groucho y yo

groucho

Querido Julius:

Como desconozco su actual paradero, supongo que no me tomará a mal que haga público este mensaje y con él, la devoción inmerecida que continúo profesándole. Acabo de releer Memorias de un amante sarnoso. Detecté consternado que alguien había babeado en la página veintisiete, para descubrir, más consternado aún, que se trataba de mi propia saliva, de la que hallé idénticas huellas, parduzcas y redondas ellas, en las páginas veintisiete de todos los libros que acomodo en la mesita del dormitorio, y sobre los que suelo dormir el primer sueño de la noche, que dicen que es el más placentero. He exigido en la librería de la esquina que se me reintegre el importe de la obra o, al menos, el de la página anegada. Como portavoz del sindicato de comerciantes, el chico de la frutería me ha respondido tajante que los desperfectos imputables a una descuidada babipulación no están sujetos a garantía. Desafortunadamente esta cláusula figuraba en la página veintisiete del contrato de compra-venta, por lo que me pasó desapercibida. Además estamos hablando de un ejemplar de la biblioteca pública que obraba en mi poder desde hacía más de veinte años (¡cómo pasa el tiempo!). Eso me recuerda que tengo que devolver mi espléndida colección de cuatro mil volúmenes antes de que la municipalidad opte por sancionarme. Considero de mal tono que no se haya molestado en dar señales de vida durante estas últimas décadas. La excusa de que está muerto me suena a manida disculpa; precisamente es ahora cuando tiene todo el tiempo del mundo para escribir cartas y ahorrarse el importe del franqueo. Los amigos incondicionales solemos revisar regularmente alguna de sus películas. El otro día invitamos a media docena de escolares a una de estas sesiones cine-mato-nostálgicas. Como no creímos oportuno censurar los diálogos políticamente incorrectos, nos coordinamos para toser ruidosamente por turnos. Nuestros esfuerzos se saldaron con un dolor de pecho colectivo y una inmensa sensación de ridículo. Los jóvenes se marcharon decepcionados, quién sabe si por su tiznado bigotón o por el inquietante presentimiento de haber sido contagiados de tos ferina. Aunque hoy en día es casi imposible contagiarse de nada: la prueba es que la mayor epidemia del momento ha afectado a cuatro personas. Bueno… y medio millón más en países de esos que ostentan nombres raros, aunque yo no doy crédito a tales exageraciones porque, de ser ciertas, algo se habría filtrado en el noticiario, que hoy se ocupó fundamentalmente de los peligros de caminar descalzo y de un huevo que baila. A mí estas reseñas me dejan frío porque, ¿quién no ha deseado alguna vez hospedar a todo el Bolshoi en su frigorífico?

Saludos.

P.S. No aguardo pronta respuesta, pero al menos manifiéstese con un leve movimiento de cortinas en la próxima reunión espiritista de Mrs. Fraudster.

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