controversia

español_ingles

A menudo, el “bilingüismo” ha venido utilizándose en la educación pública como un ensalmo mágico capaz por sí mismo de conjurar los males endémicos de la formación básica. Casi siempre estas iniciativas son fruto de maniobras políticas y promesas electorales que no tienen en cuenta los recursos necesarios ni los presupuestos que han de sostenerlos. Desgraciadamente, más inglés no es sinónimo de calidad en la enseñanza, aunque hay que reconocerle su considerable potencial para “seleccionar” a los alumnos. Por encima de la platea, en el gallinero, se escucha el rumor de los que promueven un aprendizaje activo y constructivo de la propia lengua, donde se conceda relevancia y mérito académico a las producciones del alumnado, las capacidades expresivas y las habilidades para elaborar pensamiento nuevo a partir de lo visto, oído o leído. La urgencia de un bilingüismo no sentido por la población la encontramos en Puerto Rico. El fuerte vínculo de la ciudadanía con el idioma de la antigua metrópoli es objeto de debate y hasta de controversiaY no solo en sentido figurado. La controversia hecha música es un divertido género portorriqueño en el que dos trovadores se retan a un duelo dialéctico. Como si se tratara de pugilato, ambos ponen a prueba su capacidad para dar y encajar, haciendo del verso improvisado y de su agudeza para mantener la porfía sus armas principales. Traemos aquí una que viene muy a cuento, donde se dicen sobre el español cosas tan bonitas como ésta: Es algo que llevo dentro, que cuando busco, lo encuentro, y descarga mi conciencia, va más allá de la ciencia, del dinero o del poderío… Es un caudaloso río de sentimientos y amores, de voces de mil colores… ¡Es ese el idioma MÍO!

¿Hay quien dé más?

groucho y yo

groucho

Querido Julius:

Como desconozco su actual paradero, supongo que no me tomará a mal que haga público este mensaje y con él, la devoción inmerecida que continúo profesándole. Acabo de releer Memorias de un amante sarnoso. Detecté consternado que alguien había babeado en la página veintisiete, para descubrir, más consternado aún, que se trataba de mi propia saliva, de la que hallé idénticas huellas, parduzcas y redondas ellas, en las páginas veintisiete de todos los libros que acomodo en la mesita del dormitorio, y sobre los que suelo dormir el primer sueño de la noche, que dicen que es el más placentero. He exigido en la librería de la esquina que se me reintegre el importe de la obra o, al menos, el de la página anegada. Como portavoz del sindicato de comerciantes, el chico de la frutería me ha respondido tajante que los desperfectos imputables a una descuidada babipulación no están sujetos a garantía. Desafortunadamente esta cláusula figuraba en la página veintisiete del contrato de compra-venta, por lo que me pasó desapercibida. Además estamos hablando de un ejemplar de la biblioteca pública que obraba en mi poder desde hacía más de veinte años (¡cómo pasa el tiempo!). Eso me recuerda que tengo que devolver mi espléndida colección de cuatro mil volúmenes antes de que la municipalidad opte por sancionarme. Considero de mal tono que no se haya molestado en dar señales de vida durante estas últimas décadas. La excusa de que está muerto me suena a manida disculpa; precisamente es ahora cuando tiene todo el tiempo del mundo para escribir cartas y ahorrarse el importe del franqueo. Los amigos incondicionales solemos revisar regularmente alguna de sus películas. El otro día invitamos a media docena de escolares a una de estas sesiones cine-mato-nostálgicas. Como no creímos oportuno censurar los diálogos políticamente incorrectos, nos coordinamos para toser ruidosamente por turnos. Nuestros esfuerzos se saldaron con un dolor de pecho colectivo y una inmensa sensación de ridículo. Los jóvenes se marcharon decepcionados, quién sabe si por su tiznado bigotón o por el inquietante presentimiento de haber sido contagiados de tos ferina. Aunque hoy en día es casi imposible contagiarse de nada: la prueba es que la mayor epidemia del momento ha afectado a cuatro personas. Bueno… y medio millón más en países de esos que ostentan nombres raros, aunque yo no doy crédito a tales exageraciones porque, de ser ciertas, algo se habría filtrado en el noticiario, que hoy se ocupó fundamentalmente de los peligros de caminar descalzo y de un huevo que baila. A mí estas reseñas me dejan frío porque, ¿quién no ha deseado alguna vez hospedar a todo el Bolshoi en su frigorífico?

Saludos.

P.S. No aguardo pronta respuesta, pero al menos manifiéstese con un leve movimiento de cortinas en la próxima reunión espiritista de Mrs. Fraudster.

ancha es Bardulia

Lo de ahora no es nuevo; en el siglo XI, por ejemplo, la Península Ibérica era un semillero de reyes y reyezuelos que se disputaban a mandobles hasta el último palmo de tierra. La idea más o menos romántica que tiene como trasfondo una guerra de religión disimula la verdadera naturaleza del conflicto, que en términos generales podría describirse de “todos contra todos”, llevándose la palma la de “moros contra moros” y “cristianos contra cristianos”. La cuestión teológica se reducía a una mera diferencia de logotipos. En este contexto no es raro que los anónimos autores de los cantares de gesta se prendaran de la bizarra figura de algún sanguinario caballero de los que por entonces la espada ceñía. El preferido fue Rodrigo Díaz, alias El Cid, un personaje rigurosamente histórico sobre el que se han construido historias rigurosamente ficticias. El Romancero le fue tejiendo una fina camisa de lino con la que, a lo lejos, nos parece contemplar un héroe sin mácula, buen hijo, buen marido, buen vasallo, buen cristiano… pelín temperamental e impetuoso. Con esas hebras nos sale una leyenda que se impuso a la historia en forma de medidos versos que hoy leemos con el orgullo de ser los herederos de tan imponente legado medieval. El Cantar de mio Cid es un Cantar de Gesta alimentado por otras tantas historias de tradición oral que se compuso cien años después de la desaparición de Don Rodrigo, y en el que se cuida de guardar, eso sí, algunos detallitos biográficos que no le son favorables al de Vivar. El manuscrito que se conserva en la Biblioteca Nacional es una copia del siglo XIV del original, escrito o copiado a su vez por un tal Per Abbat un siglo antes. Gracias a este libro, hemos conservado casi en su integridad el contenido del poema, que ha sido editado en múltiples ocasiones. Los autores de la película sobre el Campeador protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren (¡Ah, doña Jimena!) se inspiraron en la versión de Don Ramón Menéndez Pidal, sobrino del que por entonces era dueño del tan famoso libro. En 1960, una fundación (sin ánimo de lucro, claro) lo compró por diez millones de pesetas de entonces para después donarlo a las autoridades del régimen. Desde entonces aguarda en la Biblioteca Nacional a que estudiosos de medio mundo lo analicen y estudien, y ahora, con ayuda de internet, a que cualquiera se pasee por sus hojas como quien hace un viaje en el tiempo.

¿hay alguien ahí?

fosforos_biblioluces

Las emergente generación de escritores en español está perfilando el estilo literario de estos primeros años de siglo. Demostrar oficio y pericia no es fácil ahora que internet le brinda a cualquiera la oportunidad de difundir su producción. Pero precisamente esa sobreabundancia de palabra escrita es el principal inconveniente con el que se enfrenta el lector curioso. En principio, todo el mundo escribe para ser leído. Incluso los que redactan un diario personal se dirigen a sí mismos o a su círculo más próximo un mensaje inspirado por el momento, quién sabe si con intención de alimentar la nostalgia o para preservar esos recortes de intimidad que la omnipresente cámara del teléfono celular no puede recoger. Sea como fuere, desde el grafitero enamorado que busca un centímetro cuadrado vulnerable a los pies del falso balcón de Julieta allá, en Verona, hasta torpes escribidores como nosotros que se sobreponen a su mediocridad, todos, absolutamente todos albergamos la esperanza de posarnos en las aguas mansas del lector inadvertido y remover el lodo joven del fondo, enturbiar el lecho, dejar huella de nuestro paso por recónditos universos interiores, marcar  la memoria de alguien, aunque sea levemente… De esta forma, junto a pastiches de difícil calificación, surgen obras que son destellos del talento, generosas aportaciones creativas que nos hacen pensar que no todo está inventado. La gran producción con vocación literaria está marcando una etapa en la que los protagonistas son las obras, no los autores; éstos surgen por doquier, escriben algo interesante y luego se agotan o desaparecen, sin apenas tiempo para que sus nombres empapen reseñas y críticas. Como fósforos cansados de arder cuando sus cabezas apenas han empezado a chisporrotear. O fósforos mojados, como los de esta joven escritora, localizada por azar en la red…

Fue una época mala. Tenían poco trabajo cuando les llegó la enfermedad de mi hermana Leticia. Y para colmo de males Dora, con ese problemita de nacimiento en la piel. Este es un pueblo que queda de camino a Tigre, la gente hace una parada obligatoria porque en todos los mapas que les dan a los extranjeros figura como “lugar de interés”, pero la verdad es que no teníamos nada de interesante hasta que la nena, ahí estirada como un chicle por el sol en la vidriera, empezó a generar un ingreso superior a los suvenir de Gardel que vendíamos en todas las épocas turísticas. Horacio y Leticia se dieron cuenta de casualidad. No es que lo planearan, se dio solo. La mandaron a acomodar los adornitos y chirimbolos y pasó uno justo cuando a Dora el cuero se le empezaba a ablandar. Dorita es como de plastilina, la piel se le estira y ablanda con el calor. Una belleza.

Mariana Komiseroff. Fósforos mojados (2014).

autos

auto_biblioluces

Desde el mismo momento de su concepción, el coche ha ejercido un poderoso magnetismo que en poco más de un siglo nos ha llevado a identificar nuestro modo de vida con este armatoste autopropulsado, el comienzo y el final de cualquier interacción con el entorno. Más allá de su indudable utilidad (de ahí lo de “utilitario”), el desplazamiento ha pasado a ser un asunto secundario como bien se encarga de subrayar la publicidad. ¿Te gusta conducir?, entonces… ¿Qué más te da que no tengas dónde ir? ¿Te va a retener la subida bestial del carburante? ¿Consientes que el vecino, que es un muerto de hambre, maneje un modelo mejor que el tuyo y te lo aparque delante de las narices? Todo movimiento de política populista pasa por atraer a las multinacionales del ramo, fomentar la compra de automóvil nuevo, construir autopistas y carreteras a cualquier precio, grabar la contaminación que provoca, idolatrar a los pilotos deportivos de dudosa fidelidad fiscal u otorgar licencias fraudulentas a los que velan por la inspección técnica del numeroso y suculento parque móvil… eso por no hablar de las sanciones al tráfico rodado o los intereses que se mueven alrededor de los carburantes, las estaciones de servicio, la “zona azul”, los aparcamientos. A principios del siglo pasado fueron los ricos y poderosos quienes sucumbieron a la fiebre de la velocidad, identificando el progreso con la automoción. El automóvil pronto se fue motivo literario: Joyce introduce una competición de velocidad en un cuento de Dublineses (1914), y a principios de los años treinta Musil da comienzo a El hombre sin atributos con la descripción de un accidente de tráfico. Más próximo a nosotros, nuestro querido Fernández Flórez publica en 1938 El hombre que compró un automóvil, un libro disparatado en el que se anticipa el moderno culto al coche y hasta se ironiza sobre las incisivas técnicas de venta. Como apunta Manuel Rodríguez Rivero, “el coche sirve en la literatura para el amor y el cortejo, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para matar y morir, para empezar de nuevo, como signo de estatus, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), como agente de excitación sexual (Crash, de J. G. Ballard, 1973). El automóvil, ese “admirable artefacto”, como lo llamó el entusiasta Ortega y Gasset en 1930, ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas.”

Los autos venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los autos azules —los autos de sus amigos los franceses.

James Joyce. Dublineses (1914)