la mirada del hombre solo

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A Albert Camus le gustaba el fútbol. Le apasionaba tanto como el teatro. De pequeño, en su Argelia natal, había jugado de guardameta de un equipo local. Camus decía que todo lo que sabía del mundo se lo debía al balompié: “aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga”. Pero el que estuviera llamado a ganar el premio Nobel de literatura en 1957, se retiró de los estadios cuando la tisis se instaló en su cuerpo para no abandonarle nunca. Una de las constantes en la corta vida de Camus fue la de superar la adversidad: de extracción humilde, Camus era hijo de emigrados. Huérfano de padre, su madre, de origen menorquín, era sorda y analfabeta. En el entorno inmediato del joven Alberto, las previsiones sobre el futuro del muchacho pasaban por trabajar en la carnicería de su tío para salir adelante. Sin embargo, la tenacidad del futuro escritor y sus evidentes dotes intelectuales movieron el interés de sus maestros, que orientaron y dirigieron las primeras lecturas de Camus. Unas lecturas que le ayudaron no solo a consolidar sus ideas, sino a conquistar laboriosamente la lengua francesa, vehículo de una interesante producción literaria, teatral, periodística, ensayística y filosófica. Hijo de su tiempo, el existencialismo no reconocido de Camus (en contraposición con el de su antagonista Sartre), está marcado por la peripecia vital del autor, comprometido en los conflictos de su tiempo, empezando por el colonialismo francés y el nazismo alemán para continuar con los movimientos sociales y políticos que se desataron en Europa al calor de la Revolución rusa y la posterior consolidación del estalinismo soviético. Camus escribió “Révolte dans les Asturies”, considerada la obra de letras más reseñable en torno a la revolución asturiana de 1934. En ella apunta que “todo revolucionario termina siendo opresor o hereje. En el universo puramente histórico que han elegido, rebelión y revolución van a parar al mismo dilema: o la policía o la locura”. Mientras otros intelectuales se comprometían políticamente y justificaban los excesos como la única forma de conquistar la felicidad, Camus se alejaba de posiciones dogmáticas y de ideologías agotadas: “son los medios los que deben justificar el fin”; no distinguía entre la barbarie de los malos, representada por campos de concentración y cámaras de gas, y los nobles fines de los buenos, primero con sus bombas atómicas y después con sus gulags y sus tanques. El intelectual, escribía Camus, debe moverse en la escala de lo humano y no en el nivel de las grandes abstracciones: “la inteligencia se ha rebajado hasta hacerse sierva del odio y la opresión”. Esta es una de las afirmaciones que el autor laureado pronunció en su discurso de aceptación del premio Nobel. A pesar de sus achaques, nada hacía presagiar que fallecería apenas tres años después, en un absurdo accidente de tráfico. Pero nos dejó un puñado de obras inteligentes y un libro póstumo editado por su hija. Si estás interesado en familiarizarte con este humanista que expresaba sus pensamientos de forma literaria, te recomendamos que comiences con uno de sus cuentos, un relato elocuente, particularmente intenso, que describe el sentimiento de soledad de un hombre instalado en un mundo inhóspito, un mundo forjado a golpes que dicta sus propias lecciones de supervivencia. La lúcida mirada del hombre solo.

Durante mucho tiempo, se quedó echado en el diván mirando al cielo que se oscurecía poco a poco, escuchando el silencio. Ese silencio que los primeros días de su llegada, después de la guerra, le había parecido tan penoso. En aquella época, había pedido un puesto en la pequeña ciudad al pie de los contrafuertes que separan la altiplanicie del desierto. Allí, unas murallas rocosas, verdes y negras al norte, rosas o malvas al sur, marcaban la frontera del eterno verano. Pero lo habían nombrado para un puesto más al norte, en la misma meseta. Al principio, la soledad y el silencio le habían resultado muy duros en aquellas tierras ingratas, habitadas solamente por las piedras. A veces, la existencia de unos surcos hacia pensar en tierras cultivadas, pero en realidad los surcos habían sido excavados para sacar a la luz del día cierta piedra propicia para la construcción. Allí sólo se labraba para cosechar pedruscos. Otras veces, raspaban algunas pellas de tierra, acumuladas en las hondonadas, para abonar los áridos jardines de los pueblos. Solamente la piedra cubría las tres cuartas partes de este país, en el que las ciudades nacían, brillaban y desaparecían; los hombres pasaban, se amaban o se mordían la garganta, y después morían. En este desierto, nadie, ni él ni su huésped, eran nada. Y sin embargo, fuera de este desierto, ni uno ni otro, Daru lo sabia muy bien, hubiera podido vivir verdaderamente.

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leer en internet

Noticia bomba: los príncipes se separan. Este es el tipo de encabezamiento que nos garantizará unos segundos de atención por parte del lector ocasional antes de que éste descubra que le hemos tomado el pelo. Escribir en internet es algo así como arrojar un puñado del grava al mar: tanto da que entre cuarzos y dolomitas se escurra alguna piedrita preciosa. Todo se perderá en la inmensidad del océano. Sin embargo, la romántica idea de vaciar la creatividad en el oscuro sumidero de la red es más fuerte que el natural pudor de los autores, convencidos los unos de su mediocridad o, por el contrario, de su inédita genialidad. Fuentes generalmente bien informadas aseguran que la pareja real formalizó ayer noche… Pequeña descarga supletoria que nos situará bien… Y es que, ¿qué buscador se puede resistir a las palabras pareja y real? Otra tregua para el atribulado inter-escribidor, desvalido e ignorado como si sus obras completas se hubieran publicado en un paquete de toallitas húmedas para bebés. Aunque eso no impide que diariamente la red hierva con nuevos contenidos, críticas mordaces y sonoramente groseras, intentos febriles por hacerse notar, perversos montajes comerciales para incautos, palabras vacías, mensajes rancios y bobos. A todo eso hay que unir la inconstancia del lector, concentrado en el dedo temblón, automático, que le llevará (nos llevará) a su antojo de acá para allá antes de que la pupila se acostumbre al destello de la pantalla. El príncipe residirá a partir de la semana próxima en un piso de protección oficial, propiedad de su cuñado… Otra combinación explosiva: príncipe y cuñado. Puede ser que a la vuelta de unas horas estas frases inconexas e insustanciales (un príncipe, un cuñado, un piso de protección oficial…) alcancen una dimensión desmesurada, su sonoridad se imponga e incluso suplante la verdad a la que poco a poco vamos renunciando, para convertirse después en una escoria fría, negra e inútil, acumulada por capas en los depósitos de nuestra memoria. Tampoco contamos con el tiempo necesario para leer los ochenta mil títulos que se publican cada año en España, así que ni siquiera estamos en condiciones de valorar con garantías el estado de salud de nuestro mercado editorial. Únicamente disponemos, una vez más, de las reseñas y referencias que aparecen en internet, las más de las veces mal documentadas, escritas de oído o descaradamente parciales. En esta tesitura, nosotros nos conformamos con hacer una pausa entre obligaciones para escribir sin compromiso una nadería, a modo de ejercicio mental, para terminar releyendo aquello que nos gustó… Porque en un mundo saturado por billones de letras que no se leen, los textos que alcanzan el limbo de la excelencia son los que se instalan en la antecámara de la razón, aquellos que nos hacen un poco más libres, un poco más sabios; puede que hasta un pelín más infelices. Como dijo Borges: Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. (Del libro “Borges Oral”. Alianza Editorial. 1998).

el paraíso de los gatos

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Este chiquito con cara de adulto que deja huella en un daguerrotipo de la época decía que “la haine est sainte. Elle est l’indignation des cœurs forts et puissants, le dédain militant de ceux que fâchent la médiocrité et la sottise. Haïr c’est aimer, c’est sentir son âme chaude et généreuse, c’est vivre largement du mépris des choses honteuses et bêtes. La haine soulage, la haine fait justice, la haine grandit. […] Si je vaux quelque chose aujourd’hui, c’est que je suis seul et que je hais”. Zola era un hombre de principios y su condición nunca le permitió ser condescendiente con la injustia, sobre la que proyectaba todo el odio del que era capaz su pluma ágil y certera. El odio como motor de cambio social… ¡qué cosas! Sus palabras hicieron crujir los resortes del poder y a puntito estuvieron de crucificarle, pero Zola puso tierra por medio y se exilió en el Reino Unido de la Gran Bretaña. De regreso en casa las cosas no le fueron mejor: desplantes y estrecheces marcaron su último adios a la vida: falleció en extrañas circunstancias, que se dice, aunque el asunto se zanjó con un “aquinohapasadonada“. Una vez desaparecido, o quizá precisamente por eso, los franceses se dieron prisa en elevarlo al Olimpo de las glorias nacionales y terminaron por depositar sus restos en el Panteón, que es algo así como una selección nacional de insignes y notables, que en España encontraría su equivalencia en La Roja. Zola escribió El paraíso de los gatos en 1874, la historia de un felino orondo que cree que la verdadera dimensión de la fortuna reside en todo aquello que no se tiene. Un tema clásico que, sin embargo, no resta encanto a un cuento que a todos invitamos a leer, y a los alumnos de primero de la eso a ilustrar.

M.G. y C.R.

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Martha Gellhorn siempre se reveló contra la calamidad de ser asociada con Hemingway. Era una mujer racial e independiente, un torbellino que se desenvolvía con soltura en un mundo de hombres, casi siempre en el peor escenario posible: la guerra. Con veintitantos años había retratado el rostro más descarnado de la Gran Depresión. En la España de los treinta se entrenó como reportera de batalla, acompañando a las Brigadas Internacionales de trinchera en trinchera. La decepción de la derrota no aplacó su necesidad de escribir sobre los desastres de la guerra, plasmando en sus crónicas el padecimiento de los civiles, siempre ajenos a los manejos de cuántos planeaban derramar sangre inocente en nombre de no sé sabe qué oscuros ideales. Pero el motivo de traer hoy aquí a Doña Martha es de vindicar su condición de espíritu libre, la vibrante trayectoria de una corresponsal que no se conformaba con observar la refriega en la distancia, y que no dudó en ponerse en peligro para comprender el sufrimiento de aquellos que describía en sus crónicas. En el libro Cinco viajes al infierno la autora relata algunos pasajes de su errática vida de periodista, secuencias ambientadas en cuatro de los cinco continentes. El curioso subtítulo (Aventuras conmigo y ese otro) hace alusión a su compañero en el viaje a la de China de Chiang Kai-shek, un tal C.R. que no era otro que E.H., por aquel entonces marido de la Gellhorn, con el que compartía no solo aficiones como la literatura y el alcohol, sino un desmesurado amor por la sombra que proyectaban, a la que ambos consideraban el justo tributo que el sol les rendía cada amanecer. La octogenaria Martha ejerció de reportera mientras las fuerzas le acompañaron. Un día, sintiéndose mayor y enferma, decidió poner fin a su existencia. Tenía ochenta y nueve años, estaba ciega y sobre sus espaldas cargaba con todo el peso del convulso siglo XX.

divertida campaña

La Academia de la Publicidad ha querido obsequiar a la Real Academia Española con un divertido anuncio. El famoso y tres veces centenario lema aquel de “limpia, fija y da esplendor” cobra una dimensión distinta para llamar la atención sobre el uso correcto del lenguaje, ese preciado tesoro que acostumbramos a tratar como baratija. Y no es que lo digamos nosotros. No hay más que poner la tele o disfrutar de una amable tertulia de patio. Posiblemente así, de entrada, uno no se da cuenta, pero utilizar mal el propio idioma es como conducir un Ferrari pasado de revoluciones: llevar, te lleva, pero el ruido es insoportable y el motor termina gripando. Hablar, comunicar, supone prolongar el pensamiento más allá de los límites que nos impone nuestro cráneo, creando una sintonía con las personas que nos rodean. Las palabras pueden contener toda la carga emotiva, sarcástica o imperiosa que uno desee si es que se sabe trasladar los sentimientos e inquietudes al lenguaje cotidiano. Para eso debemos utilizar el lenguaje sin afectación, pero también sin complejos: el idioma pone a nuestra disposición muchos recursos; nosotros tenemos el deber de conocerlos y el derecho a servirnos de ellos. Algunos han censurado la campaña de la RAE porque la protagonista, dicen, es una joven analfabeta. Yo no diría tanto. A mí me da que esta caricatura en su primera versión (la de mujer que se expresa mal) tiene estudios, puede que hasta superiores. Lo que ocurre es que no ha visto Plácido, ha leído poco, ha escrito menos y nunca, pero nunca, ha sentido la necesidad de ordenar sus pensamientos antes de fundirlos con el aire. Sin embargo, los estudiantes del segundo vídeo no son una ficción: ejemplares únicos, los primeritos de su clase de secundaria, aleccionados por sus familias y coeducados por sus profesores, reciben un galardón europeo de postín que premia sus más que evidentes dotes lingüísticas y académicas. Sin duda el germen de la futura élite política y económica. Un orgullo para la tierra de Don Quijote.