¿quién controla el pasado?

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Leyendo este fin de semana un libro de historia se nos vino a la cabeza la peripecia de Eróstrato, el incendiario, controvertido personaje que supuestamente redujo a cenizas el famoso templo de Diana en Éfeso. Se dice que lo prendieron (valga la redundancia) y lo torturaron hasta que confesó el móvil de la fechoría. Las crónicas cuentan que Eróstrato deseaba vivir por siempre en boca de las generaciones futuras, y anhelaba que le recordaran como aquel que se había cargado una de las siete maravillas del mundo, edificio noble y de bella arquitectura alabado por Antípatro de Sidón, el autor de la célebre lista. Como era de esperar, Eróstrato fue ejecutado, no sabemos si antes o después de que un bando amenazara con aplicarle la misma penitencia a todo aquel que guardara memoria del tal pirómano. Sin embargo, la noticia corrió como la pólvora, y la identidad del infame circuló clandestina hasta que un historiador la desveló, pensando quizá en que no hay vergüenza mayor que la de ser recordado en calidad de gilipuertas. Siguiendo designios de rango superior, hoy casi nadie sabe de esta hazaña como tampoco de cualquier hecho pretérito que supere la semana y media de antigüedad. Hemos pulverizado la nuez de la Historia con un martillo neumático y ahora somos incapaces de saborear el fruto sin pincharnos la lengua. Corrompida por quien la utiliza en provecho propio, la historia con minúsculas es una herramienta muy útil para cargar de razón el argumento más peregrino y hace babear en éxtasis a los iluminados de vocación redentora. Recordar a Eróstrato se pagaba con la muerte. Prescrito ya el delito (suponemos), en el siglo XXI conocer el pasado es un placer y un deber que ningún libro de texto tiene derecho a hurtarnos. No lo olvides.

“La razón más importante para «reformar» el pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningún caso que la doctrina política del Partido haya cambiado lo más mínimo porque cualquier variación de táctica política es una confesión de debilidad. (…) Y si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia ha de ser escrita continuamente.”

George Orwell, 1984.

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