el padre de caperucita

La corte francesa del siglo XVII brillaba con pompa y boato. Eran los tiempos gloriosos de Moliere, Racine, Montesquieu, Descartes… Tampoco le iba mal a Charles Perrault, un alto funcionario al servicio del Rey que siempre estuvo al margen de controversias políticas. Escribió algunos tratados eruditos y un montón de odas al monarca del pelucón, que con todo el amaneramiento con el que uno se lo quiera imaginar, era a la sazón el más poderoso de Europa; si Luis XIV se leía o no las efusivas loas de Perrault es algo que no podemos asegurar, pero está contrastado que los esfuerzos retóricos le reportaron al escritor ciertos beneficios materiales. Digamos que Perrault era una especie de pelota ilustrado. Añadimos lo de “ilustrado” porque el epíteto le confiere cierta dignidad, frente a ese otro género de pelotilleros convencionales a los que todos estamos acostumbrados. En 1697 publica una pequeña recopilación de cuentos bajo el título de Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités; se trata de ocho relatos que pronto alcanzarán notoriedad como Los cuentos de mamá Gansa. En realidad, son historias bien conocidas de origen popular que Perrault transcribe y modifica, eliminando la casquería y las alusiones sexuales, contenidos muy recurrentes en la tradición oral de toda Europa. Como ocurre en la actualidad, en aquel tiempo estaba muy de moda moralizar, así que cada cuentecillo sirve a una moraleja final, aunque con menos pretensiones que las que añadió La Fontaine a sus fábulas o, un poco más tarde, el español Félix María Samaniego a las suyas. Traemos aquí una bonita edición de principios del siglo XX con los cuentos originales. Desde mediados del siglo XIX, las historias han sufrido alicatados y remodelaciones que convirtieron estos relatos de salón para aristócratas ociosos en cuentos de hadas para niños somnolientos. Primero fueron los Hermanos Grimm, verdaderos maestros pasteleros en el arte de edulcorar finales amargos, pero unos aficionados si les comparamos con el gran magnate de la sacarina: Walt Disney. A esta factoría debemos la última secuela de un cuento de Perrault: el ya conocido Le Maitre Chat. En el original de Perrault, el lobo se zampa impunemente a Caperucita, la Cenicienta perdona a sus hermanas y la Bella Durmiente… Bueno… la Bella Durmiente despierta de esa especie de sueño psicotrópico y placentero sin el concurso del beso sanador del Príncipe, que al final resulta ser un poco calzonazos

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