el Roto

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Nuestra vida está construida sobre certezas heredadas, verdades inmutables que no están sujetas al rigor crítico que se nos supone como seres racionales. Estos axiomas son como los cimientos del pensamiento, algo así como el sustento de todo el edificio. La mayoría ocupamos una planta baja y con el tiempo abrimos un par de lumbreras que nos hacen habitable el chiribitil de los trastos viejos; otros edifican imponentes rascacielos que ocultan el sol y desafían las leyes de la gravedad. Desde la calle, los asombrados transeuntes miran a lo alto e imaginan cuán imponentes deben ser las vistas del que mora en la azotea. Pero en ciertas ocasiones la razón nos juega una mala pasada: para bien o para mal, el peso de lo que vemos, escuchamos o leemos comienza a socavar el terreno… y entonces el inmueble se agrieta o, sencillamente, se nos viene abajo. En casos como éstos se dice que hemos tomado conciencia. A los autores que llaman a este tipo de reflexión se les dice “moralistas”, a veces con un matiz peyorativo, y su influencia está férreamente controlada por los poderes fácticos, que les obligan a moverse en los estrechos márgenes de la hererodoxia, al amparo de la libertad de expresión que graciosamente se les concede siempre que no traspasen los límites de lo tolerado. El Roto, —heterónimo de Andrés Rábago (Madrid, 1947)— es, en ese sentido, una excepción: comparte diariamente sus reflexiones desde una periódico de amplia tirada nacional y es objeto de conferencias, tesis, exposiciones y homenajes, algunos tan singulares como el concedido por el gremio de ilustradores. Este trato de favor quizá se deba a que el contenido de sus viñetas es tan agitador que ningún lector se da por aludido. O tal vez porque la corriente de opinión está en discreta sintonía con la sátira mordaz de su discurso… Porque si no, ¿cómo se explica tal condescendencia con demoledores mensajes como éstos?: (Dos niños tomados de la mano junto a una pizarra) En la escuela nos están enseñando a leer, escribir y buscar en la basura; (Dos alumnos sentados en el pupitre escolar, uno frente al otro. El primero llama la atención sobre una chorrada que acaba de leer en el libro de texto; el segundo replica) Es mejor que crean que no entendemos lo que leemos a que sepan que no nos interesa; (Una anciana toma de los hombros a su nieto y le interroga) ¿No sientes orgullo de ser español? Abuela… a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio. Todas ellas ideas que si se acondicionasen para emitir por la televisión pública provocarían síncopes, denuncias y un aluvión de reproches. ¿Es el Roto la voz de los que están amordazados por las convenciones sociales y el lenguaje políticamente correcto? Bien sea por eso o por la simpatía que nos inspira, recomendamos los incontables libros recopilatorios del creador gráfico (El libro verde, Viñetas para una crisis, A cada uno lo suyo, El pabellón de azogue…) y hasta nos hemos propuesto ir más allá:  aproximarnos al autor con la curiosidad que mató al gato y formularle cuestiones como las antedichas y aun otras que de seguro se nos irán ocurriendo por el camino… (Continuará)

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