en el corazón de las tinieblas

“En el corazón de las tinieblas”

Conrad nació en una ciudad polaca cuando Polonia formaba parte del Imperio Ruso. Actualmente Berdichev es una población ucraniana. Sin embargo, nuestro autor no alcanzó notoriedad escribiendo en polaco, ni en ruso, ni en ucraniano, ni tan siquiera en francés, idioma que dominaba a la perfección, sino en inglés, un inglés que aprendió a los veinte años, al parecer con excelente aprovechamiento, leyendo las obras de Shakespeare. Pero no se dejen llevar por las apariencias: Joseph Conrad fue un viajero incansable y un buscavidas precoz: a los diecisiete años se puso el mundo por montera y se enroló como marino en el puerto de Marsella. Sus obras son deudoras de las innumerables experiencias vitales que jalonan su marinera biografía. Todos estos ingredientes dan como resultado una obra peculiar, densa y diversa, difícil de catalogar, pero enormemente influyente en la literatura posterior. El excéntrico Conrad, de quien se dice que “hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días” (Javier Marías. Vidas Escritas, 1992), no puede decirse que contara con el aprecio de los lectores de su tiempo, aunque la crítica siempre alabó su escritura. Parece ser que, como resultado de ciertos lances amorosos, estuvo implicado en el contrabando de armas a favor de los carlistas, aunque su vínculo con España se limita a una posible y fugaz estancia en Irún y a una recalada en la costa asturiana. Según algunos, éste es el origen de uno de sus relatos, La posada de las dos brujas, la experiencia de unos ingleses que amarran su corbeta en la ensenada de una aldea costera, pobre y atrasada, habitada por gentes que Conrad compara con los indígenas que recibieron al capitán Cook a la sombra del Kilauea. Rescatamos un fragmento para solaz de lectores curiosos:

El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.

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