el placer de escribir

Internet es una herramienta extraordinaria. No solo nos permite abrirnos al mundo, trepar por la empinada pendiente del conocimiento o viajar por encima de las nubes a la velocidad del rayo. También ofrece la maravillosa posibilidad de hacernos visibles en el océano, de iluminar el universo sumando nuestra candelita a la de millones de internautas de uno y otro hemisferio. Para cualquier aficionado a la lectura y la escritura, asomarse a esta terraza privilegiada es un aliciente, una plataforma que permite superar los límites de nuestra habitación y elevar nuestras opiniones o nuestras pequeñas aportaciones literarias al limbo que rodea este astro palpitante. Nosotros desde aquí animamos a que así sea. Muchas páginas ofrecen información sobre concursos y certámenes literarios; otras crean un entorno para publicar y compartir, una excelente oportunidad de conocer lo que otros autores de tu mismo calibre tienen que ofrecer, sin afanes ni ambiciones. Por el puro placer de escribir. Seleccionamos una de esas páginas al azar: se trata de La cesta de las palabras, que tiene ahora mismo en marcha un concurso de relatos sobe el tema ¿Qué harías si te quedasen 24 horas de vida? ¿Cuál sería tu fin del mundo? Y como el particular nos pareció interesante, te invitamos a participar. De entre todos los presentados hasta el momento seleccionamos uno cualquiera, un relato divertido que a buen seguro le hizo pasar un buen rato a su autor o autora, escrito sin más pretensión que la de trasladar ese entusiasmo a un lector atrapado sin cebo y casi por casualidad en el inmenso océano de la información.

EL FIN DEL MUNDO DE MARCELIANO FUENTES

Marceliano Fuentes se enteró en un tugurio de la calle Lepanto de que el fin del mundo había comenzado en los suburbios de una gran urbe canadiense. Como poseído por un renovado sentimiento de lealtad paterna, corrió hacia su casa. Allí, un chico bisojo de piernas regordetas y una muchacha larguilucha con gesto de uva pasa se inclinaban sobre una mesa camilla, cubierta de cuadernos sembrados de goma de borrar. Abarcándolos a los dos, los atrajo hacia sí; pero la niña detestaba que aquel hombre butiroso y mugriento se le restregara por la piel y le apartó sin contemplaciones. Al niño tampoco le gustaba el hedor a vino rancio y perfume barato, pero tuvo que consentir que su padre, rechazado en primera instancia, volcara en él toda su desesperanza alcohólica. La radio local interrumpió momentáneamente la programación deportiva para advertir a los oyentes del próximo, fatal desenlace. El muchacho se debatía entre los brazos temblorosos de Marceliano, intentando recuperar trabajosamente una postura que le permitiera resolver el problema de quebrados. “¿Dónde está tu madre?”, le preguntó. “Mamá nos abandonó esta mañana”, respondió la niña. “Nos dijo que después de cenar hiciéramos los deberes y nos fuéramos temprano a la cama”. El hombre quedó petrificado. Jamás hubiera imaginado que ella le dejaría a su merced en trance semejante. “¿No os dio nada para mí?”. Sin siquiera elevar los párpados, la niña se tentó el vestido y le alargó una nota, escrita en papel de estraza. “Encontrarás todo el vino mezclado con licores diversos en un cubo rojo, bajo el fregadero. He añadido un litro de lejía con la esperanza de que revientes antes de que te alcance el fin del mundo. Si quieres cenar, hay latas de atún en la despensa. Marialuisa.” El último gol del astro argentino fue ruidosamente celebrado por el locutor, que a la mitad del grito triunfal prorrumpió en amargos sollozos. “El público abandona el campo”. Y continuó. “Esto se acaba, señores”. El último boletín informó de que el cataclismo progresaba en todas direcciones y que América había desaparecido bajo las aguas; esta vez Hollywood se había superado a sí misma. Sonaron los primeros compases de “Lo que el viento se llevó”. Los infocomerciales se sucedieron rápidamente, superponiéndose los unos a los otros. “El tiempo se agota”, sentenció Marceliano, que a duras penas podía mantener la verticalidad. Los hijos le miraron de reojo y prosiguieron con lo suyo. “Necesito un trago”. Cuando se preparaba para retornar a la tasca sobrevino el apagón. Los ecos de alarmas y sirenas ascendían por el hueco de la escalera descorchando el silencio de la noche. Marceliano sintió miedo y se refugió de nuevo en el hogar. La angustia le devoraba por dentro. “Nunca más veré a los chiquillos”, pensó. Sin darse cuenta, pronunció sus nombres. Nadie respondió. A tientas llegó hasta la cocina con la esperanza de encontrar los fósforos largos que utilizaba en las barbacoas. Extrajo de una vieja lata de cacao una caja grande que contenía un único ejemplar. Lo prendió frotando contra el raspador de lija. La madera húmeda restañaba. “Deben haberse acostado”, se dijo para sí. Pero cuando intentó dar un paso la luz amenazó con extinguirse. El suelo empezó a temblar bajo sus pies. “No es posible. Esto no puede estar sucediendo”, se dijo varias veces. Con la mano libre se propinó un par de bofetadas. Estaba aturdido y la consciencia se le iba y se le venía. Antes de que la llamita le lamiera la punta de los dedos localizó el cubo de plástico. Se dejó deslizar por la brillante superficie del frigorífico hasta tomar suelo con las posaderas. Un súbito cambio de presión le volvió los tímpanos del revés. Los oídos comenzaron a rechinarle. Se abrazó al cubo rojo como el náufrago que se agarra a su tabla de salvación. Había oído decir que el delirium tremens trastornaba la percepción de la realidad. Pero esto era diferente. Ayudándose con las rodillas, elevó el cubo a la altura de la barbilla e introdujo la cabeza dentro. “A tu salud, Marialuisa”.

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