scorpio

La historia narra la odisea de dos mujeres, una morena, de largos cabellos y otra rubia… de cortos cabellos. Ambas se enfrentan a un peligro incierto que perturba la tranquilidad de sus apacibles vidas. Armadas de valor y determinación, nuestras heroínas penetran en una dimensión envuelta en tinieblas; allí tendrán que superar recelos atávicos y miedos irracionales que les llevarán al borde de la locura. Pero la mágica conjunción de virtudes (femeninas) ―sagacidad e inteligencia, arrojo y entereza― les permitirá superar el trance, y no es sino al final cuando en el furor de la batalla una de las protagonistas resulta fatalmente herida. Le debemos esta fábula a la escritora de origen indio Manilkara Zapota, eterna candidata a los Premios Príncipe de Asturias en tres categorías diferentes. Con “Scorpio” la señora Zapota ha conmovido a millones de lectores en Estados Unidos. Próximamente verá la luz “Scorpio two”, que por razones de mercado en España llevará por título “El Escorpión dos”. Nosotros resumimos el contenido de las ochocientas quince páginas del libro en siete intensísimos minutos de audio que te cortarán el resuello. Si te pica la curiosidad, entra y escucha…

¿quiere conocer a José?

Fue después de una conferencia sobre el compromiso del escritor. Un puñado de personas, no muchas, nos habíamos congregado en el salón de actos de alguna extinta caja de ahorro. Mi amigo Enrique, profesor de lengua española, un punto jacobino y buen conocedor de la cultura portuguesa, me había invitado a un encuentro con José Saramago que se celebraba a dos kilómetros de la frontera. Por aquel entonces el escritor ya estaba instalado en Lanzarote y ultimaba “Ensayo sobre la ceguera”, que apareció aquel mismo año. Tomamos asiento en la primera fila. O en la segunda. No lo recuerdo bien. En cualquier caso, disfrutamos de cerca, eso sí, de la palabra del orador. Como si desvelara ante el auditorio una intimidad celosamente oculta durante años, disertó sobre la obra literaria sometida a tensiones contrapuestas, de los principios e incertidumbres de un creador atrapado en su tiempo que se revela ante la iniquidad y la injusticia que otros niegan, subliman o simplemente ignoran. Yo, que había dejado de leer a Borges hastiado de sus contradicciones, formulé una cuestión un tanto confusa referida al escritor argentino y participé en un coloquio posterior a tres o cuatro bandas. Mientras Enrique y un buen puñado de romeros hacían cola sobre la tarima para solicitar la firma del maestro, una mujer ―que identifiqué con la persona que había alentado el debate anterior― se me aproximó y juntos continuamos conversando hasta que la sala quedó prácticamente vacía. Enrique regresó, con su recién bautizado “Evangelio según Jesucristo” bajo el brazo, más contento que unas pascuas. Al tiempo de despedirnos, la dama nos preguntó si deseábamos conocer a José  personalmente. Mi amigo y yo nos miramos con sorpresa. Pero para Pilar, su esposa, la maniobra no presentaba mayor dificultad: se adelantó con discreción y le confió su propósito al fatigado marido, tras lo cual, y a requerimiento de ambos, nos unimos a la pareja para prolongar la conversación unos minutos más. Quizá para el escritor portugués, estrechar mi mano no resultara tan emotivo como tomarle de la suya al rey Carlos Gustavo durante la ceremonia del Nobel, tres años después. Pero he de decir para mí sí lo fue. Continué leyendo sus artículos y ficciones imaginando complicidad con el autor, como si tras nuestro encuentro en Badajoz, Saramago escribiera pensando en garrulos como yo. Al cabo de unos meses me trasladé al norte. Enrique embarcó para el Brasil, donde le esperaba una vacante en una legación consular del Mato Grosso. De vez en cuando me topaba con Saramago en el periódico o en la radio con motivo de una conmemoración, la firma de algún manifiesto, la presentación de un libro o la concesión de un premio. He de confesar que en ocasiones me resultaba críptico y pesado, y que no me agradaba que su marcada militancia de izquierdas atrajera como un imán a un rebaño de admiradores y epígonos intelectualmente desnutridos, que lo paseaban a hombros como a un Cristo de las Cadenas. Pero como aprendí aquella tarde pacense hablando de Jorge Luis Borges, hay que juzgar al hombre por un lado y al escritor de talento por el otro. En este caso, y pese a todo el mérito literario que soy capaz de reconocerle, yo me quedo con el hombre. José Saramago: descanse en paz.

biblioluces editorial

No queríamos concluir el curso sin compartir con vosotros algún título de nuestra modesta editora digital. Seguimos ofreciéndoos la oportunidad de que nos hagáis llegar vuestros trabajos. Nos comprometemos a considerar todas las propuestas, formarnos una opinión sobre ellas y trasladaros nuestras impresiones. Si nos ofrecéis algo original, bien documentado y correctamente escrito te ayudaremos a darle forma, corregirlo y maquetarlo, para que después sean los internautas los que valoren tu talento. Contando bajo la lluvia es un opúsculo ilustrado por Mª Emilia Benjamín en el que hemos utilizado un material muy especial: la entrevista que realizamos al pintor José Ramón Sánchez, al que queremos dedicar desde aquí el contenido de este librito.

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un libro para comer en el campo

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¡El libro no, hombre!

No me digas que no te ha pasado. A veces cuando  paseamos  por el campo, lejos de ciudades o pueblos, empezamos a fantasear con la idea de convertirnos en robinsones y utilizar lo que encontramos a nuestro alrededor y sólo eso para sobrevivir. Y claro, en seguida empezamos a pensar en que podríamos comer y que no. Y empezamos a mirar los pequeños frutos de los árboles, las plantas del borde del camino, las hojas… con otros ojos, con ojos de recolector del paleolítico. Nuestros antepasados no disponían de libros, así les iba, pero tú si. Basta con que te acerques por la biblioteca y nos pidas:

Guía de campo: Frutos silvestres de la Península Ibérica de Ángel M. Romo, editorial Planeta.

Luego tú lo metes en la mochila y listo. A ser de nuevo recolector. ¡Qué tiempos aquellos!

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