dostoievski/ Достоевский

“В начале июля, в чрезвычайно жаркое время, под вечер, один молодой человек вышел из своей каморки, которую нанимал от жильцов в С — м переулке, на улицу и медленно, как бы в нерешимости, отправился к К — ну мосту”. Así comienza una novela de resonancia universal: Crimen y Castigo. Las múltiples lecturas que inspira (y sigue inspirando) una semana en la vida del atormentado Raskolnikov son ejemplo de la enorme fertilidad del autor, Fiodor Dostoievski, uno de los escritores más idolatrados en su tiempo y aún hoy en día. Su evolución personal e intelectual marcó la impronta de una obra monumental, ensalzada por unos y menospreciada por otros, donde los dilemas morales que atormentaron al escritor en vida enriquecieron su obra al punto de convertir muchos de sus títulos en clásicos absolutos: la antedicha Crimen y Castigo, El Jugador, Los Hermanos Karamazov, El Idiota… Muy poco se puede decir de Dostoievski que no se haya escrito ya, y en esta bitácora tenemos por costumbre no repetir, copiar o amplificar lo que otros ya repitieron, copiaron o amplificaron. Pero la tentación de ofrecer un parecer propio -nada original- acerca escritor es mayor que cualquier llamada a la cauta y serena contención. Es difícil que un autor que ha cautivado a tantos, desde Nietzsche a Hesse, pasando por García Lorca o Simenón, no deslumbre a un léctor joven, cuando lo fue, que abría libros sin prejuicios y agotaba la página siempre que ésta le proporcionaba argumentos suficientes para continuar. Sin necesidad de llegar a la fascinación que le provocaba a Francis Carco (“Me encerraba en mi cuarto de la pensión y me entregaba ávidamente a su lectura –de Crimen y Castigo-. La leía dos, tres, cuatro veces seguidas sin que se debilitase en modo alguno la impresión de la primera vez”), aproximarse con discreta curiosidad a las figuras literarias de Nastasia Filippovna, Alexei Ivanovich, Fiódor Pávlovich Karamázov, Arcadio Svidrigailov… es congraciarse con los folletones del mitad del XIX, que como las modernas telenovelas, se publicaban por capítulos en diarios de gran tirada. En estas obras uno casi puede cortar con cuchillo la sórdida realidad de una sociedad en profunda transformación que anuncia la convulsión prerrevolucionaria. Los protagonistas se reconstruyen cuando se enfrentan solos y desamparados a sus propios miedos, dudas y dilemas; la transformación de estos espíritus agitados se anuncia como la antesala de una tormenta interior que es capaz de remover en su asiento incluso al moderno lector de vagón de metro. Al margen de otras consideraciones más sesudas y eruditas, es precisamente en eso en lo que radica la perenne frescura de estas novelas. Quizá el personaje más desdibujado en toda esta vasta producción literaria sea el propio Dostoievski, un moralista un tanto petulante y antipático, desdichado desde la infancia, al que casi nunca le fue propicio el destino, de ahí los ribetes negros que adornan su biografía. Sin embargo, como genio que fue, supo canalizar el infortunio en aras de un legado literario que podemos seguir apreciando y admirando.

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