de compras

estanteria_julio_2015_biblioluces

¿Cómo prefieren cargarse al cerdito? Normalmente yo lo envuelvo en una camiseta de algodón para amortiguar y después le atizo un golpe seco con un rodillo repostero. Si eres diestro y preciso, tras la operación podrás pegar los fragmentos y reutilizar el bicho de barro un año más. Pero lo más emocionante es el recuento: un vuelto de allí, un regalo de allá, un extra inesperado de acullá… Y al final te encuentras con el montante total del tesoro, laboriosamente recopilado durante meses. La primera parada es en la librería de viejo. Busco una edición de La zapatera prodigiosa, La muerte de Ivan Ilich o lo que salga de Scott Fitzgerald. Me topo por casualidad con El desertor de Lajos Zilahy y El tiempo amarillo de Fernán-Gómez. Para la bolsa. El librero, un tipo huraño que mira de reojo desde las alturas de su escalera de mano, me ofrece por una miseria El diario íntimo de Unamuno y de regalo un libro de un tal Boris Izaguirre: tomo el primero con beatífica expresión y con la mano libre señalo el camino que debe seguir el segundo, que al instante reposa dentro de un contenedor de papel reciclable con la complicidad de cliente y negociante. Siguiente parada: la pequeña y oscura librería del Antiguo, de pasillos luengos y angostos, que bien se dirían hundidos en la entraña de la tierra sino fuera por ese olor a incienso y unos ventiladores blancos que remueven el aire cargado de taninos. Allí localizo No logo, Nieve de Pamuk, La casa del mirador ciego, Los anillos de la memoria, una edición facsímil de El hombre que se parecía a Orestes de Cunqueiro, y un libro que me habían recomendado en la peluquería: Las batallas en el desierto. Humm. Qué más. Qué más. La palabra más hermosa, por ejemplo. Y Plegarias atendidas, de Capote. Y La fórmula preferida del profesor, un par de títulos de James Ellroy, una biografía de Copérnico, Las pequeñas virtudes, Poemas escocidos de Huero Caín, Canciones de amor a quemarropa (me agrada el título) y Nostalgia de Cartarescu. A punto de marchar, incorporo El epicureismo del maestro Lledó, Grandes ideas de la Ciencia de Asimov y una bonita edición de El valle del terror. Y ya puestos, Distintas formas de mirar el agua, Leyendas y romances de ciego, cuatro libros de autores japoneses que no recuerdo y una integral en tres volúmenes del profesor Elíade. Cuando vuelvo el calcetín sobre el mostrador la muchacha palidece. Contar la calderilla le va a llevar su tiempo. Se nota que es de la ESO. Aprovecho para echar un vistazo entre las liquidaciones y rescato Pequeños cuentos misóginos y No te bebas el agua… Woody Allen cotiza a la baja. Otra vez a contar. Al final faltan seis céntimos, pero la dependienta me los perdona con tal de verme desaparecer. La bolsa pesa una barbaridad y me imagino cuán cómodo sería portar todas estas páginas en un moderno libro electrónico. Ante mí, una tienda de artefactos electrónicos a mitad de precio y una heladería. Me pido uno de fresas con pasas que está de muerte.

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