estanteria

estanteria_biblioluces_febrero_2015

«Los libros no se prestan» es una frase incomprendida. Es efecto de una regla que jamás se dice, pero que se cumple a rajatabla: «los libros no se devuelven». Esta norma solo tiene algunas excepciones que la confirman: hay libros que son devueltos. Pero cómo. Cuando no deslomados, desencuadernados o desencolados, retornan doblados o apisonados, oblicuos o llenos de elementos extraños al papel y la tipografía que los componen. Elementos como una mosca aplastada, miguitas de pan o granos de arena, cuando no la huella indeleble y negra de un criminal a quien se le deberían llevar a juicio porque gusta de leer y hurgarse la nariz al tiempo sobre páginas que son de propiedad privada. El préstamo de libros es, en puridad, lectura en usufructo, no posesión del bien. Lo peor es que el que hurta libros aprovechándose de la confianza de quien los presta no tienen siquiera conciencia del daño. Alega siempre el olvido, el descuido, Y su víctima tiene que tragarse el enfado por el apropiamiento y la felonía, porque jamás será comprendido, ni por la otra parte, ni por la sociedad. «Vamos hombre, ponerse así por un libro». Hay una táctica cortés y valiente, además de efectiva, para mantener intacta la biblioteca. Cuando un amigo o conocido pide que se le preste un libro, lo mejor es echar mano a la cartera y ofrecerle el importe de lo que cuesta. «Toma 30 euros cómpratelo tú. Ya me devolverás el dinero». Lo normal es que no acepten el préstamo, quizá porque como no pensaban devolver el libro, tampoco piensan regresarte el dinero. Pero deber dinero lo consideran más grave que no devolver libros. Por una deuda económica tienen que esconderse, cruzar de acera, regir el saludo, dar explicaciones. Por un libro creen que deban cumplir en nada; como mucho, las primeras veces, dicen como distraídos: «tengo u libro tuyo en casa. A ver si me acuerdo de devolvértelo, chico». La ocasión que crearon para pedírtelo son incapaces de crearla para devolvértelo. Además, con el dinero no devuelto, ya hay una razón socialmente aceptada para retirar al traidor trato y saludo, incluso para arrastrarle la horra por la suelos, más cuanto más pequeña sea la cantidad. Yo soy de los que prefiere perder lo que cuestan los libros que perder los libros.

Juan Carlos Esparza

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