expurgo

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Ahora que está tan de moda hablar de reyes y de monarquías, rescatamos del expurgo inclemente que ha sufrido nuestra biblioteca un libro escrito por el mismísimo Luis XIV de Francia, el Rey Sol. No es el primero de los escritores de sangre regia que sacamos a colación en esta humilde página. Cuando los reyes escriben, lo hacen generalmente para sentar cátedra jurídica o para transmitir a sus sucesores la crónica de lo que ellos consideran un buen gobierno. El Capeto más conocido heredó la corona de Francia antes de cumplir los cinco años y reinó durante más de setenta. Tenía la firme voluntad de ejercer de vicedios, como dijo alguien; durante gran parte de su reinado hubo pocas cosas que se escaparan al control directo de este hombre que había asumido el papel de Padre y Señor de todos los franceses. El refinado, guapo y culto Luis no solo le dio su nombre a un estilo de mobiliario o a un inhóspito paraje a orillas del Mississippi… Fue el más recio representante borbónico y antecesor del actual rey de España. Pero no fue para su hispánico bichozno para el que escribió sus Memorias sobre el arte de gobernar, sino para su hijo. Por azares del destino y de las poco ventajosas combinaciones genéticas, a Luis XIV le sucedió su biznieto y a éste su nieto Luis XVI, un personaje alelado y glotón a quien la Revolución terminaría por descabezar. El libro de Luis XIV es sobrio y, teniendo en cuenta los cánones de la época, rebosa sabiduría: “Los soberanos, a quienes el cielo ha hecho depositarios de la fortuna pública, seguramente proceden en contra de sus deberes cuando disipan el erario de sus súbditos en gastos inútiles”, “es conveniente que sepáis que en el alto puesto que ocupamos las menores faltas tienen siempre lamentables consecuencias. Quien las comete siempre tiene la desgracia de que jamás conoce las consecuencias hasta que no hay lugar a remedio alguno” o “el fuego de las más nobles pasiones, como el fuego de las más oscuras, siempre produce un poco de humo que ofusca nuestra razón”. Y qué me dicen de “como el príncipe siempre debe ser un perfecto modelo de virtud, sería conveniente que se garantizara de manera absoluta de las debilidades comunes al resto de los mortales, sobre todo teniendo en cuenta que es seguro no permanecerán escondidas”. En honor a la verdad, hay que apuntar que el tirano de Luis fue el primero en saltarse sus propios preceptos, haciendo bueno el dicho tan español, que no francés, “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”. Pero eso no le quita un ápice de valor a la colección de sentencias que milagrosamente se salvaron de la quema, y que hoy se despiden para siempre de sus potenciales lectores adolescentes.  Luis XVI (1947). Memorias sobre el arte de gobernar (2ª edición). Traducción de Manuel Granell. Buenos Aires. Espasa-Calpe: EXPURGADO.

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