chesterton

Dicen que Borges era un apasionado de la literatura de Chesterton: “En cuanto a Stevenson, Kipling y Chesterton he leído sus narraciones tantas veces desde chico que ya casi las puedo recrear íntegras en la memoria”, declaraba el argentino allá por 1962. También Alfred Hitchcock confesó su admiración por este peculiar escritor del que, decía, había leído los relatos protagonizados por el ínclito Padre Brown. Nadie le niega a Chesterton el mérito de ser uno de los escritores más influyentes del pasado siglo XX. Los biógrafos del insigne personaje destacan la peripecia intelectual del agnóstico que se convierte al anglicanismo para transformarse después en un racionalista católico. Esa vertiente confesional, tan definitiva en su obra, ha llegado a las mismísimas puertas del Vaticano, donde ya se empieza a investigar la causa de su beatificación. Es necesario hacer escala en esta evolución ideológica porque es la que define su producción periodística, literaria y ensayística, lo que no impide que sus obras sean reconocidas por tirios y troyanos. El humor y la ironía con la que trabaja los argumentos han cautivado durante décadas a los lectores, ávidos de las sentencias y argucias de este sofista moderno que se definía a sí mismo como “el apóstol de las verdades a medias”.

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