ingeniería de papel

“Arte pop-up”

Cuando se popularizaron en España a mediados del siglo pasado recibieron el nombre de ilustración-sorpresa, aunque se tiene noticias de estos libros-juguete desde el siglo XVI. Quizá la definición de “ingeniería de papel” sea la que más les va a estas obras de arte, pequeñas piezas de elaborada concepción que amplían una dimensión las ideas contenidas entre las páginas de un libro. Jugando con nuestro cerebro, la técnica del troquelado móvil es una fuente inagotable de pasmo para niños y mayores, un juguete inesperado que reclama la atención del lector llamándolo al interior de sus entrañas de papel. Los autores suelen repartirse las tres tareas necesarias para realizar una obra de estas características: la “arquitectura”, la ilustración y el texto, aunque hay ocasiones en las que la creación en su conjunto se la debemos a un solo artífice. Los que ahora se dicen pop-up siguen siendo caros, pero no tanto, si tenemos en cuenta el diseño avanzado y su indiscutible mérito estético. Los coleccionistas buscan ejemplares raros y sorprendentes en un mercado cada vez más saturado. Nosotros no disponemos de libros tales entre nuestros fondos, aunque sí podemos encontrarlos en las bibliotecas públicas, normalmente desvencijados y viciados por el uso. A los padres les debemos muchos de esos “primeros auxilios” que requieren los delicados mecanismos. Pero generalmente cuando forzamos un pliegue y lo le damos el margen de holgura necesario, toda la escena se desmorona… Y lo que es peor: la rehabilitación ya no es posible. Como la vida misma.

escribir una novela

Escribir. Escribir historias. El oficio más antiguo del mundo, el más universalmente reconocido. Así como el aire nos permite respirar, la necesidad que sentimos de vivir los sueños de otros son la etiqueta de humanidad que nos distingue como seres racionales. A la inmensa suerte que tenemos casi todos de poder leer una o varias lenguas, se une el indiscutible mérito de los que saben componer con la palabra imágenes vivas, ideas luminosas que son capaces de alterar el estado emocional y remover la conciencia de sus semejantes. Una proeza mayúscula tocada por una gracia que a muy pocos les es concedida. Afortunadamente, escribir es gratis. Ante una hoja en blanco, todos somos potenciales creadores geniales. Normalmente estas ínfulas se desprenden a las primeras de cambio, cuando el candidato a poeta descubre que la escritura creativa no supone únicamente juntar palabras con más o menos tino, que al talento hay que unir otros aspectos como el conocimiento, la voluntad, la perseverancia y el trabajo. Pero la cosa cambia cuando nuestro objetivo no es conseguir laureles, caudales o reconocimientos, si atendemos a la más que probable evidencia estadística de que no estamos llamados a renovar los cánones del arte, de que nuestra mediocridad es una cancha bacheada pero reglamentaria en la que podemos experimentar las pulsiones de los escritores de verdad, donde podemos garabatear papeles para después arrojarlos parabólicamente sobre el aro de la papelera, sin que la perspectiva de errar el lanzamiento nos resulte tan insoportable como para el atribulado escritor que no encuentra la senda de la inspiración. En las próximas semanas os recomendaremos algunas bitácoras interesantes que muestran la evolución de ciertos espíritus inquietos en busca de identidad, como el de esta joven escritora, e iniciaremos un periplo con nuestros jóvenes usuarios que nos llevarán a eso: escribir una novela, propósito para el que necesitaremos algo más que el proverbio “All work and no play makes Jack a dull boy, aunque mucha sea la verdad que encierra.

sobre papas

Como prominentes figuras del poder temporal, los Papas han sido objeto de abundantes revisiones históricas y literarias. Algunos han ocupado miles y miles de páginas como los Borgia, una familia de origen valenciano que consiguió colocar a dos de sus miembros en la cátedra de Pedro: primero fue Calixto III, y unas pocas décadas después su sobrino Alejandro VI, uno de los personajes más controvertidos de la historia, acusado de abusos y excesos infamantes que han dado para un sin fin de obras divulgativas y de ficciónLa biografía de estos y otros Papas constituyen de por sí un excelente menú para el curioso lector de historias. Más recientemente, la figura de Pío XII y la supuesta leyenda negra de su antisemitismo, la todavía presente personalidad del Juan XXIII como promotor de un Concilio que revolucionó la iglesia católica, el temprano y misterioso fallecimiento de Juan Pablo I, antecesor del polaco Wojtyła, que como Juan Pablo II jugó un papel determinante en la caída del Muro… y, cómo no, la renuncia del actual Sumo Pontífice, han proporcionado y proporcionarán en el futuro una excelente materia prima para construir elucubraciones con y sin fundamento, pero siempre atractivas por el autoproclamado vínculo sagrado entre los infalibles representantes de dios en la tierra y sus, a veces, perversas circunstancias. A nosotros a los particularmente se nos da una higa quién vaya a ser el próximo Obispo de Roma, nos agradaría que al menos se inclinara por un nombre bonito como Elías, Francisco o Santiago, que aparte de resultar inéditos, son preferibles a los consabidos Píos, Anastasios o Leones

 

expurgo

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Ahora que está tan de moda hablar de reyes y de monarquías, rescatamos del expurgo inclemente que ha sufrido nuestra biblioteca un libro escrito por el mismísimo Luis XIV de Francia, el Rey Sol. No es el primero de los escritores de sangre regia que sacamos a colación en esta humilde página. Cuando los reyes escriben, lo hacen generalmente para sentar cátedra jurídica o para transmitir a sus sucesores la crónica de lo que ellos consideran un buen gobierno. El Capeto más conocido heredó la corona de Francia antes de cumplir los cinco años y reinó durante más de setenta. Tenía la firme voluntad de ejercer de vicedios, como dijo alguien; durante gran parte de su reinado hubo pocas cosas que se escaparan al control directo de este hombre que había asumido el papel de Padre y Señor de todos los franceses. El refinado, guapo y culto Luis no solo le dio su nombre a un estilo de mobiliario o a un inhóspito paraje a orillas del Mississippi… Fue el más recio representante borbónico y antecesor del actual rey de España. Pero no fue para su hispánico bichozno para el que escribió sus Memorias sobre el arte de gobernar, sino para su hijo. Por azares del destino y de las poco ventajosas combinaciones genéticas, a Luis XIV le sucedió su biznieto y a éste su nieto Luis XVI, un personaje alelado y glotón a quien la Revolución terminaría por descabezar. El libro de Luis XIV es sobrio y, teniendo en cuenta los cánones de la época, rebosa sabiduría: “Los soberanos, a quienes el cielo ha hecho depositarios de la fortuna pública, seguramente proceden en contra de sus deberes cuando disipan el erario de sus súbditos en gastos inútiles”, “es conveniente que sepáis que en el alto puesto que ocupamos las menores faltas tienen siempre lamentables consecuencias. Quien las comete siempre tiene la desgracia de que jamás conoce las consecuencias hasta que no hay lugar a remedio alguno” o “el fuego de las más nobles pasiones, como el fuego de las más oscuras, siempre produce un poco de humo que ofusca nuestra razón”. Y qué me dicen de “como el príncipe siempre debe ser un perfecto modelo de virtud, sería conveniente que se garantizara de manera absoluta de las debilidades comunes al resto de los mortales, sobre todo teniendo en cuenta que es seguro no permanecerán escondidas”. En honor a la verdad, hay que apuntar que el tirano de Luis fue el primero en saltarse sus propios preceptos, haciendo bueno el dicho tan español, que no francés, “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”. Pero eso no le quita un ápice de valor a la colección de sentencias que milagrosamente se salvaron de la quema, y que hoy se despiden para siempre de sus potenciales lectores adolescentes.  Luis XVI (1947). Memorias sobre el arte de gobernar (2ª edición). Traducción de Manuel Granell. Buenos Aires. Espasa-Calpe: EXPURGADO.

ciudades de libro

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Desde siempre, el desarrollo de las historias ha necesitado de un decorado propicio. Y las ciudades han prestado gustosas su geografía para tal menester. Algunas están estrechamente ligadas a sus autores, de forma que cuando pensamos, pongamos por caso, en Dublín, se nos viene rápidamente a la cabeza James Joyce. Podríamos hacer este mismo ejercicio con BarcelonaParísLisboaNueva York,  MadridLondresRoma, Buenos AiresAlejandría… espacios urbanos convertidos en protagonistas con personalidad propia, que alientan el pulso de las distintas tramas que se urden en sus entrañas. La poesía de las ciudades se escribe con piedra y ladrillo entre los renglones de sus calles, en las plazas y los parques donde la ficción se remansa, a la sombra de monumentos y edificios emblemáticos, escenarios verosímiles de encuentros imposibles. El viajero leído siempre guarda en el zurrón las referencias que le llevarán al último confín del barrio periférico o al centro mismo del piélago urbano, donde se retratará bajo las placas de los bulevares y verificará la presencia de aquellos testigos mudos de tantas ficciones por ellos mismos inspiradas: veredas, fuentes, quioscos, jardines, fachadas, obeliscos… Comenzamos nuestro particular recorrido literario por la Muy Noble, Muy Leal, Benemerita, Invicta, Heroica y Buena Ciudad de Oviedo, a la que Don Leopoldo Alas “Clarín” rebautizó como Vetusta en su obra más conocida, La Regenta. Hoy en día, la esbelta torre apuntada de la catedral vigila día y noche el paseo de Dña. Ana Ozores bajo la lluvia, detenida como en un sueño entre la fuente de Alfonso el Casto y la casa de la Rúa. Una imagen que de tan nítida en el imaginario de los ovetenses se ha quedado plasmada y fundida en metal para disfrute de residentes y recreo de visitantes.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.