salamandras

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Las salamandras celebraron el triunfo electoral concentrándose en la Gran Plaza, alrededor de la fuente del Tritón, tradicional lugar de encuentro desde que dos años atrás se les concediera la ciudadanía. El crecimiento exponencial de la población de urodelos y el progresivo desencanto del género humano habían resultado determinantes en estas elecciones, las primeras de la nueva era. Una mayoría cualificada de salamandras tomó el control del parlamento nacional. Asistido por un ujier que le humedecía la piel, el nuevo presidente de la Cámara, totalmente desnudo, leyó en cuatro idiomas diferentes el solemne discurso de investidura. Juró su cargo y se comprometió a servir a todos los seres vivientes hasta su último aliento. Se escucharon pocos aplausos pero muy entusiastas. Procedían de la bancada de humanos pro-anfibios, porque es bien sabido que las salamandras no saben batir palmas. El Jefe de Estado encomendó la formación de gobierno a una Andrias scheuchzeri joven, de unos tres o cuatro años, a la que sus congéneres llamaban Biss. Su primer gabinete estaba compuesto por once ministros-salamandra y dos humanos, que ocupaban las carteras de Diversidad Biológica y Culturas Animales. Los períodos de sesiones se adaptaron al calendario de apareamiento. La primera norma de la nueva legislatura concedía la libertad a todos los reptiles y anfibios en cautividad, así como a los mamíferos que trabajaran en contra de su voluntad al servicio de los Homo sapiens. Pero la opinión pública otorgó mucha mayor notoriedad a la recién estrenada Ley Orgánica del Agua, redactada en términos de respeto al medio ambiente y que además asignaba una determinada cantidad del preciado elemento por ciudadano. Como la población de salamandras quintuplicaba a la de los humanos, los más avispados intuyeron enseguida un futuro de escasez para los hombres. Uno a uno, los representantes de la oposición más destacados dimitían o se adherían fervorosamente a la política del gobierno del cambio, para reaparecer al poco desempeñando algún puesto de responsabilidad en el Ministerio del H2O…

Los sucesos que están en el origen de esta delirante historia aparecen pormenorizadamente registrados en La guerra de las salamandras, una distópica e imperecedera ficción escrita en 1935 por Karel Čapek, paisano de Kafka e injustamente no tan reconocido como él. Recomendamos encarecidamente la lectura de este libro y advertimos que todo parecido con la realidad es… ¿pura coincidencia?

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