un mundo de números (mal que nos pese)

En el antiguo Egipto los escribas pertenecían a una casta especial. Atesoraban el secreto de la escritura, pero también los del cálculo y la contabilidad. Eso les convertía en los verdaderos directores de la política real en tiempos en los que, tal y como ocurre en la actualidad, muy pocos faraones sabían leer y escribir. El acceso a esta carrera de éxito estaba controlada por un puñado de varones influyentes; tras la selección, los privilegiados recibían formación entre los cinco y los dieciséis años (¿a qué me recuerda esto?) en caligrafía, gramática, literatura, derecho, idiomas, historia, geografía y matemáticas (¿No les dice nada el currículo de marras?). Hoy en día el índice de alfabetización es una señal de progreso; paradójicamente, la mayoría sabemos leer y escribir, aunque son bastantes menos los escritores o lectores activos o en activo. Sin embargo, matemática y cálculo se han convertido en el arte de los listos, de los más cuadriculados; la ciencia de aquellos que cursaron estudios técnicos (no de humanidades) porque tenían muy claro que lo suyo era programar computadoras, construir ingenios de ariete hidráulico o diseñar el Niemeyer. Ese desapego popular hacia las matemáticas es un salvoconducto para personas con notables responsabilidades públicas o privadas, que justifican sin embozo su perezoso absentismo numérico con la famosa coletilla: “¡Ay! ¡Dímelo tú, que eres de ciencias!”. Tal y como ocurría en el antiguo Egipto, los conocedores del lenguaje de los recortes, los porcentajes, las ganancias, los aumentos, las reducciones, los puntos básicos, las rentabilidades y las amortizaciones tienen la capacidad de hacernos creer que las corporaciones y multinacionales que tanto trabajan por la riqueza del país están movidas por intereses cuasi filantrópicos, y que la exigua subida de la tarifa eléctrica no es sino una magra compensación por tantos años de denodado sacrificio inversor en beneficio de la ciudadanía. Eso por no hablar de la demagogia que se traen algunos con los impuestos y la fiscalidad. La renuncia a entender de números es una renuncia a comprender cuánto nos rodea, y para muchos, una garantía de paz social. Para todo aquel lector curioso, de ciencias o de letras, que piense que la matemática es (únicamente) un lenguaje abstruso para iniciados en la nadería del infinito, le recomendamos libros como éste de Alex Bellos, autor nada sospechoso que tanto escribe de ecuaciones como de fútbol. La lectura de Alex en el país de los números satisface el paladar no solo de los aficionados al tema sino de aquellos otros que se desvanecen cuando ven una fórmula matemática. Los números, la geometría, el azar, la estadística, las calculadoras, las paradojas… un amplio muestrario de realidades matemáticas que lejos de embotar el cerebro, abre nuevos horizontes y proporciona interesantes perspectivas de lo visible y lo invisible. Todo un tesoro para los que no se conforman con entender utilizando razonamientos de segunda mano. Aunque sean de letras.

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