exquisitas lecturas

¿Quién no es capaz de acordarse del espumoso capuchino que se tomó en la Plaza de San Marcos con el agua hasta los tobillos? ¿O del delicioso y carísimo trocito de Sachertorte servido con una pizca de nata en la confitería Demel, a un paso del Palacio Imperial (y ecologista) de Hofburg, en Viena? Los recuerdos se fijan mejor cuando van acompañados de sensaciones agradables, de balsámicos efluvios que la pituitaria torna luego en vívidos colores cuando el paladar se suma a la fiesta. Por eso se nos ha ocurrido combinar dos placeres, el de la lectura y el que se desprende de la golosa disposición de alumnos y profesores. Por un día, los usuarios de la biblioteca han tenido la oportunidad de saciar su apetito en todas las dimensiones posibles: literaria, social y biológica. Picoteando de aquí y de allá, las tortas y bizcochos desaparecieron hasta la guinda, los chocolates dejaron su oscura huella entre pulgares e índices de todo quisqui, y los panecillos que envolvían quesos y embutidos se esfumaron dejando tras de sí una descarriada legión de miguitas que hemos descubierto entre las páginas de libros y comics de lo más variado: Tristezas de Bay City, de Chandler; El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, Linda 67, de Fernando del Paso, El invierno del dibujante, de Paco Roca o La física de los Superhéroes, de James Kakalios. Un exceso de calorías justificado por el amor a los libros y el buen sabor de boca que deja un poco de literatura en buena compañía.

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