es que somos muy pobres

La cara más descarnada de la pobreza es el desengaño. Cuando se vive en una burbuja, amparados por los mismos que nos llevaron a la ruina, y sostenidos por la idea de que las cosas no pueden ir a peor, resulta un tanto complicado recomponer el puzle de la carencia, la quiebra y la penuria. Para cuando llega el desengaño —ese sentimiento de vacío que ahoga las esperanzas depositadas en palabras vanas y altisonantes, en torcidos gestos de entusiasmo—, el empeño por mantenernos a flote se ha ido comiendo las ilusiones que pusimos en construir un mundo mejor… y en el preciso instante en que ya no queda nada desembarca la pobreza, una pobreza que tiene muchos nombres (pobreza moral, económica, cultural…), aunque todas terminen por confluir en el mismo mar, sumando a la postre el caudal de sus respectivas miserias. A lo largo de este año hemos recordado la figura de Dickens y subrayado el valor intemporal de su preclara visión de las necesidades humanas. Entre sus páginas identificamos a los verdaderos paganos de la desigualdad y el ambicioso desenfreno de los poderes económico y político: los débiles, los niños, la juventud ignorante y marginada, las mujeres… un esquema que se repite a lo largo de la historia hasta convertirse en una evidencia casi insoslayable que, sin embargo, por estas latitudes preferimos ignorar porque es mucho más progresista considerar que la moderna miseria democrática no escoge a sus víctimas. Hoy día 25 de noviembre queremos rescatar dos ilustraciones de esta violencia sostenida contra los más vulnerables: una de ellas es el vídeo “the host of Seraphim“, de la banda musical Dead Can Dance. El otro es de traza más literaria, aunque no por eso menos contundente: se trata de un cuento de Juan Rulfo incluido en el libro “El llano en llamas”, de título “Es que somos muy pobres“. En este cortísimo relato, un niño describe la pobreza como un río que lo inunda todo, una corriente desbordada que anega el destino de las buenas gentes condenándolas a entregar su dignidad a cambio de un trozo de pan.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

“El llano en llamas” de Juan Rulfo

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