un tal Hyde

Esto es la historia de una dualidad que a todos nos resulta familiar: la del sujeto o sujeta que todos llevamos dentro, aquel que no rehuye las tentaciones abyectas, que se muestra condescendiente con la penuria de los demás, el que alberga sentimientos innobles; el tipo en el que nos ruborizaría reconocernos… Resultará inevitable encontrarnos con ese otro “yo” por los pasillos de nuestra conciencia, pero normalmente fingiremos no ver al molesto inquilino que, sin embargo, nos libera del enorme peso de la culpa con su conducta desinhibida y su lasitud moral. Robert Louis Stevenson, buen conocedor de las penurias del cuerpo y del alma,  supo plasmar semejante dimorfismo en su relato breve “El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde” sobre el que, a la sazón, Freud acababa de aterrizar. El tema, recurrente en la literatura, ha inspirado a muchos autores y sigue siendo uno de los tópicos favoritos que ilustran el enfrentamiento entre el bien y el mal. William Golding lo trasladó al mundo de la infancia en una historia estremecedora y escalofriante: “El Señor de las Moscas”. El relato original de Stevenson es muy breve. Lo tenéis en la bilioteca. Y, por si fuera poco, os lo adjuntamos en esta misma página; se lee en un pispás, y pese a que tiene un argumento archimegaconocido, muy pocos saben que el verdadero protagonista no es ni Jekill ni Hyde.


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correspondencia

Conservamos con cariño las cartas y mensajes que intercambiamos, allá por el año 2006, con el maestro Don Miguel Delibes. Los documentos autógrafos del escritor castellano, que con su letra cruda y angulosa nos acercaron al alma de su producción literaria, adquieren ahora un valor sentimental apoyado en  la ausencia, inevitable, sí; pero no por ello menos lamentada.

Hasta hace relativamente poco tiempo (aunque tendremos que remontarnos algunas décadas antes de vuestro nacimiento), escritores, científicos, cineastas, políticos e intelectuales intercambiaban pareceres a través de interminables cartas en las que daban cuenta de inquietudes, hallazgos o proyectos, combinando el discurso formal con sus peripecias vitales y los “chismes” de la época. El algunos casos, los herederos de los receptores les jugaron una mala pasada y consintieron en publicar textos que los autores nunca proyectaron difundir; en otros casos, se dejaron instrucciones a los albaceas para que a su muerte hicieran pública la correspondencia personal y, con ella, todo aquello que en vida les hubiera ruborizado comentar. Pero lo que no cabe duda es que toda esa producción tiene un interés intrínseco, no solo por sus dimensiones literaria, científica o histórica, sino por lo reveladora que puede ser de la catadura moral e intelectual de sus autores.
Adjuntamos aquí un interesante ejemplar del género en cuestión: Las relaciones y cartas de Cristóbal Colón, con la recomendación que se lea la página 22, donde el propio descubridor desvela, como quien no quiere la cosa, que fue él mismo el que intuyó antes que nadie la proximidad de la costa americana y cómo, merced a este dudoso testimonio de auto reconocimiento, el pobre Rodrigo de Triana (el que gritó aquello de “tierra a la vistaaaaaa” o su equivalente) se quedó sin los prometidos diez mil maravedíes para aquel que primero avistara tierra firme. Eso sí: Colón consintió en que, al menos, se quedara con el jubón de seda.

lecturas recomendadas para estas vacaciones

¡Que se corra la voz, a partir del 25 de marzo y hasta el día 6 de abril estamos de vacaciones! Pero desde la biblioteca no queremos que os olvidéis de nosotros y os hacemos estas sugerencias de lecturas para estas vaciones de Pascua. Son cinco libros muy divertidos y fáciles de leer: “El libro azul” de Lluís Prats, “El hijo del ladrón” de César Fernández García, “Los secuestradores de burros” de Gerald Durrell, “Corazón de tinta” de Cornella Funke y “De focas daltónicas y alces borrachos” de Jörg Zittlau. ¡Animaos! ¡Lo vais a pasar muy bien!

alicia en el corazón

Resulta difícil hablar de un personaje que ha sido analizado desde tantos puntos de vista, aunque si nos aproximamos a la Alicia de Carroll como corresponde, es decir, como lectores y no como críticos eruditos, las posibilidades de escribir algo original se multiplican notablemente. Para los más jóvenes esto quizá sea difícil de entender, pero Alicia y el país de la Maravillas ha formado parte de nuestra infancia. Las peripecias de la niña, por más veces que resultaran repetidas, vivían en la imaginación y aún en los sueños, alimentándose de una ingenuidad que aún no había sido expoliada por los canales temáticos o los juegos electrónicos. Los de mi generación aprendimos a darle forma a los fenómenos y los horrores en los cuentos ilustrados de héroes, príncipes, flautistas, hadas y brujas en un momento en que la tradición oral empezaba a declinar bajo el influjo de la televisión.  Y fue a través de este medio por el que nos llegó la particular interpretación, a veces un tanto edulcorada y perversa, de los dibujantes y guionistas de la factoría Disney, que animaron gestos y expresiones inéditos y pusieron voz con acento hispanoaméricano a nuestras fantasías. Ahora que ya somos mayores, asomamos la patita de la nostalgia para que se nos reconozca como gente sensible aunque algunos lean a Izaguirre o a Suso de Toro, para defender ante vosotros, que os parapetáis tras los incontables volúmenes de la factoría Rowling y Asociados, la talla humilde de los héroes y heroínas de antaño, el atractivo de cada uno de sus matices y su disponibilidad inagotable para inspirar a los modernos creadores. Sin embargo, si tenéis interés por explorar esa quinta dimensión (las otras son las tres de toda la vida más el tiempo) que descubrió Alicia en el interior de una madriguera de conejos, os aconsejo que leáis la versión original (no las adaptadas) de Lewis Carroll: os aseguro que, en algún momento de vuestra vida, vosotros mismos sentiréis el impulso irreprimible de leérsela a vuestros hijos. Como yo he hecho con los míos.

Alicia en el país de las maravillas: el autor y su obra

¡Vuelven los clásicos!. La meca del cine, más conocida como Hollywood, parece que se ha quedado sin ideas originales y como una industria no puede parar, guionistas, creativos, productores ejecutivos y mandamases en general, se lanzan a la adaptación de obras de la literatura universal. Ahora es el turno de “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll, pero que no cunda el pánico, es el gran Tim Burton el responsable de llevar la historia a la grana pantalla ¡y en 3D!.Pero antes de hablar de la película ¿qué sabemos del autor y su obra?.

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Lewis Carroll es el seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson -el sobrenombre lo creó a partir de la latinización de su nombre y del apellido de su madre, Lutwidge fue latinizado como Ludovicus, y Charles como Carolus y posteriormente traducido al inglés como Lewis Carroll- (1832 -1898), sacerdote anglicano, matemático, fotógrafo y escritor británico. Fue el tercer hijo del matrimonio Dodgson, y el primer varón. Su padre era sacerdote y vivieron durante 25 años en la rectoría de North Yorkshire. Estudió en la universidad de Oxford donde destacó como matemático. En 1857 logra un puesto de profesor de matemáticas en Christ Church, trabajo que desempeñaría durante los 26 años siguientes (aunque no parece haber disfrutado especialmente de su actividad). Cuatro años después fue ordenado diácono. En 1856, Carroll descubrió la fotografía, una de sus grandes pasiones. La obra definitiva acerca de su actividad como fotógrafo (“Lewis Carroll, Photographer” de Roger Taylor, 2002), documenta exhaustivamente cada una de las fotografías que se han conservado, Taylor calcula que algo más de la mitad de su obra conservada está dedicada a retratar a niñas. En 1856 publicó su primera obra con el seudónimo que le haría famoso: un poemilla romántico, “Solitude“, que apareció en The Train. También en 1856, llegó a Christ Church Henry Liddell, trayendo con él a su joven esposa y a sus hijas, que tendrían un importante papel en la vida de Carroll. Éste entabló una gran amistad con la madre y con los niños, especialmente con las tres hijas, Lorina, Alice y Edith. Parece ser que se convirtió en una especie de tradición llevar a las niñas de pic-nic. Fue en una de estas excursiones, concretamente, el 4 de julio de 1862, cuando Lewis Carroll inventó el argumento de la historia que más tarde llegaría a ser su primer y más grande éxito comercial. Después de la excursión, Alice le pidió que escribiese la historia. El manuscrito se titulaba “Las aventuras subterráneas de Alicia” (“Alice’s Adventures Under Ground”) y estaba ilustrado con dibujos del propio autor. Se especula que la heroína de la obra está basada en Alice Liddell, pero Carroll negó que el personaje estuviera basado en persona real alguna. La obra se publicó finalmente en 1865 como “Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas” (“Alice’s Adventures in Wonderland”). Las ilustraciones de esta primera edición fueron obra de Sir John Tenniel. El éxito del libro fue tan grande que Carroll escribió y publicó una segunda parte, “Alicia a través del Espejo” (“Through the Looking-Glass and what Alice Found There”).

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