una historia de papel

La enciclopedia británica ya no se imprime en papel. Las sucesivas ediciones se distribuirán en formato electrónico. Los orgullosos poseedores de estos sesenta kilazos de conocimiento a granel son los últimos que podrán vestir las estanterías del comedor con el impresionante tesauro anglosajón. Puede ser que obras de consulta como ésta alcancen una mayor difusión en cederrón. Al fin y al cabo, si exceptuamos al personaje de los “Juegos de la edad tardía“, nadie con aspiraciones de erudito forja su cultura por orden alfabético. Pero el libro en sí, ese objeto simple y familiar que habla de sí mismo, que simboliza tanto la libertad como la opresión, que reside como un alien en el vientre de las abultadas carteras escolares y suscita tantos sentimientos contrapuestos… el libro de toda la vida, vaya, está condenado, quién sabe si hasta el final de los tiempos, a permanecer inmutable atrincherado entre sus tapas, dispuesto a tragarnos las falanges a dentelladas. Auguramos un futuro incierto a los soportes electrónicos expendedores de palabras. Los libros son algo más. ¿Se imaginan la Biblioteca Nacional reducida a media docena de discos refulgentes? ¿Quién ocuparía en lugar de los libros en los tristes anaqueles de los ateneos obreros, en los apartados rincones de las buhardillas? ¿Cómo indagaríamos sobre el grado de penetración de la cultura escrita en el seno de una familia de clase media? ¿De qué forma alimentaríamos las voraces llamas de la censura? Si hay algo que potencialmente pone en riesgo la comercialización del libro, ese algo es el papel. O por mejor decir: la falta de papel. Puede ocurrir que se agoten los recursos naturales antes que las ideas; y será entonces, y solo entonces, cuando el libro, convertido en objeto de lujo y grabado con mil y un impuestos como la gasolina o el tabaco, deje paso a odiosos dispositivos lectores, subvencionados por las diputaciones provinciales, que reproducirán en alta fidelidad el roce de una hoja, el crepitar de la encuadernación, el bufido del cierre… Los alumnos de tercerobé han reflexionado sobre todo lo expuesto hasta sacarse de encima dos o tres ideas, que han plasmado en un corto en el que ilustran cuán imposible se les antoja un mundo sin papel. Y sin libros.

Pues mira, hijo, éste es uno de los libros, y ahí tengo los otros, guardados como oro en paño y con los que tú te harás un hombre de provecho. Si yo hubiera sabido que existían estos libros, a estas horas sería un gran hombre, quién sabe si juez o médico, o incluso cardenal en la propia Roma, y no como tu abuelo o tu padre sino de verdad, con los papeles bien en orden.

El primero era un diccionario. “Aquí vienen todas las palabras que existen, sin faltar ni una.” El segundo era un atlas: “Y aquí todos los lugares y accidentes del mundo”, y el tercero una enciclopedia: “Y éste es el más extraordinario de los tres, porque trae por orden alfabético todos los conocimientos de la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. ¿Tú sabías que existía un libro así? Pues yo tampoco hasta hace tres años. Desde entonces lo estoy estudiando. Voy ya por la palabra “Aecio”, que era un general romano que mató al conde Bonifacio en el año 432 y derrotó a Atila, rey de los hunos, en el 451, pero que fue asesinado por el rey Valentiniano III, temeroso de su poder. Adelanto poco porque ya soy viejo y tengo mala memoria, y para aprender una cosa debo olvidar antes otra. Y luego está el atlas y el diccionario. Todos los días me aprendo cinco palabras nuevas y el nombre de algún río o una ciudad. Cuando pienso en la cantidad de cosas que podía saber a estas alturas si estos libros hubiesen caído en mis manos hace cincuenta años y tuviese entonces el espíritu que hoy me anima, no hay nada que pueda consolarme, porque sé que he equivocado mi vida, y eso ya no tiene remedio. Pero tú, Gregorito, todo lo tienes a favor. Pareces enviado por el destino para reparar la burla que me hizo a mí, dándome pan cuando no tenía dientes. Así que ya sabes, desde mañana empezaremos con tu aprendizaje, porque no hay tiempo que perder.

Juegos de la edad tardía. Luis Landero.

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