a qué huelen los libros

Todos estamos de acuerdo en que nuestra vida se acabará algún día. Es una certeza universal e inmutable. Y que nuestros átomos, que en tiempos formaron parte de las estrellas, regresarán a sus orígenes para seguir formando parte del todo cósmico… Ele la metafísica. Esa misma naturaleza perecedera es la que amenaza nuestras posesiones más preciadas, incluidos los libros. Con ellos compartimos su naturaleza orgánica así como la tendencia al envejecimiento y deterioro. Los roedores, la temperatura, los insectos, la humedad… serán los que finalmente contribuyan a degradar cualquier biblioteca hasta convertirla en polvo y en nada. Y con ella, el empeño de toda una existencia por coleccionar las obras que marcaron los pequeños hitos que jalonan la vida intelectual de cada cual: las lecturas escolares, los libros que nos recomendó el abuelo, las primeras adquisiciones de segunda mano, los regalos, la herencia de algunos volúmenes muy queridos por alguien, las compras universitarias, los caprichos de un verano…  La biblioteca de la Casa de Alba cuenta con dieciocho mil volúmenes, con un censo de joyas bibliográficas que atesoran un buen número de historias alrededor de sí mismas. Esta es una de las centenas de bibliotecas públicas o privadas que esconden tesoros que la mayoría de los mortales nunca podremos admirar, soportes que han contribuido a forjar la historia y la evolución de la humanidad, que dan cuenta de la inagotable creatividad de nuestra especie. Pero como ocurrió con la biblioteca de los Alba al principio de la Guerra Civil, ningún fondo está a salvo del desastre, la rapiña, la desidia o la negligencia, por mucho que se mejoren las instalaciones, la seguridad o el acomodo de los libros. Muchas instituciones están digitalizando sus fondos para preservar este legado y ofrecer a los amantes de los libros a secas la oportunidad de leer y admirar también esa dimensión artística de la edición, restringiendo el acceso físico a los llamados investigadores acreditados. Suponemos que este es el precio que hay que pagar por preservar estas joyas que, sin embargo, tarde o temprano terminarán volviendo al polvo como las mascotas, los automóviles, los palacios, las duquesas o las secoyas.

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