tres líneas de seguridad con cacheo incluido que nos separaban de esta blanquísima escalera hacia el cielo, a esas horas encendida al sol de la mañana como una mole incandescente. Después de salvar cuántos obstáculos se opusieron al peregrino, retomamos el itinerario por de la nave septentrional que nos llevó a los pies del San Bartolomeo scorticato, patrón de los peleteros, statua de Marco d´Agrate. Quien desconozca la historia del apóstol no encontrará sentido a la figura desollada, con mirada perdida, que exhibe pose triunfante sobre aquellos que intentaron quebrar sus convicciones por el tormento. Y quién sí sepa del suplicio del santo notará enseguida que la estola que cubre hombros y partes pudendas es la piel que le arrebataron los armenios, volviéndosela del revés como un calcetín. Sobre el pedestal, la desnuda carnosidad que impresionó a Twain sobrecoge al visitante moderno, que captura con su cámara el detalle macabro de fibras, venas y nervios, expuestos a la indiscreta curiosidad del observador con una impudicia que nos recuerda el De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio. En este caso, llama la atención el atributo de Bartolomeo: un pesado libro abierto apoyado en la parte anterior del muslo en lugar del cuchillo de desollar verracos que tradicionalmente le identifica ante los fieles. Después de hora y media larga de contemplación, el devoto paseo por las naves del duomo se transforma en apresurado y frívolo tránsito a través de Galería Vittorio Emanuele II hacia el monumento a Leonardo, frente al teatro alla Scala. Pero antes de abandonar la catedral, y sin que seamos conscientes de ello, la última mirada se prenda del desnudo personaje, quizá el más desnudo de cuántos hubo en la historia del arte, y en el vínculo de nuestra fascinada repulsión con la vívida impresión que hace más de ciento cincuenta años inspiró estas palabras del célebre autor de El príncipe y el mendigo

La figura era la de un hombre sin piel; con cada vena, arteria, músculo, cada fibra, tendón y tejido del cuerpo humano, representado hasta el más mínimo detalle. Se hacía natural porque, por alguna razón, parecía que le dolía. Lo normal sería que un hombre desollado diese esa impresión, a no ser que estuviese entretenido con algún otro asunto. Era horrenda y, sin embargo, ejercía una especie de fascinación. Siento mucho haberla visto, porque ahora ya siempre la veré. A veces soñaré con ella. Soñaré que descansa sus brazos acordonados sobra la cabecera de la cama

Un día hace cien años…

 En último proyectil de la Primera Gran Guerra (sin desmerecer a las demás) se disparó un segundo antes de las once de la mañana, un once de noviembre (mes once) de 1918. Hoy hace un siglo. Estamos en condiciones de asegurar al ciento por ciento que no queda nadie vivo que pueda dar testimonio del hecho. Guardamos registros sonoros, imágenes, películas y libros. Para las nuevas generaciones de escolares, la memoria de las guerras mundiales se reduce a ridícula palabrería histórica en sendos capítulos del libro de texto. Como la Reconquista. O las Guerras Púnicas (¿Alguien se preguntó alguna vez por qué se llamaban así? Pues el que tenga curiosidad, que lo busque). La ignorancia sirve para dar nuevos significados a los conflictos bélicos del pasado, “liberadores”, “revolucionarios”, “justos”… Es tan fácil manipular la historia que causa sonrojo la escasa talla intelectual de los que cada día lo hacen con descarada soltura. Pero para eso hay abundante literatura, documentación más que suficiente para contrarrestar las andanadas de balines tuiteros que “incendian” las redes (desafortunadamente en sentido figurado). Como tenemos la manía de no decirle a la gente lo que tiene que decir, creer o pensar, invitamos a que cada cual se forme su propio juicio (que es distinto a opinar: un chimpacé medianamente entrenado es capaz de expresar una opinión, pero emitir un juicio razonado es exclusivo de las funciones cognitivas superiores de la inteligencia humana). Para ello recomendamos algunas obras interesantes de fácil acceso y muy reveladoras: El Miedo, de Grabriel Chevalier (con el aliciente de que el autor fue calificado en su país de antipatriota por este libro), Sonámbulos, de Christopher Clark (Es difícil explicar el desarrollo de una guerra sin analizar los malentendidos, las bobadas y los gestos involuntarios que hicieron que se desatara una crisis sin vuelta atrás en cuestión de semanas), Tres soldados, de John Dos Passos (No hay que olvidar que los campos de batalla europeos se empaparon de la sangre vertida por miles de jóvenes reclutas venidos del otro lado del atlántico), El desertor, de Lajos Zilahy (autor húngaro que está muy bien conocer. Y leer), Visión estelar de un momento de guerra, de Don Ramón María del Valle Inclán (de cuando nuestro enorme autor hizo de periodista y cruzó las líneas enemigas a bordo de un avión espía. La lengua española por las nubes y más allá), La caída de los gigantes, de Ken Follet, Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline o La Primera Guerra Mundial contada para escépticos, del prolífico Juan Eslava Galán.

Y ya sabes: si no quieres ser como ellos, lee…

jardines en el bolsillo

“Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo”. Así reza un proverbio de origen árabe, y aunque podríamos suscribirlo con el ese mismo ánimo poético, le vamos a poner algunas pegas de esas que les escuchamos a veces a nuestros compañeros de la FP Agraria: Hay jardines muy coloristas pero pretenciosos. Otros se presentan salvajes, pero lo que están es descuidados. Los hay tan insulsos que lo mejor que se puede decir de ellos es que su césped parece artificial. También encontramos jardines en rincones recoletos que son como pequeños retratos de la naturaleza, pero otros están comidos por la maleza, son cenagosos, oscuros y tristes. Por analogía, hemos de acercarnos a los libros con idéntica precaución: no todo lo que se imprime es bueno, ni conveniente, ni entretenido. Para no rendirse a modas o corrientes, o no sucumbir ante las interesadas promociones publicitarias, es necesario que alguien nos guíe por la endiablada geografía de las letras, que es la del pensamiento, transitando por falsos paraísos de postal hacia los destinos que satisfarán la sed del viajero y su ansia de paisaje. Jardines en el bolsillo es un programa radiofónico de libros y literatura. Así. La diferencia con otros estriba en el enfoque: de ordinario la divulgación literaria se va por el cerro de los excesos y las pedanterías, ignora a los clásicos o se centra en la prosa o en las novísimas novedades de la industria editorial. Jardines habla de Literatura sin entrevistas, estridencias o parafernalias, haciendo de cada sección un agradable y entretenido encuentro a tres bandas: locutores, autor y oyentes. Radio Nacional de España tiene tradición en este tipo de programas y es, de largo, la que emite mejores contenidos culturales y musicales. Hubo tiempos mejores, también es verdad, pero los profesionales más reputados fueron expulsados o invitados a jubilarse para retornar a un modelo más dócil y empático con las directrices políticas de turno. Aún así, no se consiguió arrasar por completo con una escuela de radio que comenzó a fraguarse a comienzos de la Transición y cuyos herederos son los promotores de programas como el que traemos hoy a nuestra bitácora. Solo nos queda recomendarle a nuestros lectores que lo escuchen, que es gratis. Todas las entregas de este espacio semanal están a disposición en el archivo sonoro de Radio Nacional de España.