el fado

“Toda poesía —y la canción es una poesía ayudada— refleja lo que el alma no tiene. Por eso la canción de los pueblos tristes es alegre y la canción de los pueblos alegres es triste”. Así escribe Fernando Pessoa, que entendía mucho de tristezas, sobre el fado, una música de origen incierto que arranca de cuajo los pétalos de sentimiento. Como también ocurrió con el tango —del que ya hemos hablado aquí—, el fado portugués se cantaba por tabernas y prostíbulos. Pero como pasa siempre, burguesía primero e intelectualidad después se apropiaron de la pintoresca muselina que envuelve la miseria y el fracaso, abrazando este peculiar estilo musical que les transportaba a los bajos fondos lisboetas, intuidos bien de lejos desde los largos corredores acristalados que daban a la Alfama. Esta “folclorización” tiene su continuidad en el fado típico que se interpreta exagerando las cadencias para satisfacer la glotona curiosidad de los turistas. Hubo muchos que se interesaron por el fado, y de entre ellos, algunos dejaron la huella de músicas y letras inolvidables; ese fue el caso de Pessoa, del que traemos aquí dos fados escritos de su puño y letra. Con la nueva hornada de intérpretes, sucesoras todas ellas de la gran Amalia Rodríguez, el fado vive en este momento una segunda juventud. Y es que, bien pensado, todos tenemos nuestro fado…

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