obstat sexus

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A estas alturas, nadie niega que la Santa escritora fuera extraordinariamente inteligente. No en vano era descendiente de judíos —judíos conversos, eso sí— y en su casa nunca faltaron libros a los que la futura reformadora se aficionó desde pequeñita, ávida como estaba de ejemplos e historias que colmaran su incipiente interés por la aventura, aunque fuera a través del misticismo al que más tarde ella pondría brillantes letra y música. No vamos a entrar en los detalles de su vocación religiosa, ni en la supuesta epilepsia extática que llenaba de gozo sus arrebatos místicos, aunque animamos a los curiosos a que indaguen adónde fueron a parar las incontables reliquias, fruto del concienzudo descuartizamiento post mortem. Nosotros nos quedamos bien a gusto en la dimensión literaria por lo que tuvo de novedoso en la España del siglo XVI. Teresa escribe y escribe, y no solo para las hermanas del convento. La suya es una vocación literaria que sus confesores, algunos de ellos rematadamente idiotas, alientan a modo de terapia con la esperanza de atemperar así la infatigable efervescencia de aquella incordiante mujer. Pero ella busca también la aprobación de los que considera de superior talla intelectual, entre los que está San Juan de la Cruz. Sin embargo, fue entre los suyos donde halló mayor oposición de palabra y obra: censurada al detalle, siempre en el punto de mira de la Inquisición y juzgada con pravedad por una jerarquía que tenía en muy poco a la mujer, sus obras vieron la luz tras su muerte gracias al empeño de unos pocos. Todavía a principios del siglo XX, el Papa de Roma le negaba la dignidad de “Doctora de la Iglesia” aludiendo a su condición de mujer (obstat sexus, el sexo lo impide). Hoy en día, la lectura de Teresa de Cepeda puede rozar el esnobismo; de hecho, se cuentan con los dedos de su incorrupta mano aquellos que saben de alguna obra suya o han leído siquiera uno de sus poemillas. Pero resulta obligado conocerla y aun tenerla en buena estima por su innegable contribución al castellano así como por su indomable espíritu femenino, determinado y enérgico.

Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir.

Libro de la vida, 1565

Entonces veo venir, sin misterio de aparición, chocando el hábito duro contra los bojes recortados, una vieja monja que se pone a mi lado. Sigo caminando y ella va conmigo. Un poco gruesa, nada ascética, sonríe con risa de boca grande, de sanos dientes; la mejilla es llena y las facciones vigorosas.
-A ver si me dejas, me dice, que yo te haga ver la Castilla mía, para que la comprendas. Mira que es vino fuerte que necesita potencias firmes y que tú vienes de América y tus sentidos son gruesos para una tierra de aire sutil. Conozco a tus gentes y quedó sangre de los míos sembrada por el valle de Chile.
Me mira con sus ojos grandes, y la conozco por su naturalidad y por el tono con que escribía unas bravas cartas a Felipe II.
Sois “la andariega”, le digo; los españoles te llaman todavía “la fundadora” y los pedantes “la loca del amor a Cristo”.
-Sí, dice, fundaba; levanté por aquí conventos, ya ni sé cuantos. Te puedo guiar sin ir preguntando, hasta la frontera del Portugal. Ahora hacen mapas para andariegos. Yo medí mi Castilla caminando; llevo el mapa vivo bajo mis pies, hija. No me cansé de fundar. Tú, mujer de Chile, sin fundar, te has cansado.
-Es cierto, madre.
-¿Sabes por qué? Porque has querido fundar condescendiendo con los hombres, sujetando tu impulso, así se construye sin alegría y la obra, que sale muerta, ni la aprovecha ni Dios ni el Diablo. Yo, fundaba, hija, según el croquis divino que se me pintaba en el pecho. Y no buscaba gustar a nadie. No era para ésos mi fiesta y ¡qué habla de gustarles! ¡Te acuerdas que salí a los cuatro años, fugada con mi hermanito, en busca de herejes que nos descabezaran! Nos hicieron volver, y casi paró la hazaña en azotes; pero estaba la vida para el desquite. ¡Y en grande me desquité, tú lo sabes!

Grabiela Mistral (1889-1957)

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