Miguel Delibes, in memoriam

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Por aquel entonces, los de la primera fila estirábamos el cuello y afinábamos el oído para saber qué tesoros ocultaba la profesora en el interior de su bolso, del que solía extraer libros grandes y pequeños, seleccionando párrafos que después leía ceremoniosamente. Había decidido no proponer ninguna lectura “obligatoria”, pero cada día llevaba a clase dos o tres ejemplares y, tras una pequeña introducción, nos leía alguna cosa con ese entusiasmo que es incapaz de transmitir el que solo finge que le gusta la literatura. Un día nos enseñó un libro, “Mi idolatrado hijo Sisí”, una vieja edición de los años 60 firmada por un tal Delibes. Nos contó cómo había obtenido el autógrafo y por qué ese libro significaba tanto para ella. Lo manejaba con mimo, haciendo que las páginas se deslizaran suavemente por las yemas de sus dedos. De repente cruzó su mirada con la mía y me espetó: “¿Lo quieres leer?” Por la tarde, de camino a casa, sentí cómo dentro de la mochila palpitaba el alma de una historia que se me había entregado en custodia. Hasta que no llegué a casa no quedé aliviado de la pesada carga de la responsabilidad, pero superada la ansiedad inicial, tomé el libro con el máximo cuidado y comencé a leerlo, empezando por la dedicatoria: “Con todo mi afecto. Miguel Delibes”. Durante tres días me entregue a la novela con una rara combinación de placer, curiosidad y avidez, sin afán por el lucro de una buena nota o una palmadita aprobatoria en el hombro. “¿Te gustó?” me preguntó cuando el libro regresó a manos de su legítima dueña. “Si”, le respondí. “Y este autor, Delibes, ¿ha escrito más cosas?”. Asintió levemente, escamoteándome lo que parecía una sonrisa contenida, mientras revolvía el fondo de su enorme bolso. “Esto es para ti”. Era una edición reciente de una novela: “Los Santos Inocentes”. En el recreo me oculté en el último rincón del patio; mi libro y yo solos, a la sombra de un enorme plátano grueso y elevado, que en las alturas coqueteaba con el viento. En la primera página rezaba una inscripción: “Con todo mi afecto. Pilar”. Entonces supe que aquella profesora no me había regalado un libro, sino su gran pasión por la literatura.

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