yo tarzán, tú jane

Tarzán. Novarro. Nº 370. 1973

El huérfano John Clayton fue recogido por una manada de simios cuando quedó solo y desamparado en la inhóspita selva africana. No se sabe muy bien si se trababa de chimpancés o de gorilas porque el autor, Edgar Rice Burroughs, describe confusamente a la familia adoptiva del futuro héroe, el primero de una larga saga alumbrada a lo largo del prodigioso siglo XX. Burroughs, antiguo soldado del 7º de caballería y escritor de ciencia ficción más bien chapucero, sabía tanto de la jungla como de Marte, pero eso no le impidió describir con profusión un escenario que nunca conoció personalmente. Lo cierto es que su personaje estrella, blanco como la leche y apenas cubierto con un taparrabos, se fue abriendo camino por las sendas de la literatura, la historieta, el cine, la radio y la televisión. Desde su nacimiento hace cien años, no ha habido generación que no haya contado con su “versión” de Tarzán, perdurando pese al tiempo transcurrido como un icono reconocido y reconocible cuyo nombre sigue custodiado y celosamente protegido por la marca registrada propiedad de los herederos de Burroughs. Hay quien quiere ver en el Tarzán primigenio la ilustración perfecta del modelo de “supremacía blanca“, muy extendido y generalmente aceptado por la sociedad de principios del siglo XX, y no hay duda de que el lector moderno se extrañará de que las numerosas escaramuzas protagonizadas por Tarzán no dejen rastro alguno de en la nívea piel del hombre salvaje. Por su parte, Hollywood se encargó de los detalles accesorios que contribuyeron a consolidar el mito de Tarzán: las monadas de Chita (hermana de leche) o el grito sinfónico que movilizaba todo el gallinero (la jungla, se entiende).

highsmith o la frustración

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Entre gatos y caracoles, Patricia Highsmith escribió sus historias más memorables: instaló la maldad en personajes que aún nos parecen convincentes porque están muy bien construidos. Quizá el amor que profesaba por felinos y gasterópodos era el que le faltaba por el género humano. Cuenta la propia Patricia que con nueve años leyó un libro de un influyente psiquiatra de la época; los psicópatas que desfilaban por sus páginas marcaron la derrota de la mayoría de las situaciones que comenzara a describir ya con quince años. La mirada de la Highsmith cultivó la simpatía hacia lo siniestro, la dimensión ignorada y desconocida del ser humano, la que nos inclina hacia el “lado oscuro” cuando se dan condiciones para ello. Esta proyección a contraluz nos obliga a entender a los asesinos de Highsmith con cierta empatía; no se trata de elementos sanguinarios ni de criminales sin entrañas. Simplemente son personajes marcados por algún tipo de frustración que se limitan a difuminar esa delgada línea que separa el bien del mal, obligando al lector a ajustarse las lentes mientras le pone en la desagradable tesitura de censurar una conducta o adherirse al homicida sin más contemplaciones. Highsmith nació con aliento de aguarrás (se dice que su madre intentó quitársela de enmedio bebiendo un vaso hasta arriba). Su biografía señala que desde ese momento todo fue a peor. Sin embargo, ni los embates existenciales ni los reveses sentimentales lograron vencer la determinación literaria de la escritora, una mujer alcohólica y huraña, de trato difícil, que supo mantenerse al margen de las modas y, exceptuando la producción (bastante digna, por cierto) de subsistencia, fue siempre fiel a sí misma, lo que contribuyó a convertirla en una escritora de culto, sobre todo en Europa, donde buscó el cobijo que no encontró en su tierra. Hay quien opina que le estilo de Highsmith no casa con el del moderno lector de novela negra, que la psicología minuciosamente depravada de sus personajes les inmuniza contra las etiquetas de “buenos” y “malos” que el cine americano ha contribuido a consolidar. Pero no hay quien niegue que las detalladas, complejas y redondas tramas de sus cuentos y novelas gozan de buena salud y todavía son objeto de rediciones y adaptaciones cinematográficas, alguna de ellas ciertamente mítica, como la de su primer éxito literario, aquel que le permitió dedicarse por entero a la literatura: Extraños en un tren, de 1950. Como bien se sabe, la versión para la gran pantalla fue dirigida por Alfred Hitchcock y adaptada por Raymond Chandler, otro eminente creador alcohólico.

liber chronicarum

Intuyo que para un ciudadano maduro, que ha vivido la revolución tecnológica de las últimas tres décadas, no resultará difícil imaginar el grado de excitación que a mediados del siglo XV provocó la invención y posterior desarrollo de la imprenta. Los más jóvenes quizá precisen de algún otro detalle complementario: la edición rápida, económica y fidedigna de los libros elevó las posibilidades de alfabetización y permitió el acceso global a la ciencia, la teología, la filosofía y la literatura. Resulta pues perfectamente justificable que durante los primeros años se imprimieran fundamentalmente textos que recogían la práctica totalidad del conocimiento de la época, empezando por la Biblia. El Libro de las crónicas contiene además un sinfín de xilografías de muy bella factura, coloreadas a mano en las versiones más lujosas, práctica habitual de cualquier edición impresa que tuviera la intención de parecerse lo más posible a las copias “manuales”. Nos podríamos solazar durante horas en cada uno de los pequeños detalles que nos presenta el principal iluminador, Michael Wolgemut, maestro del gran Durero: planos, mapas, escenas, ciudades, genealogías… En este libro se confunden la antigüedad clásica con la historia sagrada, la cosmología o los acontecimientos medievales o contemporáneos. En la selección que presentamos aparecen las curiosas estampas de blemiasesciápodos, hombres lobo, faunos o mujeres barbudas, todos ellos parte del bestiario medieval que imaginaba así a los pobladores de remotas tierras inexploradas, una persistente visión medieval que contribuyó a menospreciar y sojuzgar a las civilizaciones que se fueron tropezando los europeos en sus primeras incursiones coloniales.

Liber Chronicarum

jorge no puede leer

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Poh-poh, poh-poh… Jorge tiene un corazón que le suena en el pecho como una mariposa agitada en el interior de una cajita. O como la percusión de Caetano y Gilberto. Se lo prestaron hace unos meses para salir del paso; hoy lo conserva como el tesoro que es, viviendo al dictado de los rítmicos golpecitos que son el pasmo de cirujanos y cardiólogos. Jorge peleó duro por sobrevivir. Una refriega cruda que se resuelve entre las paredes de un quirófano y en las habitaciones de los hospitales, donde el alma se abandona primero a los designios del destino, y al mayor o menor oficio de la auxiliar de turno después. Como hábil ingeniero de la palabra, acierta con las citas y encaja fragmentos de los clásicos que la memoria le sirve en porciones. Son muchos años buscando algo de luz entre las páginas de los libros, compañeros desde el principio, cuando la ideología buscaba un asidero firme donde sostener la guerra intelectual (y no tanto) contra el dogmatismo del fascismo criminal. Ahora no le queda más remedio que levantar la vista al cielo, si no para suplicar, sí para hablar con los compañeros de rehabilitación que le han ganado la partida a la gravedad, una fuerza traicionera que, según Einstein, no es más que una perturbación producida por la gran masa de la Tierra. A Jorge no le arredra la masa del planeta ni nada de proporciones similares. Pero le inquieta no poder llegar al alma de los libros por do solía. La concentración le traiciona y ahora se ve perseguido por las ideas que antes domesticaba con facilidad. Sin saber por qué, el poso que le dejaban las palabras se desliza con el barro y la arena en la batea de su cabeza. El blanco contraste del papel le ciega por dentro y él se lamenta: “Dime que estás leyendo ahora, porque yo…”. Me gustaría complacerle, decirle que es una nube pasajera, la última perfidia del viejo corazón agotado que un día le abandonó. Pero los secretos del cerebro son tan insondables como el vientre de una estrella lejana. De momento, nos hemos propuesto barrer el piso de lamentos y recuperar lecturas anfibias, de esas que habían estado nadando en las riberas del recuerdo, tan desocupadas ellas que se habían olvidado de reptar por la playa y lucir al sol. Volveremos así a revivir las historias que no nos abandonaron, las que más huella dejaron a su paso, agradeciendo a la vida los días felices que nos regaló junto a las personas y los libros que tanto quisimos.

las cruzadas

Entre los acontecimientos que han determinado la historia de la civilización occidental, las Cruzadas sobresalen tanto por su repercusión como por su prolongación en el tiempo (entre 1095 y 1291). Nadie diría que la barbarie exhibida por ambos bandos tuviera trazas de inspiración divina. La primera cruzada empezó con promesas de redención y riquezas para todo aquel que se embarcase en la “guerra santa”. Estas recompensas terreno-celestiales cautivaron a muchos caballeros europeos, que durante décadas habían perseguido la gloria zurrándose mutuamente la badana. La amable convocatoria les permitía volver los filos de sus espadas sedientas de sangre hacia Tierra Santa, lugares que el Papa Urbano II reclamaba para la cristiandad. La verdad es que debió ser un alivio contemplar a tanto bruto llenando el macuto con intención de partir hacia el este. Para ir haciendo boca se organizaron los primeros pogromos contra los judíos; pero la guinda del pastel se puso con la toma de Jerusalén, una verdadera carnicería consumada al grito de ¡deus vult! (dios lo quiere), donde se masacró a musulmanes, judíos, mujeres, niños, mascotas y hasta a los pocos cristianos que habitaban la zona. Después de esta primera expedición se sucedieron ocho más. De todas ellas, la tercera tiene el glamour de la decidida participación caballeresca de dos “primeros espadas” como Federico Barbarroja y Ricardo Corazón de León, así como de un antagonista digno de ambos: Saladino. Durante año y pico, Ricardo y Saladino estuvieron machacándose a base de bien; todo concluyó con un tratado de paz entre ambos lo que, tratándose de una Cruzada, suponía un verdadero fiasco para los caballeros de la cruz al pecho. Nuestro bellísimo libro de miniaturas es un manuscrito rescatado de la riquísima colección de la BNF y datado alrededor de 1473, cuando las Cruzadas ya formaban parte de un pasado mítico y glorioso; en él se describen las gestas de los caballeros franceses contra “los turcos y otros sarracenos y moros ultramarinos” (Passages faiz oultre mer par les François contre les Turcqs et autres Sarrazins et Mores oultre marins),