el caramanchón

biblioluces_higienico

Hoy día de la patrona, y por aquello de hacer algo útil entre tanto frenesí gaitero, nos pusimos a limpiar el caramanchón del hórreo. Y mira por dónde, escondidos en una polvorienta caja del Círculo de Lectores, aparecieron unos viejos rollos de cierto papel higiénico que gozó durante años de una inexplicable popularidad, junto con un montón de libros de texto de principios de los ochenta, en los que todavía se hablaba de España y del enigmático e indescifrable producto cartesiano de dos (puñeteros) conjuntos dados, sean A y B. Sin ayuda de movimientos y gestos explícitos, los integrantes más jóvenes del batallón no hubieran acertado a descubrir el uso que se le daba a los vistosos rollos envueltos en celofán. Sin embargo, todos identificaron como tales los libros escolares, algunos de ellos acorralados por la carcoma o blasfemados por nombres y apellidos remotamente familiares, escritos sobre los imperecederos dymos. Resultó inevitable establecer analogías entre ambos soportes de papel. Uno y otro contribuyeron a curtirnos por dentro y por fuera, haciendo bueno aquello de que no había otra cosa mejor a mano. En el caso del papel higiénico y hasta que llegó el agradable papel sedoso, toda una generación creció pensando en que la única alternativa posible a la hoja vegetal era esta rígida plancha marrón, que bien doblada podría haberse utilizado para desollar una oveja. Sin embargo parece que nadie está interesado en abrirnos los ojos en relación con los libros de texto: lo que en principio fue una herramienta de apoyo y consulta, ha pasado a convertirse en la quintaesencia del conocimiento escolar. La identificación ha sido tal que los profanos confunden los contenidos de estos manuales con los sacrosantos currículos oficiales. Aunque lo más doloroso es que la cantidad y calidad del aprendizaje escolar se estime en función del valor material de estos carísimos soportes con fecha de caducidad, reclamados como obligatorios y subvencionados con dinero de todos en forma de becas, y que mueven al año millones de euros en beneficio de unos pocos. Eso por no hablar del rigor y la objetividad de los textos, sometidos al imperio de las veleidades políticas y los intereses ideológicos. Si la calidad de los libros escolares sirviera para establecer la solvencia educativa de los ciudadanos que alcanzarán su madurez intelectual en el 2020 (año de los JJ.OO. tokiotas), íbamos apañados. Por la tarde haremos una bonita pira con toda la porquería que bajamos del caramanchón. Los chicos han decidido indultar un hato de viejas novelas del oeste; los mayores nos decantamos unánimente por El Elefante porque, pasado el tiempo y curadas las heridas, no le guardamos rencor a un rollo que, al contrario de otros que se las daban de académicos, nunca presumió de serlo.

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