daalí (y II)

libro “Confesiones Inconfesables

La relación de Dalí con los escritores y la literatura de su tiempo fue muy intensa. A los quince años hacía pequeñas incursiones en la poesía, publicando algunas composiciones en revistas locales. De aquella época se conservan poemas como “Cuando los ruidos se duermen“: “Y es entonces cuando al pálido/fulgor de una estrella,/junto al portal de una casa/antigua, se oye conversar/en voz baja. Y luego los ruidos/se duermen y el fresco/oreo de la noche meciendo/las acacias del jardín/hace caer sobre los/enamorados una lluvia/de flores blancas”. De su época de estudiante en la Real Academia de San Fernando se recuerda la relación que mantuvo con el poeta García Lorca, así como de la amistad que ambos cultivaron desde que coincidieran en Madrid a principios de los años veinte del pasado siglo. En la “Oda a Salvador Dalí“, que el poeta escribiera en 1925, el amigo del alma queda así retratado:

Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,

pides la luz que anima la copa del olivo.

Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,

donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.

Como ideólogo del movimiento surrealista, Dalí formó parte de la vanguardia en la que militaban Eluard, Breton o Max Ernst entre otros, hasta que en 1939 fue expulsado del grupo, hervidero de tensiones políticas, bajo la acusación de “pesetero”. Por aquel entonces, la popularidad de Dalí no hacía más que subir y subir hasta el punto de ser reclamado por Hollywood para escribir un guión para los Hermanos Marx, los cómicos del absurdo más populares del momento; con el título de Jirafas en ensalada de lomos de caballo, este proyecto nunca se llegó a consumar. Durante los convulsos años treinta y cuarenta del siglo XX, los conflictos entre totalitarismos y democracias llevan al mundo a una confrontación total. Dalí  decide entonces poner tierra por medio: se exilia primero en Francia y después en los Estados Unidos, donde ya era una celebridad. En la Nota sobre Salvador DalíGeorges Orwell escribe: “Cuando se acerca la Guerra Europea sólo tiene una preocupación (Dalí): cómo hallar un lugar con buena cocina y desde el cual pueda huir rápidamente si el peligro se aproxima demasiado. Se decide por Burdeos y a su tiempo vuela a España durante la Bátalla de Francia. Permanece en España el tiempo suficiente para recoger algunos relatos de atrocidades cometidas por los rojos, y después cruza a Norteamérica. La historia concluye en una aureola de respetabilidad. Dalí, a los treinta y ocho años de edad, se ha convertido en marido devoto, está curado de sus extravíos, o al menos de algunos, y se halla totalmente reconciliado con la Iglesia católica. También, según se infiere, está ganando bastante dinero”. Muchos piensan que este juicio orweliano es un tanto injusto si comparamos el caso de Dalí con el de otros artistas supuestamente comprometidos como Picasso que, y esto es bien conocido, convivió tranquilamente con los nazis durante la ocupación de territorio francés. Dalí también fue ilustrador de libros, algo muy de su gusto, con preferencia por las viejas joyas de la literatura universal como “Alicia en el País de las Maravillas de Carroll, el Quijote o el teatro de Shakespeare. Trabajó también con su paisano Josep Pla, por el que sentía cierta simpatía, mutua al parecer a pesar de las diferencias entre el uno y el otro. Las incursiones delirantes se materializaron incluso en una colaboración para un cortometraje animado del celebérrimo Walt Disney, Destino, estrenado después de múltiples avatares en el año 2003. Concluimos con un fragmento de “Diario de un genio“, escrito entre 1953 y 1964. Y es que más allá de la leyenda que el pintor forjó de sí mismo, no está claro que Salvador Dalí fuera un genio en toda la extensión de la palabra, aunque para ser justos habría que añadir que se le parecía bastante.

Yo empecé haciendo cosas extravagantes y me lo acabé creyendo. Quizá tenía genio; pero no lo sabía;… Que soy un genio, es decir una mezcla de estructuras muy complicadas con cierto don angélico, lo vi claro en la estación de Perpignan. Allí también vi la tercera dimensión, por su superposición de lentes parabólicas, como en un ojo de mosca. El descubrimiento de esta tercera dimensión para la pintura es más importante que mis obras de arte.

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cuando los pintores escriben: daalí (I)

Ante todo hay que decir que Salvador Dalí era un personaje calculadamente excéntrico. Todo un icono en vida. A su enorme talento como pintor ha de sumarse el dominio de las técnicas de márketing y autopromoción, lo que le reportó no solo grandes beneficios económicos sino diversión sin límite. Fue muy criticado por ello, aunque si hemos de ser justos, su caso no deja de ser un precedente ingenuo de la moderna explotación mediática de la imagen y la nada. Pero Dalí era algo más que un fantoche resabiado de bigote florido. También se le puede calificar sin rubor de artista lúcido, orador sincopado, brillante, mente debordada y creativa, cualidades todas puestas al servicio de la pintura, la fotografía, la escultura, el diseño, la escenografía teatral, la escritura… Es precisamente de esta última faceta de la que ahora nos proponemos hablar. La mayoría de su producción gira entorno a sí mismo, aunque hay excepciones: realizó una curiosa incursión en la novela (Rostros Ocultos“, 1943), de factura precipitada, caótica e informal. Pero más allá de la pura ficción, el fuerte de Dalí tal vez sea la expresión íntima de su pensamiento, un pensamiento recogido en ocasiones por otros autores que persigue la trascendencia por los tortuosos caminos del delirio: “Para escribir lo que sigue calzo zapatos de charol por primera vez desde hace mucho tiempo, zapatos que me vienen tremendamente apretados. Suelo ponérmelos antes de empezar una conferencia. El doloroso constreñimiento que ejercen sobre mis pies tiene la virtud de acentuar al máximo mis facultades de orador… La porfía física visceral, la tortura avasalladora provocada por mis zapatos de charol me fuerzan a derramar palabras repletas de verdades condensadas, sublimes, engendradas gracias a la suprema inquisición del dolor que padecen mis pies. Me pongo, pues, los zapatos y empiezo a escribir, de una forma masoquista y sin apresuramientos.” (“Dalí me dijo” de Louis Pauwels). Nadie que se acerque a un libro escrito o inspirado por el pintor español se va a topar con la quintaesencia del discurso humanista, pero sí con una puerta entreabierta a la dimensión estrambótica del mundo blando, fijado con chinchetas en la retina de este visionario de instintos reprimidos.

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libro “la pulga surrealista”

el fado

“Toda poesía —y la canción es una poesía ayudada— refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste”. Así escribe Fernando Pessoa, que entendía mucho de tristezas, sobre el fado, una música de origen incierto que arranca de cuajo los pétalos de sentimiento. Como también ocurrió con el tango —del que ya hemos hablado aquí—, el fado portugués se cantaba por tabernas y prostíbulos. Pero como pasa siempre, burguesía primero e intelectualidad después se apropiaron de la pintoresca muselina que envuelve la miseria y el fracaso, abrazando este peculiar estilo musical que les transportaba a los bajos fondos lisboetas, intuidos bien de lejos desde los largos corredores acristalados que daban a la Alfama. Esta “folclorización” tiene su continuidad en el fado típico que se interpreta exagerando las cadencias para satisfacer la glotona curiosidad de los turistas. Hubo muchos que se interesaron por el fado, y de entre ellos, algunos dejaron la huella de músicas y letras inolvidables; ese fue el caso de Pessoa, del que traemos aquí dos fados escritos de su puño y letra. Con la nueva hornada de intérpretes, sucesoras todas ellas de la gran Amalia Rodríguez, el fado vive en este momento una segunda juventud. Y es que, bien pensado, todos tenemos nuestro fado…

Tomas Tranströmer

La concesión de los Premios Nobel son una buena excusa para mejorar la culturilla literaria. Si ahora vaciaran los fondos de las diez mejores bibliotecas del país a excepción de las obras de Tranströmer, con suerte quedaría algún triste listín telefónico de Ibiza o Estepona. Y ello no va en demérito del galardonado, que a buen seguro es un crack de la poesía. La historia de los Nobel de Literatura esta trufada de insignes mediocres a los que ya no recuerdan ni en sus países de origen. Del danés Henrik Pontoppidan (PNdeL en 1917) lo más sesudo que se puede decir es que nació en Fredericia; pero es que, no se lo pierdan, compartió el galardón ex aequo con el no menos popular Karl Adolph Gjellerup, un compatriota originario de Roholte. El primer galardonado ruso no fue Tolstoi sino Iván Bunin, más por su filiación antibolchevique que por sus escritos. Veinte años después lo recibiría Winston Churchill. Los méritos literarios de este carismático personaje están aún por aclarar, aunque es obvio que la recompensa tiene más justificación en esta modalidad que en las de química o medicina. Y qué me dicen del finés Frans Eemil Sillanpää, el soviético Sholojov o el islandés Halldor Laxness… Es un secreto a voces que a un buen porcentaje de autores condecorados con la medalla del Nobel no los lee nadie o casi nadie. Y lo peor es que la mayoría de los galardonados en los últimos años no son, precisamente, de los que hacen afición a la lectura. Este año le ha tocado al sueco Tomas Tranströmer. Los ignorantes que jamás habíamos oído hablar de él tenemos la esperanza de que la designación no sea fruto de ningún provincialismo cateto de esos que aquejan a muchos premios supuestamente prestigiosos. Quién sabe si dentro de algún tiempo alabamos aquí su excelencia literaria, aunque su condición de poeta va a complicar la cosa, porque ya se sabe que las traducciones, y mucho más las traducciones apresuradas, tienden a desvirtuar el verdadero mérito que esconden las palabras. Pero de entrada, no es buena señal que entre los libros en sueco que adornan las repletas estanterías del Ikea no haya ni uno solo del bueno de Tomas…

pessoa: uno de tantos

Cuando la peseta, el dracma y el escudo eran tres divisas de poquísimo peso que buscaban refugio en las altas cumbres de los Alpes Suizos, los Bancos Nacionales emitían billetes con imágenes de conquistadores y eminentes figuras de las letras. Por aquel entonces, los países imprimían dinero a capricho y se montaban su propio Monopoly. Ahora el euro nos da alegría y estabilidad, pero limita la cancha del homenaje a los sellos de correos y los cupones de lotería. En 1988, Portugal emitió una serie de cem escudos, el último en papel de su historia. En el anverso figuraba el retrato de Fernando Antonio Nogueira Pessoa, un escritor que se manifestó contrario a la tradición lusa que prescribe la utilización preferencial del apellido materno. Portugués casi por casualidad, Fernando Pessoa (persona o máscara) escribía compulsivamente utilizando varias decenas de heterónimos, que eran algo así como desdoblamientos de su personalidad creadora. Digamos que, siendo uno, el autor se multiplicó en un sinfín de poetas (se dice que setenta y dos) con distintas inquietudes, que componían en tres idiomas diferentes y cada cual a su manera: “como cuando era niño, tendía a crear un mundo de ficción en torno y a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron”. Su vida y su obra está envuelta de un halo de misterio que no se corresponde con la anodina existencia de un oficinista nómada en su propia ciudad: Lisboa. Falleció joven. Exceptuando una colección de poemas en inglés y Mensagem, la mayoría de su producción, fértil y copiosa, no vería la luz hasta diez años después de su muerte. Traemos aquí algunas poesías de “su otro yo” Alberto Caeiro, cantor de la naturaleza; su biografía apócrifa nos cuenta que vivió apaciblemente en el campo y murió a los veintiséis años, víctima de la tuberculosis.

libro “Poemas de Alberto Caeiro”