el quijote de josé ramón sánchez


Advertiré, antes de nada, que no recomendamos la lectura de este artículo a todos los que no conozcan El Quijote, porque al final del mismo ¡vamos a destripar el final! La historia de la novela cervantina está muy ligada a sus ediciones e impresiones. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha vio la luz en 1605. Al parecer, esta primera impresión fue muy chapucera: de mala calidad, descuidada, con tipos toscos y desgastados, cuajada de errores y con dos páginas de menos. A pesar de todo, y debido a que no se conserva el manuscrito original, las ediciones posteriores, tanto las legales como las “piratas”, copiaron con mayor o menor fidelidad el texto de esta primera. En 1657 apareció una edición ilustrada, y desde entonces artistas de toda condición han aportado su personal visión del universo quijotesco, contribuyendo a forjar el imaginario común de aquella época. Hoy reparamos en uno de los ilustradores que ha hecho suyo El Quijote a través de su obra: José Ramón Sánchez (Santander, 1936) “iluminó” en 1993 uno de nuestros Quijotes favoritos: prologado por Mingote y comentado por Ángel Basanta, los óleos y dibujos que acompañan al texto cervantino nos invitan a la contemplación y a la lectura a partes iguales. José Ramón abre de par en par las puertas de su inagotable creatividad para describirnos con el lápiz hasta el último de los sucesos, traduciendo a color los episodios notables que más le inspiraron: el de los cueros de vino, el del león enjaulado, el del caballo Clavileño, el del bandido Roque Guinart… Navegar por libro tal en tan buena compañía en una invitación a tomarse con calma la empresa de leerlo hasta el final, facilitando a los hojeadores habituales la tarea de recrear algún episodio mientras se llena la bañera o se sintonizan los vacíos treintantos canales de la tedeté. Las notas finales, igualmente ilustradas, contribuyen a mejorar la comprensión de la obra, y los apéndices nos hablan de la impronta del Quijote en la literatura, el arte, la música y el cine de todos los tiempos. En definitiva, un libro al que solo le podemos poner la pega de que con sus dos kilos y setecientos gramos hay que disfrutarlo firmemente apoyado sobre un atril de madera (nada de metacrilato) o sujeto en el regazo, sintiendo como cuerpo y obra palpitan al unísono. Reproducimos aquí un fragmento del libro con el permiso del autor. ¡Ah! ¿De verdad queréis saber cómo termina? Pues con los esponsales de Don Quijote y Dulcinea, mientras la Santa Hermandad prende al licenciado Pero Pérez por hacer donoso escrutinio sin licencia. ¿Que no me creéis? Pues leedlo vosotros mismos…

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