el gesto de oliverio

Cuando Oliver Twist levanta su escudilla toda la estructura de poder a su alrededor se tambalea. El hambre ha servido para dominar y sojuzgar, pero también ha movido levantamientos y revoluciones. No hay razones políticas o de estado que conmuevan un estómago vacío. El gesto del niño solicitando otra ración de gachas es la señal de que el hambre le está ganando la partida al miedo. Por eso los despóticos y corruptos responsables del hospicio no están dispuestos a dejar que las cosas queden así. Mejor cortar por lo sano el tierno vástago que empieza a brotar. Los profundos cambios productivos, económicos y sociales que se producen en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX se llevan por delante todo un modo de vida. Las pujantes ciudades acogen sucesivas olas migratorias procedentes del campo que, como siempre ocurre, acuden al reclamo de una vida mejor. Las metrópolis sufren un proceso de transformación rápido y desordenado. Acuciada por la necesidad de sobrevivir, la masa desempleada deambula por calles estrechas y sucias buscando ocupación; la delincuencia y el crimen se hacen dueños de la ciudad, atropellando las aspiraciones de niños famélicos, que aprenden en la calle lo que otros en la escuela. La novela victoriana concentró sus miradas en las condiciones en las que vivía la población. Esta faceta le proporcionó un carácter popular y una importancia de la que jamás antes había disfrutado. Los escritores de esta época no pueden mantenerse ajenos a la miseria moral y material que el progreso trae de la mano, y deshacen tesis de redención en los argumentos de sus historias, en algunas ocasiones para poner en solfa los inconmovibles cimientos éticos de la hipócrita sociedad británica; en otras para denunciar la flaqueza y la podredumbre del alma humana.

En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver y a sus compañeros: sólo les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días de fiesta en que recibían, además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres meses, los chicos decidieron cometer la osadía de pedir más comida y, tras echarlo a suertes, le tocó a Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver se levantó de la mesa, se acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío y oscuro; allí pasó los días y las noches llorando amargamente. Sólo se le permitía salir para ser azotado en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso del “insolente muchacho” fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió poner un cartel en la puerta del hospicio ofreciendo cinco libras a quien aceptara hacerse cargo de Oliver
.

“Oliver Twist”

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