la literatura como escupitajo

Mi abuela seleccionaba las lentejas con paciencia. Volcaba el paquete sobre la mesa de formica y las extendía y removía con la yema del dedo, separando pardinas por un lado y por el otro las piedras traicioneras, que luego arrojaba a las cenizas del hogar. Con el tiempo la tarea se volvió monótona. Las marcas de supermercado eliminaron las impurezas y con ellas, la razón de tan reconcentrada inspección. Sin embargo, la abuela no se resignó a la evidencia y se mantuvo alerta hasta el final de sus días, en parte porque los nietos nos apiadábamos de ella y disimuladamente agregábamos piedritas al montón. A veces las guijas pasaban desapercibidas y al morderlas castigaban con creces la vileza del engaño. Tengo la sensación de que el escrutinio de la abuela cobraría ahora todo su sentido junto a los repletos anaqueles de las librerías, donde la vaciedad se oculta entre las tapas de ciertos volúmenes, algunos absurdamente gruesos. Camuflados de literatura más o menos honesta, estos proyectos de autoría incierta están firmados y avalados por youtubers, influencers, unboxing man (and unboxing woman) y demás fauna virtual…  Me dicen que son obras con tirón, sobre todo entre el público juvenil. Los tales se han servido de internet para proyectarse y granjearse el interés de una parroquia incondicional, que admira la mismidad de los autores y su característico estilo desenfadado y superficial. Se trata de muchachos y muchachas a medio cocinar o faltos de un punto de sal que han hecho realidad esa máxima tan falaz como perversa: Para alcanzar cualquier meta basta con proponérselo. Entre ellos abundan los probadores de juegos, monologuistas, creadores de exabruptos, voceadores y hasta críticos literarios. La masa les aclama. Dan charlas. Sientan cátedra. Son populares. Y así crean redes consistentes de seguidores y suscriptores que se alimentan a sí mismas. Sus prodigios se adornan de exageración pueril (¡Con dieciocho años ya ha publicado diez libros!) que se amplifica en la red.  El mensaje es supersimple, vertical, muy al estilo del Frente de Juventudes: los pijos pasan por feministas, animalistas, ecologistas, pacifistas, extremistas, sindicalistas, nacionalistas o acordeonistas. La vida es para los que se arriesgan! Vuelve la youtuber más atrevida… Cuando las editoriales recogen el fruto maduro, poco importa que el producto sea una basura. A cambio de una migajas de protagonismo, los ídolos promocionan a otros y éstos a los siguientes. Cómo me gustó tu libro, tía. Me sentí superbien. Está superinteresante. Cualquier cosa encuadernada e impresa en papel ecológico libre de cloro pasa por cultura contemporánea. No hay belleza. No hay innovación. No hay historia. No hay documentación, No hay sentimiento. No hay conocimiento. No hay nada de nada. Humo. Puro humo. Y un mensaje que lo envuelve todo: “No pienses. Lee“.  La abuela conservó una dentadura espléndida hasta el final de sus días y con su celo le ahorró a la familia alguna que otra muela mellada. Las piedras no son malas, nos decía, porque entran por un extremo y salen por el otro. El daño se lo hacen a sí mismos los incautos que muerden confiados. Gracias abuela.

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que por hablar no quede

Durante este curso un nutrido grupo de alumnos se ha sumado a Liga de Debate escolar en sus diferentes fases. La palabra hablada ha recobrado el protagonismo que se merece de manos de un pequeño pero animoso grupo de profesores que han apostado por el noble juego de la persuasión. Durante esta pequeña aventura, hemos descubierto el poder de la elocuencia iniciándonos en las técnicas más elementales para expresarnos en público de forma fluida y elegante, sometiendo las palabras al escrutinio de la razón, moderando el desenfreno y la verborrea y desvelando los mil y un subterfugios que los charlatanes utilizan para mover voluntades, enredar, y confundir tensando la semántica y reinventando la gramática. Nuestros alumnos han aprendido que la fuerza de la palabra radica en su capacidad para generar consenso, mover al diálogo constructivo y establecer la confianza mutua. Una fuerza que a muchos se les escapa… por la boca.

Escrivivir

Ahora que le conocemos podemos decir que Gonzalo transmite serenidad. Ojillos hundidos, melancólicos, que se abren al balcón de una barba blanca blanca como la nieve. Quizá sea por eso por lo que su discurso es fresco. Nos atrapa como el abrazo de un nuevo amigo. Moure modela el aire con las manos. Nos invita a crear, a contar las historias, a reconocernos en lo que escribimos como aquel que se mira en el agua clara de un manantial. Las palabras nos han hecho humanos. Los libros nos proyectan hacia el futuro. El escritor de profesión es una especie de científico que experimenta con los sentimientos, incorporando a su obra la esencia misma del los tiempos que le toca vivir. Moure nos desvela a Shakespeare como el inventor del amor romántico, autor de los versos encendidos que recrean la pasión de Romeo y Julieta, paradigma de los amantes enfrentados a los designios de un destino incierto. Nuestro escritor es de los que escribe para vivir. O vive para escribir. Para escrivivir, como él dice. Por eso sus finales son abiertos. Cuando desarrolla a sus personajes les otorga el bien más preciado, el de la libertad, para moverse a sus anchas dentro del argumento. Como un lector más, el autor desconoce lo que ocurrirá al pasar de página. ¿No es este un paralelismo con la vida misma? Quizá sea ese el gran atributo de sus historias, aunque no el único. Gonzalo Moure se ha visto arrastrado por la literatura y por cierto compromiso estético y personal a vivir de la misma forma en la que escribe: viajero curioso y sensible, promotor de iniciativas humanitarias y solidarias como el proyecto Bubisher, Moure ensaya con las emociones, con los sentimientos que invitan a conectar culturas y rebasar fronteras. Los libros de Gonzalo describen la dimensión poética de la vida, tan importante como la otra, la material, que suele ser el origen de casi todos los desvelos occidentales. No lejos de aquí, los saharauis se desean cada día una feliz mañana de garbanzos y jazmines (¡Sabah el ful u iasimín!). En el desierto inclemente, la dicha del hombre pasa por calmar la sed y el hambre, pero también por gozar de la vida misma y de la belleza sublime de una pequeña flor que se resiste a sucumbir bajo el sol abrasador. Una metáfora de lo que para todos nosotros supone  la lectura y la escritura: bálsamo y medicina contra la ignorancia, el egoísmo y la crueldad. Nosotros, que escuchamos a Gonzalo Moure con mucha atención, animamos a leerle y a sentirle a través de las múltiples historias que nos ofrecen sus libros, donde se cruzan la felicidad con la desdicha dentro de argumentos sencillos que ni el propio autor es capaz de controlar. Como la vida misma.

elemental, querido Mendeleiev

Desentrañar algunos de los misterios que encierra la estructura interna de la materia ha sido una de las mayores conquistas de la humanidad. Desde aquella primera intuición atómica de que el confín del universo está en nosotros mismos, la curiosidad científica ha traspasado las sucesivas capas de energía hasta llegar al insondable núcleo del conocimiento. Y ahora que podemos, ahora que las fórmulas mágicas que tanto se les resistieron a los viejos alquimistas se nos revelan en todo su esplendor, ignorar los conceptos básicos de la química es una verdadera renuncia a esta herencia tan importante. Desde nuestra lejana gestación en el vientre de las estrellas hasta el día de hoy solo han pasado unos pocos miles de millones de años. Y ni siquiera el mayor de los cataclismos universales hace temer por la materia misma, que liberada de todos los aditamentos subatómicos volverá a constituirse en poderoso combustible estelar. ¿La receta?: un protón y un electrón. Y arreando. El lector inquieto, aquel que haya conseguido sobreponerse a una insustancial sobredosis escolar de conocimiento precocinado, tiene a su disposición libros excelentes para iniciarse en los arcanos de la materia, empezando por el repaso biográfico de la pasión radioactiva de Doña Maria Skłodowska Curie, la primera dama de la química (y de la física, y de todo lo demás…), y siguiendo por la obra ingente del huraño Dmitri Ivánovich Mendeléiev, el padre de la Tabla Periódicaun mapa de engañosa simplicidad capaz de autoedificarse en función de la asombrosa constancia de las propiedades esenciales de los elementos. Para encontrar la respuesta al orden universal que surge de la caprichosa adición protónica, el libro de Oliver Sacks El tío Tungsteno nos ofrece las memorias de un químico precoz, titular de una curiosidad desmedida que le llevará por el camino de la experimentación científica y humana en la difícil posguerra europea. Y ahora mira a tu alrededor. Evalúa la disposición de las cosas, el olor de la estancia, la temperatura del ambiente… La materia ni se crea ni se destruye; solo se transforma. Utiliza bien el puñado de átomos de carbono que te han tocado en suerte porque con el paso de los años, esos mismos átomos formaran parte de un bonito florero que adornará el vacío estante de libros que tú nunca leíste.

la ley de los árboles

¿Saben cuál es el colmo de un amante de la naturaleza? Pues leer un libro de Ignacio Abella a la sombra de un tejo centenario. Nosotros tenemos la suerte de contar con tejos, naturaleza, libros… e incluso con el propio autor. Ignacio es un colaborador habitual y vecino generoso donde los haya. De vez en cuando nos visita para regalarnos la palabra con la que alimenta una copiosa producción editorial sobre naturaleza. No somos pocos los que leyéndole hemos redescubierto los árboles en toda su dimensión biológica, etnográfica, antropológica… e incluso mágica. Posiblemente estas plantas que tan familiares nos resultan sean los seres vivos que más han contribuido no solo a la transformación del planeta sino a la propia evolución de la humanidad. En pago a tales servicios, el hombre moderno se afana en cercar, secar, cercenar, triturar, quemar, decapitar, asfixiar, explotar y, lo que resulta aún más grave, ignorar a estos compañeros leñosos, verdaderos supervivientes a través de los siglos. Sin embargo, ni los colosos más asentados en la tierra que abrazan han podido resistir la furia del acoso, más destructivo que la descarga simultánea de un millar de rayos. Estos compañeros de viaje han sido testigos del arraigo y el progreso de las comunidades, y como tales a su sombra se han cobijado los concejos que ejercían el arbitrio de la ley nacida de la costumbre y el respeto por el entorno, surgidos a su vez del profundo arraigo territorial. En Árboles de Junta y Concejo. Las raíces de la comunidad (Libros Del Jata, 2015), la figura totémica del árbol perenne y frondoso se dibuja con la iglesia del pueblo al fondo, solemne, erguido sobre vidas y haciendas, prestando su callada presencia en pactos y acuerdos, leyes y tratos que quedan indeleblemente sellados al porte regio de su estampa. La progresiva pérdida de las señales identitarias y el desarraigo dieron por tierra con cientos, si no miles, de ejemplares vegetales que rivalizaban en porte y prestancia, abandonados a su suerte cuando ya la suerte de los paisanos, de sus paisanos, les fue ajena. La obra de Abella es rigurosa y está bien documentada: abunda en testimonios y fotografías que abarcan toda la España peninsular, la Europa aledaña y casi testimonialmente otras regiones de mundo.

“Hoy podemos construir inmensos edificios, catedrales o rascacielos, pero hemos olvidado o perdido la capacidad de criar un árbol «entero». La majestuosidad de los viejos árboles que se expandían con incomparable vigor y belleza, ocupando quizá por un milenio el corazón mismo de nuestros pueblos, ha degenerado en la imagen patética de árboles amputados o avejentados antes de tiempo, y sus sucesores apenas duran, con muchos cuidados, una décima parte de sus antecesores”.

Posiblemente el destino de los árboles que aun resisten, al igual que el de sus sucesores, esté sellado. No se puede recuperar algo que no vive y palpita por fuera de los incontables centros de interpretación de la naturaleza. Las peregrinaciones casi rituales a los emplazamientos donde se erguían los ejemplares más longevos (En la foto “El Abuelo” en enero de 1979, nogal cuasi-milenario de La Hoz de Abiada, provincia de Santander), han dado paso a romerías masivas, sin orden, sin rumbo, que contribuyen a darle la puntilla al patrimonio vegetal bajo toneladas de populismo y buena fe. Ignacio Abella es consciente de que no es posible dar marcha atrás en la historia, pero propone que la misma sensibilidad que nos llevó a vivir en armonía con el paisaje y los recursos que atesora sea la que dirija en lo sucesivo las actuaciones tendentes a mejorar el entorno de la comunidad. Y nosotros desde aquí nos sumamos al propósito.  Árboles de Junta y Concejo, está prologado por Mª José Parejo, directora del programa El bosque habitado, de Radio Nacional (R3). Traemos a esta página un emocionante episodio que trata del regreso gozoso del tejo nuevo, junto a la iglesia de Santa María de Lebeña (La Liébana, Cantabria), merced al fiel madrinazgo de unas paisanas que siempre creyeron en su árbol, fuente de todas las certezas que las vinculaban a la tierruca. A su tierruca.