mingote escritor

Glosar la enorme producción de este creador nos llevaría bastantes entradas, y puede que solo con buena disposición no diéramos cabida a todas sus facetas, que fueron muchas. Nuestra revisión es un tanto sentimental, porque cuando fallece alguien como Mingote nos quedamos huérfanos de una parte de nosotros, de un referente gráfico, estético y periodístico que formaba parte un aderezo cotidiano que alcanza los últimos setenta años de historia española, que ya es decir. Cuando pensamos en los dibujos de Mingote, nos asaltan la memoria carteles de cine, como el de El Pisito, los decorados que hizo para televisión o para el teatro, las series que llevaban impresa la impronta de su ironía castiza, de otro tiempo, sus viñetas cómicas de humor blanco, las sombras de colores limpios e ingenuos que daban volumen a unos trazos de personalidad inimitable. Sin ser una de sus dimensiones más sobresalientes, como escritor Antonio Mingote publicó su primera novela en 1948. Eran tiempos difíciles, grises y tristes, en los que todavía se podían escuchar los ecos de la bomba atómica, cuando el hambre todavía lo era con mayúsculas, y no esa ligera sensación de vacío entre el aperitivo y el almuerzo. El humor de los años 40 del siglo pasado debía ser necesariamente inteligente para que las mentes romas del poder clerical y castrense no se sintieran mancilladas ni aludidas. Cuando se publicó Las palmeras de cartón, el pulso de la literatura humorística lo marcaban nada menos que Jardiel PoncelaTono o Miguel Mihura, éste último fundador de la revista La Codorniz, en la que Antonio Mingote ingresó como colaborador en 1946, mientras compaginaba la milicia (como otros tantos, Mingote intervino en la guerra del bando a la postre vencedor) con la vocación de escritor y dibujante. Heredero del surrealismo de Ramón Gómez de la Serna al que tantas veces ha vindicado, el autor escribió tres o cuatro novelas más (alguna de ellas con aires de western al estilo Marcial Lafuente Estefanía) y abandonó la narrativa pura y dura hasta 1991, el año en que vio la luz Adelita en el desván, y posteriormente De muerte natural (1993), una colección de cuentos a la que pertenece el relato Arenas Movedizas:

Volvió la cabeza Carlota por ver si le seguía su marido, y allí estaba, metido hasta la cintura en las arenas movedizas.
—Te dije que no te apartaras del sendero. Bien claro lo dice ese cartel: peligro, arenas movedizas.
Se disculpó el marido:
—Iba leyendo el manual de instrucciones de la cámara. Quiero hacerte una foto a contraluz.
—No se puede andar leyendo un manual de instrucciones de nadacuando hay arenas movedizas junto al sendero.
—No, no se puede —dijo él, que siempre le daba la razón a su mujer, sobre todo cuando la tenía, como en aquel caso.
Cantaba una tórtola, o un mirlo tal vez, y las nubes del crepúsculose teñían de rosa.
—Y a ver qué hacemos ahora, porque no pretenderás que te echeuna cuerda cuando bien claro está que no la tengo.
—Siempre resulta práctico tener una cuerda.
—O sea, ahora me reprochas que no tenga una cuerda para echarte. Más te valdría reprocharte a ti mismo el haberte metido ahí, que ya me lo decía mi madre, ese marido tuyo acabará metiéndose en las arenas movedizas y luego te echará la culpa a ti.
—No te culpo de nada, es que yo no me fijo en las cosas —reconoció el hombre, que ya se había hundido quince centímetrosmás en el repugnante barrizal. El espectáculo de las nubes rosa y malva en el horizonte crepuscular era algo digno de verse, aunque nadie lo miraba en aquel momento.
—Haz el favor de echarme la cámara, que, con lo egoísta que eres, te creo capaz de hundirte con cámara y todo. El brusco movimiento que hizo el hombre para tirarle la cámara a su esposa lo hundió otro palmo, debido al conocido efecto de acción y reacción.
—Recuerdo el vestido amarillo que llevabas el día que te conocí, Carlotita —dijo el marido. Porque cuando un hombre está a punto dedesaparecer en las arenas movedizas los recuerdos del pasado se agolpan, incontenibles.
Se conmovió Carlotita, que no era de piedra.
—¿Y la pamela? ¿Te acuerdas de la pamela, Eduardo?
—Sí, querida —dijo Eduardo, procurando no mover la cabeza para no tragar el barro que ya le llegaba a la barbilla—. También me acuerdo de la pamela.
Las lágrimas le impidieron a Carlota ver cómo su marido se hundía hasta las cejas. Buscó en el bolso un pañolito para secarse los ojos. Cuando pudo mirar de nuevo sólo vio la mano del hombre que, antes de hundirse definitivamente, le hacía un cariñoso ademán dedespedida.
—El manual de instrucciones de la cámara. Se ha hundido con el manual de instrucciones. Un egoísta, eso es lo que era.
Un mirlo, tal vez una oropéndola, se posó en la mano de Eduardo a punto de desaparecer y picoteó delicadamente las yemas de los dedos.
El crepúsculo se había puesto tan bonito como no se puede usted imaginar.

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