Tomas Tranströmer

La concesión de los Premios Nobel son una buena excusa para mejorar la culturilla literaria. Si ahora vaciaran los fondos de las diez mejores bibliotecas del país a excepción de las obras de Tranströmer, con suerte quedaría algún triste listín telefónico de Ibiza o Estepona. Y ello no va en demérito del galardonado, que a buen seguro es un crack de la poesía. La historia de los Nobel de Literatura esta trufada de insignes mediocres a los que ya no recuerdan ni en sus países de origen. Del danés Henrik Pontoppidan (PNdeL en 1917) lo más sesudo que se puede decir es que nació en Fredericia; pero es que, no se lo pierdan, compartió el galardón ex aequo con el no menos popular Karl Adolph Gjellerup, un compatriota originario de Roholte. El primer galardonado ruso no fue Tolstoi sino Iván Bunin, más por su filiación antibolchevique que por sus escritos. Veinte años después lo recibiría Winston Churchill. Los méritos literarios de este carismático personaje están aún por aclarar, aunque es obvio que la recompensa tiene más justificación en esta modalidad que en las de química o medicina. Y qué me dicen del finés Frans Eemil Sillanpää, el soviético Sholojov o el islandés Halldor Laxness… Es un secreto a voces que a un buen porcentaje de autores condecorados con la medalla del Nobel no los lee nadie o casi nadie. Y lo peor es que la mayoría de los galardonados en los últimos años no son, precisamente, de los que hacen afición a la lectura. Este año le ha tocado al sueco Tomas Tranströmer. Los ignorantes que jamás habíamos oído hablar de él tenemos la esperanza de que la designación no sea fruto de ningún provincialismo cateto de esos que aquejan a muchos premios supuestamente prestigiosos. Quién sabe si dentro de algún tiempo alabamos aquí su excelencia literaria, aunque su condición de poeta va a complicar la cosa, porque ya se sabe que las traducciones, y mucho más las traducciones apresuradas, tienden a desvirtuar el verdadero mérito que esconden las palabras. Pero de entrada, no es buena señal que entre los libros en sueco que adornan las repletas estanterías del Ikea no haya ni uno solo del bueno de Tomas…

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