carta a los Reyes

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Queridos Reyes Magos:

Estos últimos meses me conducta ha sido intachable; también es verdad que la ocasión no se ha presentado. A veces ocurre. En consecuencia me he aburrido muchísimo, pero también es verdad que ahora puedo presentarles un expediente inmaculado que me otorga licencia para pedir cualquier estúpido regalo que se me ocurra. Lo he meditado mucho y resulta que no necesito un móvil ni ningún otro disparate electrónico. Lo siento. Me han renovado recientemente todo mi parque tecnológico: ahora poseo cuatro teléfonos, dos ordenadores portátiles, televisión en todas las habitaciones (incluida la despensa) y hasta un exprimidor de pomelos con mando a distancia. En mi casa hay suficiente flujo electromagnético como para desconchar las paredes. La razón que me mueve a requerir sus servicios es muy otra: tengo entendido que ustedes obsequian libros un poco al tuntún, como para sofocar la mala conciencia del consumo desmedido. Es una lástima que contando con presupuesto suficiente, se lo gasten todo en noveluchas comerciales y premiosplaneta. Las novedades están bien, pero lo reciente no es necesariamente lo mejor. Por eso me atrevo a solicitar a sus Graciosas Majestades que me permitan meter baza y que antes de preparar los lotes asignados a mi familia acepten algunas sugerencias. El tío Mariano es un cinéfilo. Seguro que le hace mucha ilusión recibir El quimérico inquilino de Roland Topor, una novela que Roman Polanski llevó a la pantalla grande. Para mi bellísima tía política María (de la que estoy secretamente enamorado) se me ocurren dos obras: la primera es La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, de Esther Meynell (que no de Ana Magdalena), una preciosa historia novelada sobre la segunda esposa del compositor y madre de trece de sus hijos. Y aun a riesgo de herir la sensibilidad de mi admirada dama, también incluiría El miedo, de Gabriel Chevalier, un retrato en vivo de lo que es la guerra despojada de generales, pendones, gestas y héroes. A mi prima Laura quiero regalarla con un tebeo sobre Picasso. Se titula Pablo, de Clément y Oubrerie, y está editado en cuatro volúmenes. A mí me encantó pese a que el pintor (que no su obra) no es santo de mi devoción. El abuelo Luis es de los que disfrutan con la ciencia-ficción. Me contó que una vez había leído una historia sobre unas lagartijas inteligentes que terminan convirtiéndose en esclavas. Creo que he identificado el libro al que se refiere: es de Karel Čapek, y se llama La guerra de las salamandras. A mí me parece que alude a los totalitarismos fascistas y comunistas del siglo XX. Por cierto que, por estas fechas, la gente adorna la tumba de Čapek con robots de juguete porque dicen que fue él quien acuñó la exitosa palabra. Lo de mis padres y mi hermana se me antoja un poco más difícil, pero allá voy. Marta está un poco consentida. Presume de esquivar todo tipo de reto intelectual y se vanagloria de su escasísimo bagaje lector. Yo creo que es una pose. Nadie puede estar orgulloso de ser idiota. Yo tengo para mí que le pueden las convenciones y las niñerías. Quizá sea ella quien más necesite de Vuestras Serenísimas Majestades para encauzar sus gustos. Creo que bien pudiera sustituirse el esmarfon por Sukkwan Island, de David Vann. Y  los leggins estampados de la muerte por Apreciar el arte, de Diana Newall. A papá, un lector muy ocasional y que, sin embargo, no para de hablar de las bondades de la lectura, le dejaría junto a su zapato dos o tres novelas de Pío Baroja: Las veladas del chalet gris, Locuras de carnaval y La feria de los discretos estarían bien. Lo de mamá es otra cosa: ella me acompaña, se tiende a mi lado y me lee los versos que necesito escuchar cuando el ruido del mundo se me hace insoportable. De su libro ya me encargo yo. En una librería de viejo descubrí una antología de Gerardo Diego de tapas negras y blandas, con el lomo agrietado por el uso. Como sé que Sus Majestades no trabajan el género de segunda mano, ese será mi regalo. ¿Y para mí? Bueno. No quiero abusar de su mayestática paciencia, pero les rogaría que no me agobiaran con esos títulos para adolescentes que parecen escritos por la misma persona (quizá sea así). Me conformo con los Cuentos completos de Aldecoa o de Truman Capote.

Espero que esta descarada incursión en sus quehaceres no les haya supuesto un quebranto; pero recuerden que aunque su condición de Magos a veces se imponga  a la cordura, no será más feliz quien más regalos reciba, sino quien menos necesite.

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