¿quiere conocer a José?

Fue después de una conferencia sobre el compromiso del escritor. Un puñado de personas, no muchas, nos habíamos congregado en el salón de actos de alguna extinta caja de ahorro. Mi amigo Enrique, profesor de lengua española, un punto jacobino y buen conocedor de la cultura portuguesa, me había invitado a un encuentro con José Saramago que se celebraba a dos kilómetros de la frontera. Por aquel entonces el escritor ya estaba instalado en Lanzarote y ultimaba “Ensayo sobre la ceguera”, que apareció aquel mismo año. Tomamos asiento en la primera fila. O en la segunda. No lo recuerdo bien. En cualquier caso, disfrutamos de cerca, eso sí, de la palabra del orador. Como si desvelara ante el auditorio una intimidad celosamente oculta durante años, disertó sobre la obra literaria sometida a tensiones contrapuestas, de los principios e incertidumbres de un creador atrapado en su tiempo que se revela ante la iniquidad y la injusticia que otros niegan, subliman o simplemente ignoran. Yo, que había dejado de leer a Borges hastiado de sus contradicciones, formulé una cuestión un tanto confusa referida al escritor argentino y participé en un coloquio posterior a tres o cuatro bandas. Mientras Enrique y un buen puñado de romeros hacían cola sobre la tarima para solicitar la firma del maestro, una mujer ―que identifiqué con la persona que había alentado el debate anterior― se me aproximó y juntos continuamos conversando hasta que la sala quedó prácticamente vacía. Enrique regresó, con su recién bautizado “Evangelio según Jesucristo” bajo el brazo, más contento que unas pascuas. Al tiempo de despedirnos, la dama nos preguntó si deseábamos conocer a José  personalmente. Mi amigo y yo nos miramos con sorpresa. Pero para Pilar, su esposa, la maniobra no presentaba mayor dificultad: se adelantó con discreción y le confió su propósito al fatigado marido, tras lo cual, y a requerimiento de ambos, nos unimos a la pareja para prolongar la conversación unos minutos más. Quizá para el escritor portugués, estrechar mi mano no resultara tan emotivo como tomarle de la suya al rey Carlos Gustavo durante la ceremonia del Nobel, tres años después. Pero he de decir para mí sí lo fue. Continué leyendo sus artículos y ficciones imaginando complicidad con el autor, como si tras nuestro encuentro en Badajoz, Saramago escribiera pensando en garrulos como yo. Al cabo de unos meses me trasladé al norte. Enrique embarcó para el Brasil, donde le esperaba una vacante en una legación consular del Mato Grosso. De vez en cuando me topaba con Saramago en el periódico o en la radio con motivo de una conmemoración, la firma de algún manifiesto, la presentación de un libro o la concesión de un premio. He de confesar que en ocasiones me resultaba críptico y pesado, y que no me agradaba que su marcada militancia de izquierdas atrajera como un imán a un rebaño de admiradores y epígonos intelectualmente desnutridos, que lo paseaban a hombros como a un Cristo de las Cadenas. Pero como aprendí aquella tarde pacense hablando de Jorge Luis Borges, hay que juzgar al hombre por un lado y al escritor de talento por el otro. En este caso, y pese a todo el mérito literario que soy capaz de reconocerle, yo me quedo con el hombre. José Saramago: descanse en paz.

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