jorge no puede leer

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Poh-poh, poh-poh… Jorge tiene un corazón que le suena en el pecho como una mariposa agitada en el interior de una cajita. O como la percusión de Caetano y Gilberto. Se lo prestaron hace unos meses para salir del paso; hoy lo conserva como el tesoro que es, viviendo al dictado de los rítmicos golpecitos que son el pasmo de cirujanos y cardiólogos. Jorge peleó duro por sobrevivir. Una refriega cruda que se resuelve entre las paredes de un quirófano y en las habitaciones de los hospitales, donde el alma se abandona primero a los designios del destino, y al mayor o menor oficio de la auxiliar de turno después. Como hábil ingeniero de la palabra, acierta con las citas y encaja fragmentos de los clásicos que la memoria le sirve en porciones. Son muchos años buscando algo de luz entre las páginas de los libros, compañeros desde el principio, cuando la ideología buscaba un asidero firme donde sostener la guerra intelectual (y no tanto) contra el dogmatismo del fascismo criminal. Ahora no le queda más remedio que levantar la vista al cielo, si no para suplicar, sí para hablar con los compañeros de rehabilitación que le han ganado la partida a la gravedad, una fuerza traicionera que, según Einstein, no es más que una perturbación producida por la gran masa de la Tierra. A Jorge no le arredra la masa del planeta ni nada de proporciones similares. Pero le inquieta no poder llegar al alma de los libros por do solía. La concentración le traiciona y ahora se ve perseguido por las ideas que antes domesticaba con facilidad. Sin saber por qué, el poso que le dejaban las palabras se desliza con el barro y la arena en la batea de su cabeza. El blanco contraste del papel le ciega por dentro y él se lamenta: “Dime que estás leyendo ahora, porque yo…”. Me gustaría complacerle, decirle que es una nube pasajera, la última perfidia del viejo corazón agotado que un día le abandonó. Pero los secretos del cerebro son tan insondables como el vientre de una estrella lejana. De momento, nos hemos propuesto barrer el piso de lamentos y recuperar lecturas anfibias, de esas que habían estado nadando en las riberas del recuerdo, tan desocupadas ellas que se habían olvidado de reptar por la playa y lucir al sol. Volveremos así a revivir las historias que no nos abandonaron, las que más huella dejaron a su paso, agradeciendo a la vida los días felices que nos regaló junto a las personas y los libros que tanto quisimos.

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