machado

Hace ochenta años que desapareció el poeta Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por las terribles circunstancias de la guerra, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al escritor sevillano (personas de incuestionable mérito académico afirman que Don Antonio era sorianoDoctores tiene la política…). Falleció en la cama de un pequeño hotel junto a la cajita que contenía un puñado de tierra española.  Lo enterraron de prestado, en un nicho que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el proyecto de discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

 

testimonio hasta el final

Si el pintor de las cuevas de Altamira hubiera puesto en marcha el reloj de la historia, nos separarían apenas diez minutos de una de las mayores atrocidades de las que se tenga noticia, cometida por media humanidad con el beneplácito de la otra media. El Holocausto, proyecto de exterminio premeditado, organizado y perpetrado contra los judíos europeos, es una demostración de que la infamia se alberga en una estancia oscura de nuestra civilizada conciencia occidental, y que el padecimiento de los demás nos suele ocupar más bien poco mientras observamos en la distancia espacio-temporal desde nuestra confortable barrera de observadores neutrales (la neutralidad es la falta absoluta de criterio y sentimiento; define al pez, al árbol o a la tachuela, pero no a un ser racional pensante). Como tenemos la costumbre de morirnos, la memoria colectiva es limitada y dura lo que dura la generación de quienes vivieron para contarlo. Pasado ese momento, es posible hacernos creer cualquier cosa. Brigadas de expertos en memoria histórica de lo que sea nos desvelarán quienes fueron los malos y a quienes debemos tener por héroes o por villanos. Pero afortunadamente la manipulación ideológica y política tiene un antídoto: la palabra. Mucho se ha dejado escrito del turbulento período que conmocionó a la vieja Europa durante la década maldita del 36 al 46 del pasado siglo. Los que tuvimos la suerte de nacer mucho después no hemos conocido agitación tal y esto, que es un alivio, también constituye un prolongado motivo para creernos que no puede volver a repetirse. Mientras escribía sus diarios, Víctor Klemperer (1881-1960) pensaba en esas futuras generaciones de hombres y mujeres que perderían la dimensión de la enorme infamia que le tocó vivir. El señor Klemperer era un profesor judío de religión protestante. Apartado de su cátedra universitaria y despojado de todos los derechos civiles, sobrevivió al exterminio por una sangrienta carambola del destino: el bombardeo asesino que arrasó la ciudad de Dresde, y que frustró su inminente traslado a un campo de concentración. Privado de las bibliotecas (los nazis sabían perfectamente que los libros eran incompatibles con el proyecto totalitario) a Don Víctor no le quedó más remedio que pararse a estudiar el crudo discurso de los que le habían robado la patria, el trabajo y la libertad (que no la dignidad). El pormenorizado análisis filológico del lenguaje como arma política se materializó en La lengua del Tercer Reich. Curiosamente, lo que  iba a ser su contribución más importante, unos voluminosos cuadernos agrupados bajo el título Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945,  fueron publicados por primera vez en Alemania ¡en 1995!, y la primera traducción al español data de 2003.  Durante años, el autor se consagró a la tarea de anotar con regularidad las experiencias de la pareja Klemperer (no sería justo olvidar a su esposa Eva, que era de condición “aria” y que, pese a todo, compartió su destino como si ambos fueran uno solo) reducidas a una suma de torturas y vejaciones que el poder totalitario proyectaba sobre ellos. Los diarios permanecieron inéditos durante décadas, hasta que los redescubrió Walter Nowosjki, un antiguo alumno. Hadwig, la segunda esposa de Klemperer, tenía cuarenta y cinco años menos que él. Fue ella quien asumió la dura tarea de transcribir el importante legado, garabateado en una letra apenas legible en todo tipo de papeles. Los dos volúmenes en los que se presenta esta obra son imponentes. Pero la lectura nos devuelve al opresivo ambiente de la Alemania nazi con una destreza narrativa que no se ahorra un ápice de humor, ironía y dramatismo, reflejando las incuestionables dotes literarias del eminente romanista. Al final de la guerra, Victor Klemperer decidió quedarse en la República Democrática. La vida en el nuevo régimen inspiró una nueva entrega de los diarios, esta vez centrados en el partido comunista alemán, en el que observa muchas similitudes con el comportamiento nazi, destacando que “bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad”.

El gran director de orquesta Otto Klemperer fue de los primeros que regresaron del exilio tras la guerra. Era primo segundo de Víctor Klemperer.

El año de la tabla

Aunque no es justo atribuirle todo el mérito, este año se conmemora el centésimo quincuagésimo aniversario de una proeza intelectual extraordinaria: la primera Tabla Periódica de los Elementos químicos propuesta por el científico ruso Дми́трий Ива́нович Мendeléiev. Este siberiano universal estuvo a punto de ganar el premio Nobel, una distinción sin duda proporcional a su innegable aportación científica. La intervención de un influyente y resentido colega truncó la propuesta para siempre, porque D. Dimitri fallecería unos meses después. La Tabla Periódica allanó el camino para el desarrollo de los mayores avances en la teoría y la práctica de la química. Pero LTP es algo más: se trata de un icono universalmente reconocible que encierra referentes culturales, mitológicos, literarios, geográficos, místicos, religiosos, técnicos, históricos… y que, sin embargo, está en continua evolución pues aunque parezca un capítulo cerrado, especialistas y filósofos continúan debatiendo las virtudes relativas de las diferentes formas de presentar la tabla periódica misma​, e incluso la colocación de algunos elementos. Recientemente los últimos fichajes extremadamente inestables y endemoniadamente difíciles de sintetizar han servido para completar el séptimo periodo. La rigurosa descripción de los 118 elementos ha sido uno de los logros colectivos más meritorios de la mente y el ingenio colectivo de la especie. A lo largo de este Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos vamos a destacar algunas aportaciones literarias y divulgativas relacionadas con LTP porque, como diría el bueno de Terencio (no confundir con el defensa central del Betis), nada de lo humano nos es ajeno, y no hay más humano que esta elegante creación que clasifica todos los ingredientes del universo interpretando la armoniosa sinfonía de las leyes naturales.

 Si por uno cataclismo resultaran destruidos todos los conocimientos científicos y sólo una frase pudiera pasar a las generaciones siguientes, ¿qué sentencia contendría el máximo de información en el mínimo de palabras? Yo creo que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quieran llamarlo), según la cual todas las cosas están hechas de átomos –pequeñas partículas que se encuentran en perpetuo movimiento y se atraen entre sí cuando se sitúan a corta distancia, pero que se repelen si se intentan introducir una en la otra–. Sólo con que se utilice un poco de imaginación y de reflexión, en esta única frase, como verán, está contenida una enorme cantidad de información sobre el mundo.

(De una charla de Richard Feynman recogida en el libro de John Gribbin Introducción a la ciencia).

Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica

Caminar por Milán sin apremio y con tiempo bonancible es una actividad muy gratificante, al alcance de todos los bolsillos (¡ojo! ¡únicamente el paseo, sin extras!). Si uno está, por ejemplo, tomando un bocadillo a los pies del monumento a Leonardo, junto alla Scalla, y dejándose guiar por la fuerza del destino sigue el rumor del Va pensiero que le llega de la vecina calle Giuseppe Verdi (“¡Ve, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal!“), dará sin GPS ni nada con la calle Dell´Orso. Transitándola en sentido este-oeste topará con la oficina de correos. Atravesando Broletto por donde pueda, llegará a Vía Cusani. Y no hay nada más fácil una vez allí que orientar los pasos hasta la Plaza del Castillo. En el cabalístico número trece se encuentra el célebre apartamento-biblioteca de Don Umberto Eco. El profesor italiano era un acaparador de libros, coleccionista empedernido que atesoraba en este edificio singular más de treinta mil ejemplares, ochocientos metros lineales de tomos, tomillos y tomazos distribuidos por orden alfabético en estanterías que lo cubrían todo, de arriba a abajo. Vista desde afuera, la propiedad, sita en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, resulta imponente. A pocos metros de la sinagoga, uno se imagina a D. Umberto en este templo de idolatría pagana yendo y viniendo por pasillos flanqueados de libros que en la mayoría de los casos no fueron siquiera abiertos desde que salieron de la prensa. Eco no los había leído todos, claro. En primer lugar porque eso es imposible, pero también porque hubiera sido una fútil pérdida de tiempo y energía. Saber más no es proporcional a la cantidad de lo que se lee, sino a la calidad. Y el viejo erudito era maestro en separar el grano de la paja. Como bibliófilo había invertido los caudales que le reportaban sus derechos de autor en la adquisición de libros raros, códices e incunables. Guardaba la que él denominaba Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica en una estancia climatizada, a prueba de cacos y polillas.  Quién sabe cuántos catarros pilló ese hombre contemplando sus mil doscientas joyas, pasando las páginas y descifrando las anotaciones que doctos lectores pretéritos dejaron de su puño y letra. Eco deseaba que su biblioteca, la nueva y la vieja, se mantuviera íntegra. Recientemente el Estado Italiano ha mediado para cumplir su voluntad, lo que garantiza casi al ciento por ciento que lo que reunió D. Umberto con tanto ahínco terminará fraccionado, dividido, troceado, desmenuzado, loncheado y hasta atomizado. Quizá dentro de unos años podamos contemplar su ejemplar de Hypnerotomachia Poliphili en la biblioteca de Alessandría (su ciudad natal) o en la librería de lance de Sotheby´s. Lo cierto es que pese a que los materiales de los que están hechos los libros de piel, papel o papiro son perecederos, el empeño que el ser humano ha puesto en preservar el conocimiento es uno de los motores del progreso científico y técnico. Esperemos que también del intelectual. Y es que todavía hay muchos libros buenos por descubrir, incluso en la biblioteca del 13 de la Piazza Castello. Feliz año.

kafka en el lago

El lago di Garda es un bonito rincón del norte de Italia, entre la Lombardía, el Véneto y el Trentino, conocido de sobra por quienes viajan a los destinos más concurridos de Europa. Mucho antes de que se inventara el turismo masivo y descerebrado, las orillas de este lago eran frecuentadas por visitantes enfermizos que buscaban paz, recogimiento, aguas termales, un clima amable y buenas dosis de pintoresquismo del que ya no encontraban en sus ciudades de origen. Tal fue el caso de Franz Kafka, un autor recurrente en estas páginas de aire, y al que volvemos siempre que haya algo que así lo requiera. Nuestros paseos por Riva del Garda nos pusieron de nuevo sobre la pista de este autor que la historia de la literatura acogió en su seno de rebote, fruto de una notoria deslealtad de la que ya se habló en su momento. En el otoño de 1913 (Franz contaba por entonces treinta años) coqueteaba en el Naturheilanstalt de Hartung von Hartungen (recordemos que en aquella época esta zona del norte de Italia pertenecía al Imperio Austriaco) con una joven de dieciocho primaveras que se hospedaba en la habitación del piso superior, debatiéndose entre los amores posibles con una suiza, otros más probables con la rusa de la habitación de al lado y los imposibles con la polaca con la que mantenía una relación epistolar. Fue a ésta última, la paciente Felice, a la que confesaría sin ambages “lo mucho que le importaba Gerti”¹. Kafka arrastraba una tremenda inmadurez sentimental, que puesta a secar en el tendedero moral de su época, estuvo en el origen de su perpetua indeterminación afectiva. Después de su corta estancia en el Garda, Kafka vuelve a Praga con energía y se aplica de nuevo a su actividad literaria: corrige sin demasiado agrado La Metamorfosis y retoma el diario abandonado en el que vela de misterio el encuentro con la chica “de arriba”, a la que no volvería a ver ni a escribir por deseo mismo de la interesada. Tampoco Kafka regresaría jamás al lago de Garda. Sin embargo, tres años más tarde escribiría El cazador Gracchus, cuento ambientado en Riva que está entre lo menos conocido de su producción. En él, un hombre muerto hace siglos llega al pueblo, donde le recibe el alcalde. Su historia mortal tuvo su fin el día en el que se despeñó persiguiendo un rebeco. Pero su aspiración de descansar en paz se trunca una y otra vez. Cada intento por alcanzar la última morada termina en un puerto distinto, siempre en las regiones inferiores de la muerte. Leamos este relato antes de que declaren ilegal la práctica cinegética y El cazador Gracchus sea condenado y expurgado junto con Sangre y arena de Blasco Ibáñez y la Caperucita Roja de Perrault.

¹ DESMARQUEST, Daniel. Kafka y las muchachas, (Edaf, 2003).