María, Alonso, Julieta y un tal Romeo

Cuando María entró por la puerta, los chicos de la ESO ya se habían desayunado con Cervantes y un corrusco de Shakespeare a cuenta del Día del Libro. Las profesoras de Lengua prepararon el terreno para que a última hora de la mañana el espíritu de los dos escritores se colara en las clases como ese viento cálido que empuja los rodamundos.  Los más se sorprendieron de la energía de nuestra invitada, una tremolina pelirroja multiplicada aquí y allá en decenas de gestos, balanceos y sorbitos de agua para recuperar el aliento. El escenario se transforma. El aula ya no es un aula. o al menos no lo parece cuando Romeo dice aquello de que el amor busca al amor como el estudiante huye de sus libros, y el amor abandona al amor como el niño que deja sus juegos para regresar al estudio… Julieta se estremece:  ¡Oh Romeo, Romeo! Si yo pudiera hablar a gritos… La palabra escrita recobra la vida, se abre paso a saltos por encima vocablos arcaicos,  de sentimientos eternos que la pasión juvenil enciende en el corazón de los oyentes, conmovidos quizá por el triste final que aguarda a los protagonistas, aunque también sorprendidos por la fuerza del texto inmortal. Cuando le llega el turno a Don Alonso Quijano, las aspas son brazos terminados en cucharones de madera, y la cordura de Sancho no nos parece sino una innecesaria rúbrica a la locura de su señor, vuelto lanza en el ristre contra el molino, que lo sacude y lo maja al punto de hacernos creer a todos que realmente se trataba de un gigante de casi diez varas de alto, un ser ominoso que posiblemente la sensatez nos haya hurtado por vernos reír de los desvaríos ajenos. Al toque del último timbre de la jornada las ilusiones se desvanecen, y el punto final cae y rueda por el pasillo, seguido por la desbocada chavalería, ávida de libertad. Se llevan con ellos algunos versos, el recuerdo apresurado de los clásicos y las narizotas rojas que les regaló María Alonso, indumenta perfecta para vestir de sueños lo que resta del día. Así que, sin más demora, pongámonos a leer…

Algunos juguetes y bastantes historias/ Quelques jouets et assez d´histoires

Hace muy poco tiempo conversábamos con Don Daniel en su Maison du jouet rustique de Pujols (Lot-et-Garonne, Francia). Allí expone la encantadora colección de juguetes que el visitante puede manipular muy a su sabor (a veces incluso con más vigor del que son capaces de resistir los frágiles mecanismos). A simple vista podría pensarse que la reducida estancia contiene todo el museo. Pero la apreciación es precipitada y engañosa: por cada objeto, Don Daniel multiplica los florilegios, que desdobla en un sinfín de pliegues abiertos a la antropología, la historia, la sociología y el folclore, eso sin contar los guiños a la física y la matemática práctica que componen un curioso mosaico de ciencia viva. Solo por eso ya merece la pena detenerse en este bonito pueblo aquitano. Pero si el viajero trae tiempo y ganas en el zurrón, descubrirá a poco que a su condición de gran conversador Daniel añade la de erudito, conocedor de los Quijotes de Cervantes y Avellaneda y verdadero exegeta de cuantos pasajes se nos antojen. Prueba de ello es su lenguaje, un español sin máculas que suena a clásico de tan leído y repasado, aderezado con palabras macizas que uno creía olvidadas en el baúl de la academia. Daniel Descomps es un espíritu libre inspirado en el caballero de La Mancha, y quién sabe si el genio redivivo de tan afamado personaje. Por todo lo dicho hasta el momento, cabe dedicarle a él y a todos cuantos mantienen viva la llama de nuestra lengua un modesto homenaje en el día de las letras, un veintitrés de abril del que se sabe suficiente como para afirmar que no se corresponde con la muerte Cervantes, que ya había fallecido para entonces, ni con la de Shakespeare, que seguía vivito y coleando. Puede ser que ni siquiera el Inca Garcilaso de la Vega desapareciera en fecha tal. Pero eso son historias de otro talego. Aprestémonos ahora a celebrar, que va siendo hora…

machado

Hace ochenta años que desapareció el poeta Antonio Machado. Como miles de españoles, abandonó su patria urgido por las terribles circunstancias de la guerra, arrastrando el peso de la pena y la derrota. Pero se detuvo pronto: quizá fuera porque intuyó la muerte. O simplemente por fatiga. Collioure, un pueblito francés cercano a la frontera, brindó el último cobijo al escritor sevillano (personas de incuestionable mérito académico afirman que Don Antonio era sorianoDoctores tiene la política…). Falleció en la cama de un pequeño hotel junto a la cajita que contenía un puñado de tierra española.  Lo enterraron de prestado, en un nicho que tan solo unos días después alojaría también a su madre anciana, a quién dedicó sus últimas palabras. No es intención nuestra glosar la vida y la obra de Don Antonio, pues son muchos los que con más tino y autoridad se encargarán de hacerlo durante estos días, pero sí llamar la atención sobre sus letras, en prosa y en verso, referente de la literatura española del siglo XX e inagotable fuente de encanto, belleza, sensibilidad y sabiduría. Pruebas de la modestia e ingenua sencillez del poeta son algunas de las líneas escritas para el proyecto de discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española que, por otro lado, nunca se llegó a formalizar:

No soy humanista, ni filólogo, ni erudito. Ando muy flojo de latín, porque me lo hizo aborrecer un mal maestro. Estudié el griego con amor, por ansia de leer a Platón, pero tardíamente y, tal vez por ello, con escaso aprovechamiento. Pobres son mis letras en suma, pues, aunque he leído mucho, mi memoria es débil y he retenido muy poco. Si algo estudié con ahínco fue más de filosofía que de amena literatura. Y confesaros he que con excepción de algunos poetas, las bellas letras nunca me apasionaron. Quiero deciros más: soy poco sensible a los primores de forma, a la pulcritud y pulidez del lenguaje, y a todo cuanto en literatura no se recomienda por su contenido. Lo bien dicho me seduce sólo cuando dice algo interesante, y la palabra escrita me fatiga cuando no me recuerda la espontaneidad de la palabra hablada. Amo a la naturaleza, y al arte sólo cuando me la representa o evoca, y no siempre encontré la belleza allí donde literalmente se guisa.

 

testimonio hasta el final

Si el pintor de las cuevas de Altamira hubiera puesto en marcha el reloj de la historia, nos separarían apenas diez minutos de una de las mayores atrocidades de las que se tenga noticia, cometida por media humanidad con el beneplácito de la otra media. El Holocausto, proyecto de exterminio premeditado, organizado y perpetrado contra los judíos europeos, es una demostración de que la infamia se alberga en una estancia oscura de nuestra civilizada conciencia occidental, y que el padecimiento de los demás nos suele ocupar más bien poco mientras observamos en la distancia espacio-temporal desde nuestra confortable barrera de observadores neutrales (la neutralidad es la falta absoluta de criterio y sentimiento; define al pez, al árbol o a la tachuela, pero no a un ser racional pensante). Como tenemos la costumbre de morirnos, la memoria colectiva es limitada y dura lo que dura la generación de quienes vivieron para contarlo. Pasado ese momento, es posible hacernos creer cualquier cosa. Brigadas de expertos en memoria histórica de lo que sea nos desvelarán quienes fueron los malos y a quienes debemos tener por héroes o por villanos. Pero afortunadamente la manipulación ideológica y política tiene un antídoto: la palabra. Mucho se ha dejado escrito del turbulento período que conmocionó a la vieja Europa durante la década maldita del 36 al 46 del pasado siglo. Los que tuvimos la suerte de nacer mucho después no hemos conocido agitación tal y esto, que es un alivio, también constituye un prolongado motivo para creernos que no puede volver a repetirse. Mientras escribía sus diarios, Víctor Klemperer (1881-1960) pensaba en esas futuras generaciones de hombres y mujeres que perderían la dimensión de la enorme infamia que le tocó vivir. El señor Klemperer era un profesor judío de religión protestante. Apartado de su cátedra universitaria y despojado de todos los derechos civiles, sobrevivió al exterminio por una sangrienta carambola del destino: el bombardeo asesino que arrasó la ciudad de Dresde, y que frustró su inminente traslado a un campo de concentración. Privado de las bibliotecas (los nazis sabían perfectamente que los libros eran incompatibles con el proyecto totalitario) a Don Víctor no le quedó más remedio que pararse a estudiar el crudo discurso de los que le habían robado la patria, el trabajo y la libertad (que no la dignidad). El pormenorizado análisis filológico del lenguaje como arma política se materializó en La lengua del Tercer Reich. Curiosamente, lo que  iba a ser su contribución más importante, unos voluminosos cuadernos agrupados bajo el título Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945,  fueron publicados por primera vez en Alemania ¡en 1995!, y la primera traducción al español data de 2003.  Durante años, el autor se consagró a la tarea de anotar con regularidad las experiencias de la pareja Klemperer (no sería justo olvidar a su esposa Eva, que era de condición “aria” y que, pese a todo, compartió su destino como si ambos fueran uno solo) reducidas a una suma de torturas y vejaciones que el poder totalitario proyectaba sobre ellos. Los diarios permanecieron inéditos durante décadas, hasta que los redescubrió Walter Nowosjki, un antiguo alumno. Hadwig, la segunda esposa de Klemperer, tenía cuarenta y cinco años menos que él. Fue ella quien asumió la dura tarea de transcribir el importante legado, garabateado en una letra apenas legible en todo tipo de papeles. Los dos volúmenes en los que se presenta esta obra son imponentes. Pero la lectura nos devuelve al opresivo ambiente de la Alemania nazi con una destreza narrativa que no se ahorra un ápice de humor, ironía y dramatismo, reflejando las incuestionables dotes literarias del eminente romanista. Al final de la guerra, Victor Klemperer decidió quedarse en la República Democrática. La vida en el nuevo régimen inspiró una nueva entrega de los diarios, esta vez centrados en el partido comunista alemán, en el que observa muchas similitudes con el comportamiento nazi, destacando que “bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad”.

El gran director de orquesta Otto Klemperer fue de los primeros que regresaron del exilio tras la guerra. Era primo segundo de Víctor Klemperer.

El año de la tabla

Aunque no es justo atribuirle todo el mérito, este año se conmemora el centésimo quincuagésimo aniversario de una proeza intelectual extraordinaria: la primera Tabla Periódica de los Elementos químicos propuesta por el científico ruso Дми́трий Ива́нович Мendeléiev. Este siberiano universal estuvo a punto de ganar el premio Nobel, una distinción sin duda proporcional a su innegable aportación científica. La intervención de un influyente y resentido colega truncó la propuesta para siempre, porque D. Dimitri fallecería unos meses después. La Tabla Periódica allanó el camino para el desarrollo de los mayores avances en la teoría y la práctica de la química. Pero LTP es algo más: se trata de un icono universalmente reconocible que encierra referentes culturales, mitológicos, literarios, geográficos, místicos, religiosos, técnicos, históricos… y que, sin embargo, está en continua evolución pues aunque parezca un capítulo cerrado, especialistas y filósofos continúan debatiendo las virtudes relativas de las diferentes formas de presentar la tabla periódica misma​, e incluso la colocación de algunos elementos. Recientemente los últimos fichajes extremadamente inestables y endemoniadamente difíciles de sintetizar han servido para completar el séptimo periodo. La rigurosa descripción de los 118 elementos ha sido uno de los logros colectivos más meritorios de la mente y el ingenio colectivo de la especie. A lo largo de este Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos vamos a destacar algunas aportaciones literarias y divulgativas relacionadas con LTP porque, como diría el bueno de Terencio (no confundir con el defensa central del Betis), nada de lo humano nos es ajeno, y no hay más humano que esta elegante creación que clasifica todos los ingredientes del universo interpretando la armoniosa sinfonía de las leyes naturales.

 Si por uno cataclismo resultaran destruidos todos los conocimientos científicos y sólo una frase pudiera pasar a las generaciones siguientes, ¿qué sentencia contendría el máximo de información en el mínimo de palabras? Yo creo que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quieran llamarlo), según la cual todas las cosas están hechas de átomos –pequeñas partículas que se encuentran en perpetuo movimiento y se atraen entre sí cuando se sitúan a corta distancia, pero que se repelen si se intentan introducir una en la otra–. Sólo con que se utilice un poco de imaginación y de reflexión, en esta única frase, como verán, está contenida una enorme cantidad de información sobre el mundo.

(De una charla de Richard Feynman recogida en el libro de John Gribbin Introducción a la ciencia).