buscadores de oro

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Somos buscadores de tesoros. Vivimos pensando en la fortuna enterrada a nuestros pies, o la que se esconde en las cuevas que el mar horadó pacientemente en los acantilados. Como el hobbit, buscamos las riquezas que un dragón custodia bajo la montaña, el oro que se emplea en la confección de un teléfono celular o el que brilla en los dedos de la vieja tía solterona y que algún día será nuestro… Somos saqueadores en nuestra propia Reed Gold Mine, donde diariamente lavamos en bateas relimpias la esperanza de hacernos ricos, creyendo descubrir en cada destello, en cada brillo inesperado, una señal del cambio de suerte. Con apenas la veintena, el escritor Jack London (autor de Colmillo blanco) recorrió las orillas del Klondike, escarbando la arena negra en la que se ocultan diminutas lágrimas doradas, germen de locura para muchos hombres. Curiosamente, London descubrió en las frías latitudes del norte otro filón que posteriormente le haría rico y famoso: la inspiración para numerosos relatos y novelas muy populares entre los lectores de principios del siglo XX. Sin embargo, la vida apasionada y el alcohol le impedirán disfrutar de la dicha que, dicen, suele acompañar a los caudales: emprende proyectos que no concluye y que comprometen la calidad de su producción literaria. Se jacta de beber un litro de güisqui al día sin ocuparse en el progresivo deterioro de su salud. En mil novecientos dieciséis el escritor es un hombre enfermo que ha experimentado el vértigo de una existencia colmada de toda suerte de emociones. Murió de una sobredosis de sulfato de morfina. No se sabe si fue una decisión deliberada o un accidente. Lo cierto es que este admirador de Nietzsche y firme creyente en la reencarnación dejó de existir a la temprana edad de cuarenta añitos (como su paisano Edgar Allan Poe). A decir de muchos, no encontró aquello que buscaba, pese a que en su camino hubo infortunio, penalidades, dicha, dinero y triunfo. Quizá lo que perseguía Jack London no era cosa de esta vida y ahora mismito esté retozando feliz en una mullida pradera, reencarnado en el corpachón de un grizzly que contempla sin miedo el ocaso que ya se anuncia en el horizonte.

Mientras se asoleaba, a Jacob Kent lo asaltó una idea que lo hizo saltar de la silla. Los placeres de la vida habían culminado con el continuo acto de pesar y volver a pesar el nuevo oro; pero una sombra se había proyectado sobre este grato pasatiempo, que hasta el momento no había podido dejar de lado. Sus pesas eran realmente pequeñas, como máximo podían pesar una libra y media (veinticuatro onzas, o setecientos gramos), en tanto que su tesoro alcanzaba unas tres veces y un tercio esta cantidad. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación, y, por tanto, consideraba que lo estaban privando de una forma nueva y sumamente edificante de contemplación. Al serle negado esto, había perdido la mitad del placer de la posesión.

De El hombre de la cicatriz, recogido en el libro The God of His Fathers & Other Stories (1901)

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