la mujer que escribía diccionarios y remendaba calcetines

¿Ustedes tienen algún problema para llamar a las cosas por su nombre? Nosotros sí, a veces. La palabra, el lenguaje afilado y certero, duele. Y desde que alguien descubrió que se podía depurar el idioma y utilizarlo en beneficio propio, un batallón de sustantivos, adjetivos y expresiones afines han invadido las aulas, los medios de comunicación y los discursos oficiales, y ahora hablamos como si tal cosa de “crecimiento negativo” (en lugar de “ir de culo”), “conductas no ejemplares” (tradutio: “ser un sirvergüenza”), “déficit de tarifa” (“os vamos a dar candela”), “hecho diferencial” (“Y a mí, ¿qué me cuentas?”), “regulación cinegética” (“no dejar bicho con cabeza”), “daños colaterales” (“matadlos a todos que Dios reconocerá a los suyos“)… Afortunadamente contamos con un arsenal de artillería pesada para contrarrestar esta ofensiva: los diccionarios. Hay quienes piensan que los diccionarios no sirven para nada… Hombre, esa es una verdad a medias: los malos diccionarios, desde luego. Pero los hay buenos. Y excelentes. El común de los estudiantes cree que los diccionarios se hacen solos, que uno pulsa el botón intro y las palabras se imprimen alegremente en negrita, convictas y confesas de significados arcanos, puestos ahí para gozo y disfrute de académicos y pedantones… Pues tampoco. Escribir un buen diccionario no es una tontería. Imagínense ustedes que una deslumbrante estrella del balompié tuviera que recopilar las ciento cincuenta voces que conoce de media y definirlas con propiedad (téngase en cuenta de que dispone únicamente de ciento cuarenta y nueve palabras para cada definición). Sería el proyecto de toda una vida. ¿Y qué pasaría si alguien se propusiera ordenar, actualizar y relacionar TODAS las moléculas de un idioma, cual son las palabras? Sería una empresa equiparable a forrar el Guggenheim con lentejuelas… Esta fue la tarea que acometió Dña. María Moliner, una mujer inteligente, minuciosa, preclara y sencilla. Trabajó como bibliotecaria, y a la edad  en la que otros piensan en la jubilación anticipada, ella se embarcó en la confección de un diccionario del uso, a imagen de ciertos volúmenes anglosajones, pero con el marchamo de una autora excepcional. Con la ayuda de unas pocas colaboradoras, una máquina de escribir y miles de fichas, Doña María tardó quince años en culminar su obra. Propuesta por Dámaso Alonso, fue rechazada como académica de la lengua por la corporación de autoridades, un tanto celosas de que una archivera hubiera puesto en evidencia el que, a la sazón, era el diccionario por antonomasia: el de la Real Academia de la Lengua. En su momento, el diccionario de María Moliner representó una novedad en la lexicografía española. La primera edición era un tanto peculiar, pero se reveló útil y superior a cualquier otro diccionario escrito hasta la fecha, aunque un tanto complicado de manejar. Las ediciones sucesivas han intentado corregir ciertos elementos para agilizar la búsqueda y mejorar el acceso. García Márquez quiso conocerla, pero Doña María, que ya estaba muy pachucha, falleció antes de que el Nobel pudiera consumar el empeño. Poco después escribió in memoriam un bonito artículo recordando la figura de esta interesante autora:

(…) María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero”. De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no había mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablando del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que le preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía; le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

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