100 novelas famosas

libro “las 100 más famosas novelas

En tiempos de caos y desconcierto, donde las brújulas se vuelven locas buscando un norte que acaso alguien ya ha declarado ilegal, en tiempos, digo, donde se habla y escribe de oídas y las preferencias se expresan en referéndum por mayoría de la mitad más uno, las listas vienen a cubrir el hueco que dejaron padres, parientes, amigos, maestros, profesores… aquellos que nos invitaban a transitar por vericuetos de cine, literatura, música, ciencia o pensamiento… siguiendo itinerarios descubiertos por ellos o antaño revelados por otros. En tiempos de precipitación, donde se impone la utilización del navegadores gepeese para alcanzar el cuarto de baño, las relaciones de “los más” son una interesante opción para degustar cómoda y rápidamente las obras capitales de la cultura universal, evitándonos el embarazoso escrutinio propio que nos obligaría a dilapidar tiempo y dinero. Las mil películas que hay que ver antes de morir, los cien mejores libros de la literatura universal, las quinientas pinturas y esculturas que hay que contemplar deprisa y corriendo antes de que las roben o las enajenen, los cien mejores discos de la historia, los diez museos que hay que recorrer antes de que retiren todas las obras para preservarlas del deterioro… Haciendo el cálculo, dedicando al empeño doce horitas al día, solapando la música con la lectura y posponiendo las proyecciones para la tarde-noche, nos podemos merendar lo más granado de la cultura occidental en cinco meses, seis si nos demoramos en digerir un poco lo que vamos viendo-leyendo-oyendo; tres si viajamos, vemos cine, escuchamos música y leemos a la vez. Cuando internet no era siquiera ni un sueño posible, se publicaban compilaciones y enciclopedias como la que hoy traemos a la bitácora: Las 100 más famosas novelas. Estas modestas recopilaciones tenían la intención de iniciar a su modo a los nuevos y cándidos lectores del Sissi y el Can-Can, ofreciendo un espectro de alternativas en una época donde en las escuelas no existían bibliotecas, y las públicas eran escasas, tétricas y oscuras. Este libro rescatado de nuestros fondos históricos es obra de un crítico literario de la época (mediados del siglo pasado) especialista en gastronomía. En las sinopsis, el autor atiende prioridades pedagógicas tendenciosas y moralizantes, no exentas de cierta bobería infantil (se recomienda la lectura del resumen de Ana Karenina: el enorme piélago literario de Tolstoi reducido a un vasito de agua carbonatada). Aún así, hay que alabar la atinada selección, donde encuentran sitio tanto Shakespeare (?) como Dante, Scott, Victor Hugo o Verne. Un libro de otro tiempo, desgastado y ñoño que, posiblemente sin pretenderlo, alentó entre sus lectores las ganas de experimentar por sí mismos la emoción de saberse dueños de sus propias lecturas.

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un mundo de números (mal que nos pese)

En el antiguo Egipto los escribas pertenecían a una casta especial. Atesoraban el secreto de la escritura, pero también los del cálculo y la contabilidad. Eso les convertía en los verdaderos directores de la política real en tiempos en los que, tal y como ocurre en la actualidad, muy pocos faraones sabían leer y escribir. El acceso a esta carrera de éxito estaba controlada por un puñado de varones influyentes; tras la selección, los privilegiados recibían formación entre los cinco y los dieciséis años (¿a qué me recuerda esto?) en caligrafía, gramática, literatura, derecho, idiomas, historia, geografía y matemáticas (¿No les dice nada el currículo de marras?). Hoy en día el índice de alfabetización es una señal de progreso; paradójicamente, la mayoría sabemos leer y escribir, aunque son bastantes menos los escritores o lectores activos o en activo. Sin embargo, matemática y cálculo se han convertido en el arte de los listos, de los más cuadriculados; la ciencia de aquellos que cursaron estudios técnicos (no de humanidades) porque tenían muy claro que lo suyo era programar computadoras, construir ingenios de ariete hidráulico o diseñar el Niemeyer. Ese desapego popular hacia las matemáticas es un salvoconducto para personas con notables responsabilidades públicas o privadas, que justifican sin embozo su perezoso absentismo numérico con la famosa coletilla: “¡Ay! ¡Dímelo tú, que eres de ciencias!”. Tal y como ocurría en el antiguo Egipto, los conocedores del lenguaje de los recortes, los porcentajes, las ganancias, los aumentos, las reducciones, los puntos básicos, las rentabilidades y las amortizaciones tienen la capacidad de hacernos creer que las corporaciones y multinacionales que tanto trabajan por la riqueza del país están movidas por intereses cuasi filantrópicos, y que la exigua subida de la tarifa eléctrica no es sino una magra compensación por tantos años de denodado sacrificio inversor en beneficio de la ciudadanía. Eso por no hablar de la demagogia que se traen algunos con los impuestos y la fiscalidad. La renuncia a entender de números es una renuncia a comprender cuánto nos rodea, y para muchos, una garantía de paz social. Para todo aquel lector curioso, de ciencias o de letras, que piense que la matemática es (únicamente) un lenguaje abstruso para iniciados en la nadería del infinito, le recomendamos libros como éste de Alex Bellos, autor nada sospechoso que tanto escribe de ecuaciones como de fútbol. La lectura de Alex en el país de los números satisface el paladar no solo de los aficionados al tema sino de aquellos otros que se desvanecen cuando ven una fórmula matemática. Los números, la geometría, el azar, la estadística, las calculadoras, las paradojas… un amplio muestrario de realidades matemáticas que lejos de embotar el cerebro, abre nuevos horizontes y proporciona interesantes perspectivas de lo visible y lo invisible. Todo un tesoro para los que no se conforman con entender utilizando razonamientos de segunda mano. Aunque sean de letras.

dostoievski/ Достоевский (y dos)

Las opiniones sobre la obra del escritor ruso no son unánimes: en sus Lecciones sobre Literatura RusaNabokov califica al Dostoievski de mediocre y aburrido. Otros muchos autores del siglo XX, los más, no niegan la influencia de este literato en sus respectivas obras. Dostoievski está considerado maestro del realismo literario ruso y precursor de los existencialistas por aquello que escribiera en “Los hermanos Karamazov” (“Si Dios no existe, entonces todo está permitido”). Sufrió en carne propia la represión feroz del Zar de todas las Rusias por intimar con un puñado de revolucionarios de salón; pese a ello, mantuvo una postura crítica frente a las doctrinas socialistas y reivindicó la religión ortodoxa, lo que le valió el más recio de los desprecios por parte del régimen soviético, que lo marginó incluso de los (siempre prescindibles) libros de texto. La vertiente antisemita de algunos de sus textos se suma a sus numerosos y, a veces, contradictorios antis: anticatólico, antieuropeo, aparte de xenófobo o nacionalista radical (como ya comentamos, posiblemente el ideario político de Dostoievski sea bastante cuestionable, y como moralista deba recibir la estopa que se merece). Pero de lo que no hay duda es que su producción supera las veleidades del personaje, del misántropo epiléptico, del jugador compulsivo. Sus novelas han inspirado en el pasado a cineastas como Akira Kurosawa, Sternberg o Richard Brooks, y siguen siendo hoy motivo de adaptaciones más o menos afortunadas.

dostoievski/ Достоевский

“В начале июля, в чрезвычайно жаркое время, под вечер, один молодой человек вышел из своей каморки, которую нанимал от жильцов в С — м переулке, на улицу и медленно, как бы в нерешимости, отправился к К — ну мосту”. Así comienza una novela de resonancia universal: Crimen y Castigo. Las múltiples lecturas que inspira (y sigue inspirando) una semana en la vida del atormentado Raskolnikov son ejemplo de la enorme fertilidad del autor, Fiodor Dostoievski, uno de los escritores más idolatrados en su tiempo y aún hoy en día. Su evolución personal e intelectual marcó la impronta de una obra monumental, ensalzada por unos y menospreciada por otros, donde los dilemas morales que atormentaron al escritor en vida enriquecieron su obra al punto de convertir muchos de sus títulos en clásicos absolutos: la antedicha Crimen y Castigo, El Jugador, Los Hermanos Karamazov, El Idiota… Muy poco se puede decir de Dostoievski que no se haya escrito ya, y en esta bitácora tenemos por costumbre no repetir, copiar o amplificar lo que otros ya repitieron, copiaron o amplificaron. Pero la tentación de ofrecer un parecer propio -nada original- acerca escritor es mayor que cualquier llamada a la cauta y serena contención. Es difícil que un autor que ha cautivado a tantos, desde Nietzsche a Hesse, pasando por García Lorca o Simenón, no deslumbre a un léctor joven, cuando lo fue, que abría libros sin prejuicios y agotaba la página siempre que ésta le proporcionaba argumentos suficientes para continuar. Sin necesidad de llegar a la fascinación que le provocaba a Francis Carco (“Me encerraba en mi cuarto de la pensión y me entregaba ávidamente a su lectura –de Crimen y Castigo-. La leía dos, tres, cuatro veces seguidas sin que se debilitase en modo alguno la impresión de la primera vez”), aproximarse con discreta curiosidad a las figuras literarias de Nastasia Filippovna, Alexei Ivanovich, Fiódor Pávlovich Karamázov, Arcadio Svidrigailov… es congraciarse con los folletones del mitad del XIX, que como las modernas telenovelas, se publicaban por capítulos en diarios de gran tirada. En estas obras uno casi puede cortar con cuchillo la sórdida realidad de una sociedad en profunda transformación que anuncia la convulsión prerrevolucionaria. Los protagonistas se reconstruyen cuando se enfrentan solos y desamparados a sus propios miedos, dudas y dilemas; la transformación de estos espíritus agitados se anuncia como la antesala de una tormenta interior que es capaz de remover en su asiento incluso al moderno lector de vagón de metro. Al margen de otras consideraciones más sesudas y eruditas, es precisamente en eso en lo que radica la perenne frescura de estas novelas. Quizá el personaje más desdibujado en toda esta vasta producción literaria sea el propio Dostoievski, un moralista un tanto petulante y antipático, desdichado desde la infancia, al que casi nunca le fue propicio el destino, de ahí los ribetes negros que adornan su biografía. Sin embargo, como genio que fue, supo canalizar el infortunio en aras de un legado literario que podemos seguir apreciando y admirando.

ole la copla

¿Que qué tiene que ver la copla con la literatura? ¡Hombre, por Dios! La copla es pura poesía. De hecho, la copla es una forma poética más española que la tortilla de patata; la inspiración de la que manaron a borbotones los versos más encendidos llenó la jofaina de infinidad de canciones populares. A pesar de que alcanzó su apogeo en la posguerra, la copla es un género musical de estilo sencillo y directo, ligado a melodías dulzonas y pegadizas; pasó por ser himno de la dictadura franquista, pero ya gozaba de popularidad con el General Primo de Rivera. El cine y la radio la difundieron por todos los rincones del suelo patrio durante la segunda república. Las letras, en ocasiones descarnadas y muy subidas de tono, arrancaron claveles y olés de arrieros, intelectuales y jerifaltes de toda condición, y la esencia de sus mensajes se confundió tanto con la naturaleza racial de sus intérpretes que las sucesivas censuras dejaron hacer en discos y espectáculos públicos; pero cuando las pecaminosas metáforas llegaron a la radio, las mentes calenturientas  de los censores obligaron a modificar letras de canciones como “Ojos verdes” (“apoyado en el quicio de la mancebía/miraba encenderse la noche de mayo/pasaban los hombres y yo sonreía/hasta que en mi puerta paraste el caballo”). El vínculo entre la literatura y la copla no es algo nuevo. La misma Imperio Argentina, notable mujer y soberbia intérprete, fue “bautizada” artísticamente por Jacinto Benevente, nada más y nada menos que todo un premio Nobel al que hoy, quién sabe si con razón, no se le recuerda más que por eso.

Hasta que el pueblo las canta,

las coplas, coplas no son,

y cuando las canta el pueblo,

ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillén,

de los que escriben cantares:

oír decir a la gente

que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas

vayan al pueblo a parar,

aunque dejen de ser tuyas

para ser de los demás.

Que, al fundir el corazón

en el alma popular,

lo que se pierde de nombre

se gana de eternidad.

Manuel Machado