qué leer

Quieto como una esfinge de piedra, E. desmigaja el tiempo en el filo de una frágil guillotina, la del segundero que sube y baja hoy con la misma parsimonia con la que camina el astronauta por el Mare Tranquillitatis. Ante sí reposan, sobre pulcros estantes color cerezo, hileras de libros con el lomo vuelto hacia el observador. La duda asoma en la expresión de E., que reclina la cabeza en la palma de la mano, como si la decisión le pesara meninges adentro. La mirada se encuentra de nuevo con la esfera del reloj. No es nada fácil someterse a los dictados ajenos, y aunque el padre se muestra benigno y concede la posibilidad de elegir al gusto, el escrutinio forzado de las futuras lecturas estivales no es una tarea que le inunde de entusiasmo precisamente. “Debes proveerte de tres o cuatro libros para estas vacaciones… Tendrás tiempo para todo ¡Y no quiero escuchar la eterna cantinela de que te aburres!”. Recuerda así las palabras que resumen la terca perseverancia paterna. Los libros parecen disponerse respetando un orden; los espacios vacíos entre volúmenes señalan la fuga momentánea de algún tomo, reubicado provisionalmente en las mesillas de noche, dentro de una bandolera o en la guantera del automóvil de mamá. De la inacabable oferta no le suenan más de tres o cuatro títulos que ya pasaron por sus manos o que fueron objeto de teórica atención por parte del profesor de Lengua. En un momento de inspiración, cierra los ojos y deja que el dedo índice, arrojado al océano de la biblioteca, se enganche en la presa como si de un anzuelo se tratase. Repite la operación un par de veces más. La tía J., que en silencio y a la distancia le viene observando desde hace rato, le arrebata las capturas sin apenas darle tiempo a despegar los párpados. “¡Ah! ¡Curiosa elección! ¡No conocía yo tus inquietudes por la dinastía… merovingia!”. Sin aguardar respuesta, la tía distribuye los mamotretos en los huecos que va encontrando libres, y con el mismo desparpajo extrae ejemplares que le arrima al pecho con un gesto de cínico entusiasmo. “¡Empieza por los clásicos y después me cuentas!”. Aliviado, E. regresa a su habitación con el botín y se tumba en la cama de un salto a lo Fosbury. Cuando por fin repara en las palabras de su tía, apenas le queda tiempo de asomarse de un brinco a la ventana antes de que ésta desaparezca en el interior de su coche rojo. ¡Tía! Y… ¿qué es un clásico?”. Con la mano desmayada sobre el volante, ella lo mira un momento, diríase que hasta un poco conmovida. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, le responde.

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