ruedas de molino

Alguien dijo una vez (no sé si con mucho conocimiento de causa) que la plena realización del ser humano pasa por plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. La primera tarea es llevadera: la dificultad radica en preservar el arbolito y mantenerlo sano y vigoroso; pero de ésto último el proverbio se desentiende. Al personal del género masculino, la segunda faena se le puede antojar un poco complicada, pero todo se andará. Y llegamos a la tercera que, en contra de lo que pudiera parecer, es la más fácil de todas: cualquiera puede escribir un libro. Y de hecho, las estanterías de las librerías están repletas de obras presuntuosas, retahílas de palabras o sucesos que no encierran más saber del que evocan sus tapas duras. Sin embargo, poderosos intereses comerciales intentan convencernos de lo contrario: grandes biografías de personajes sin sustancia, éxitos clamorosos antes siquiera de ser publicados, novelas imaginativas redactadas si pizca de imaginación, textos de autoayuda perversos y ñoños, memorias interesadas y oportunistas, segundas malas partes de peores primeras… Todo ello dispuesto entre títulos inspirados por el talento y el trabajo que, sin embargo, pasarán prácticamente desapercibidos. De entre los diez, los veinte o los cien libros más vendidos cada temporada, muy pocos se salvan de la mediocridad. Pero eso poco importa: la clave está en vender muchos ejemplares al precio de la novedad, promocionar la imagen del mercachifle de moda y lanzar algún derivado comercial que se venda igualmente bien. Antes de comprar un libro piensa que el título en cuestión ha de ganarse el mérito de figurar en tu biblioteca: los libros que no se leen ocupan sitio y acumulan polvo. Déjate aconsejar. El gusto por la lectura se alimenta de buenas historias y siempre hay algún autor capaz de hacernos crecer como lectores. No te fíes de los premios y los laureles, que en su mayoría están amañados. Acércate a lo nuevo sin prejuicios y a lo viejo sin complejos.

Como para muestra vale un botón, vamos a reproducir aquí dos fragmentos de sendas novelas que fueron finalistas del Premio Planeta, tomados ambos de la misma página; una de ellas escrita por el poeta gaditano Fernando Quiñones (La Canción del Pirata, 1983) y la otra firmada por un señor del que ahora mismo no recordamos cuál es su gracia (Villa Diamante, 2007). El estilo genuino, rico y evocador de Quiñones puesto al mismo nivel de la redacción chapucera del otro, que posiblemente también encierre su mérito, pero desde luego no el literario…

 

Soy ahora un casco en desguace o leño a la deriva, las greñas blanqueando, esa zanja fea de la frente que me entrecierra el ojo, encorvado el lomo y a medio desdentar: lo que se dice empezando ya a buscar la tierra como si fuese bien anciano, aunque no he de haber cumplido más de cuarentiséis, según mi cuenta, ni menos de cuarentitrés. Pero de mozo, y de hombre en todo su brío, fui trigueño, moreno de la mar y de ojos vivos, no porque yo lo diga; de los que calan muchas cosas antes de tenerlas vistas ni aprendidas, y bien memorioso, que eso me ha ido a más en vez de a menos. Si le caí en gracia a mucha gente, fue por salir a mi madre en el donaire, y a mi padre en la buena planta y el agrado del semblante, aunque todo lo haya ido perdiendo aun antes de llegar a viejo.

Ana Elisa deseó en su silencio poder tener la capacidad de contemplarse desde lejos, como si fuera otra, como si estuviera frente al proyector de su padre viéndose en la pantalla junto a ese ser que por fin tenía un rostro y un cuerpo en verdad completamente distintos de aquellos con los que fantaseaba en los dibujos que enviaba en sus cartas y su imaginación completaba hace ya tanto tiempo. Las aves, espectadoras impávidas de cada respiración, de cada gesto entre los dos humanos presentes, volvían a quedarse quietas, su silencio presionándole las sienes, mientras observaba la sonrisa, los labios, el eco de la profunda voz del hombre que movía suavemente sus manos bajo el agua, ante ella.

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