las palabras

Son la materia prima de nuestro pensamiento. El mundo, traducido en palabras, se organiza en los billones de estantes de nuestro cerebro, donde un potente buscador enlaza ideas, intuiciones y conocimientos para producir algo nuevo. La creatividad es el motor de la civilización, un juguete maravilloso capaz de adaptarse a las exigencias del jugador. Y todo gracias al rastro inteligente que dejan las palabras. Un teorema matemático dice que si un millón de personas no demasiado talentosas aporrearan las teclas de un ordenador durante un lapso de tiempo digamos de unos pocos millardos de años, acabarían por escribir el Quijote (hay una versión menos exigente que habla de un chimpancé tecleando durante un par de meses al que le salen las obras completas de Isabel Gemio). Como nosotros no disponemos de tantos años tendremos que espabilarnos y aprender palabras, muuuchas palabras que nos permitan expresar, por ejemplo, lo que nos inspira hasta el más leve cambio en la tonalidad del mar. Para eso están los libros. Los buenos libros. Y los juegos, como éste en el que participan unos alumnos de Luces, sin más recompensa ni premio que el de disfrutar de un rato agradable aprendiendo juntos.

“La trampa de las palabras”

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