la historia de la historia

Acostumbrados a certezas absolutas y verdades irrefutables, la Historia que aprendemos en la escuela se nos presenta como una sucesión de sólidos argumentos que liberan, ignoran, premian, reconocen o condenan con categórico entusiasmo, sin reparar en la conciencia generalmente poco curtida del joven estudiante. Los acontecimientos ─y los no menos temibles paréntesis─ que se presentan linealmente en los libros de texto liberan al lector de cualquier intención crítica y le eximen de buscar otras fuentes que ofrezcan perspectivas alternativas: generalmente, aquel que ha estudiado la evolución de la especie se da por satisfecho con el tópico de que nuestro abuelo Cromañón se impuso al Neardhental porque era más alto, más fuerte y más listo, una afirmación que puede no ser correcta o, al menos, posee tanto fundamento como otras tesis diametralmente opuestas. Pero no hace falta remontarse miles de años atrás para apreciar cuán sutil y refinada resulta la apreciación ética de los sucesos pretéritos, que en muchos casos contribuye a justificar nuestro precario presente. Y así, los conflictos siempre enfrentan a dos bandos, uno bueno y otro malo; la historia la protagonizan los poderosos: generales, caudillos y monarcas, generalmente varones, que se suceden unos a otros ante la atónita mirada del pueblo llano, convidado de piedra; el tiempo consolida las iniciativas justas y democráticas y castiga los malos gobiernos; los nuestros descubren y civilizan… el enemigo ocupa y practica el genocidio; lo que conscientemente es ignorado u olvidado es porque nunca ha sucedido; el fin justifica los medios si la razón está de tu parte… Estos son algunos de los pilares que sostienen nuestra interpretación del pasado y que, irremediablemente, lastran la percepción crítica de la actualidad. Para colmo de cuitas, el jaleo de las comunidades autónomas alienta el mercadeo con la Historia, y los textos escolares, injustificadamente caros, manifiestamente inútiles y clamorosamente mediocres, regalan cuantas gestas y batallas, honores y hazañas hagan falta para agradar a los gestores de turno, contribuyendo al guirigay general y al efectivo extravío del pasado. Como nos gusta proponer alternativas pedagógicamente dudosas y académicamente inaceptables, recomendamos leer historia, desde Plutarco (del que escribiremos en su momento) hasta Carlo Ginzburg (idem). Y hasta recomendamos un cómic, un pedazo de historia de España en diez tomos que se puede hojear, comentar y hasta discutir.

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