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Generalmente, el acceso a las ideas y al pensamiento filosófico representa una dura prueba para el lector primerizo o poco avezado. En el caso que nos ocupa, esto no es así. Y no porque el autor que nos ocupa sea liviano o superficial. ¡Qué va! Bertrand Russell fue un señor carismático que vivió todas las grandes convulsiones del apasionante siglo XX. La mirada inteligente del conde de Russell, cultivada a la manera victoriana, se adelantó unas cuántas décadas a su tiempo. Pero eso nunca sale gratis. Estuvo en prisión por pacifista en tiempos en los que primaba ser belicista. Fue defensor de la libertad sexual cuando nadie negaba la sacrosanta institución del matrimonio. Discutió los métodos criminales del imperio en la guerra del Vietnam… Se podría decir que en su dilatada vida, el compromiso personal de Russell fue a tiempo completo. Pero no. Las numerosas obras escritas, algunas de ellas sumamente influyentes en los campos de la filosofía y la matemática, atestiguan dedicación intelectual a las cuestiones más candentes de la ciencia y las humanidades. Quizá esa desbordante y casi hiperactiva producción fue la que inclinó a los señores de la Svenska Akademien a concederle el premio Nobel de Literatura sin haber hecho eso, literatura. Aunque cabe decir que el estilo de Russell es brillante, con ese puntito de socarronería británica siempre a flor de pluma, más que recomendable para el lector del siglo XXI, un siglo que seguramente a él le hubiera fascinado. Allá a mediados de los cincuenta escribió Satán en los suburbios, quizá la única incursión literaria que no recuerda al ensayo, y que no está precisamente entre lo mejor de su producción. Nosotros desde aquí animamos a la lectura, porque nos da la gana, de la Historia de la filosofía occidental o Autoridad e individuo, por nombrar dos bien conocidas.

Mis investigaciones físicas me habían enseñado varios modos de terminar con la vida humana. No pude abstenerme de pensar que tenía el deber de perfeccionar uno de tales medios. De todos los que había descubierto, el más fácil parecía ser una nueva reacción en cadena que haría que el mar hirviese. Proyecté la construcción de un aparato que, estaba convencido, podría servir para la realización de mi propósito en el momento que me pareciese conveniente. Sólo una cosa me detenía. Y era que cuando los hombres muriesen de sed, los peces morirían cocidos. Nada tenía yo contra los peces que, por lo que suponía y había observado en los acuarios, eran seres agradables e inofensivos, hermosos con frecuencia y poseedores de una destreza muy superior a la de los seres humanos para evitar los choques con sus semejantes.

de Satán en los suburbios, 1953

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