caravaggio vs. velázquez

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Volvemos a los tebeos. En nuestra modesta colección figuran algunos títulos que expresan a las mil maravillas el vínculo entre la pintura y el noveno arte, bien sea por una indisimulada admiración, bien por la infinita inspiración que ofrecen creadores universales como Picasso, Dalí, Chagall, Goya, Michelangelo… Hoy nos ocupamos de dos obras excepcionales que todo buen aficionado ha de leer y disfrutar: Caravaggio. El pincel y la espada, y Las Meninas. El primero de ellos es obra del gran Milo Manara: se trata de un retrato biográfico de Michelangelo Merisi ambientado en la Roma de finales del siglo XVI. El Caravaggio más camorrista y pendenciero entrena sus pinceles en talleres de baja estofa, confundido entre malandrines, canallas, pordioseros y señoras estupendas de vida disipada. En el cómic, la amistad con una de estas mujeres fatales propiciará el duelo en el que el gran pintor siega la vida de su oponente, aunque el verdadero origen del sangriento lance que le obligaría a huir de la ciudad parece haber sido un inocente juego de pelota. Los escenarios grandilocuentes de Manara nos trasladan mágicamente a este universo turbio, a la vez que despiertan la curiosidad de todo buen aficionado al arte. Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares es otra cosa. Reflexivo, inteligente y novedosamente estructurado, recorre la vida del Diego Velázquez, aposentador de Palacio, buscando la esencia última del arte más sublime, finalmente materializado en la obra cumbre de la pintura española: Las Meninas. El dibujo tosco y crudo, los trazos gruesos y muy calculados regalan la vista y complacen al lector hasta el punto de obligarle a exprimir todo el jugo de la ilustración antes de pasar página. Un retrato de mérito sustentado en un guión por escenas que revela una sólida documentación.

las ondas cerebrales de una mujer enamorada

“Cosmos”

Si estás cansado de volver la vista atrás; si mirando hacia abajo te encuentras con la puntera gastada de tus zapatos; si  te cuesta mantener las pupilas sobre el horizonte… detente durante un momento y eleva la mirada. Aunque te parezca mentira, el cielo es tan solo una ventanita por la que nos asomamos al universo, ese vacío inmenso que parece contener todo lo que, por exclusión, no le pertenece a ningún dios. El cielo de agosto es bello desde cualquier latitud. Fíjate, fíjate. Ahora con la amanecida Venus todavía está ahí colgado, orientando como un faro las maniobras del sol naciente, aunque poco a poco su luz se irá diluyendo en las doradas hebras que teje el alba… Me voy a poner el concierto Emperador, que le va a este momento que ni pintado, y regreso. Ya estoy aquí. Cualquiera puede quedarse embelesado bajo una lluvia de Perseidas; pero serán los más curiosos, esos a los que llaman viajeros de la noche, los que quedarán cautivados por el lenguaje oculto de las estrellas. Cuando Carl Sagan escribió Cosmos, triunfaba La Guerra de las Galaxias y el espacio era una de las canchas, junto a la de baloncesto, donde los dos bloques dirimían sus diferencias. Los abultados presupuestos y la propaganda inmisericorde agitaban la opinión pública, que se ponía de uno o de otro lado a golpe de consignas e intereses. Tanto en la serie de televisión como en el libro hay un ánimo por abochornar a los autoproclamados conquistadores del universo conciliando la ciencia, la razón, el saber y la belleza, algo que lleva al autor a expresarse así: “Desde una perspectiva extraterrestre está claro que nuestra civilización global está a punto de fracasar en la tarea más importante con la que se enfrenta: la preservación de las vidas y del bienestar de los ciudadanos del planeta”. Quizá este sea el motivo por el que en cuestión de unos pocos capítulos algunos volvimos la vista al infinito, preguntándonos si la negrura del espacio podría ocultar la verdad absoluta que se nos negaba aquí, a ras de suelo. También aprendimos a ser ciudadanos del mundo y a mostrarnos orgullosos de nuestro hermoso planeta azul, descrito al detalle por el selecto grupo de privilegiados que habían conseguido escapar de su férreo abrazo. Puestos a soñar, el propio Carl Sagan dirigió al equipo encargado de recopilar en un disco de oro una selección de imágenes y sonidos de nuestro mundo que contenía, entre otras cosas, las ondas cerebrales de una mujer perdidamente enamorada del propio Sagan. La grabación fue instalada a modo de tarjeta de visita interestelar en la sonda espacial Voyager, con destino a las estrellas. Por todo esto y por mucho más, recomendamos la revisión de la serie de TV y la lectura del libro durante el día, dejando para la madrugada el disfrute sencillo e intenso del cielo de agosto.

en el corazón de las tinieblas

“En el corazón de las tinieblas”

Conrad nació en una ciudad polaca cuando Polonia formaba parte del Imperio Ruso. Actualmente Berdichev es una población ucraniana. Sin embargo, nuestro autor no alcanzó notoriedad escribiendo en polaco, ni en ruso, ni en ucraniano, ni tan siquiera en francés, idioma que dominaba a la perfección, sino en inglés, un inglés que aprendió a los veinte años, al parecer con excelente aprovechamiento, leyendo las obras de Shakespeare. Pero no se dejen llevar por las apariencias: Joseph Conrad fue un viajero incansable y un buscavidas precoz: a los diecisiete años se puso el mundo por montera y se enroló como marino en el puerto de Marsella. Sus obras son deudoras de las innumerables experiencias vitales que jalonan su marinera biografía. Todos estos ingredientes dan como resultado una obra peculiar, densa y diversa, difícil de catalogar, pero enormemente influyente en la literatura posterior. El excéntrico Conrad, de quien se dice que “hacia el final de su vida se escondía en los más remotos rincones del jardín de su casa, en Kent, para garabatear papelajos, y hay constancia de que durante una semana se anexionó el cuarto de baño sin dar explicaciones a su familia, que vio muy restringido el uso de esa pieza durante aquellos días” (Javier Marías. Vidas Escritas, 1992), no puede decirse que contara con el aprecio de los lectores de su tiempo, aunque la crítica siempre alabó su escritura. Parece ser que, como resultado de ciertos lances amorosos, estuvo implicado en el contrabando de armas a favor de los carlistas, aunque su vínculo con España se limita a una posible y fugaz estancia en Irún y a una recalada en la costa asturiana. Según algunos, éste es el origen de uno de sus relatos, La posada de las dos brujas, la experiencia de unos ingleses que amarran su corbeta en la ensenada de una aldea costera, pobre y atrasada, habitada por gentes que Conrad compara con los indígenas que recibieron al capitán Cook a la sombra del Kilauea. Rescatamos un fragmento para solaz de lectores curiosos:

El oficial y el marinero caminaban ahora sobre un húmedo lecho de hojas muertas, que los campesinos amontonaban en las calles de su aldea para que se pudrieran durante el invierno y utilizarlas como abono en el campo. Al volver la cabeza el señor Byrne se dio cuenta que toda la población masculina de la aldea les seguía sin ruido sobre la esponjosa alfombra. Las mujeres miraban desde las puertas de las casas y los niños parecían haberse escondido todos. Los aldeanos conocían el barco porque lo habían visto desde lejos, pero ningún extranjero había desembarcado en ese lugar tal vez en cien años, o más. El tricornio del señor Byrne y la espesa barba y la enorme trenza del marinero les llenaban de estupor. Apretaban el paso tras los dos ingleses, mirando de hito en hito como esos indígenas que el capitán Cook descubrió en los mares del Sur.

españoles de antaño y de hogaño

“Los españoles pintados por si mismos”

Hoy rescatamos del baúl de Maricastaña un curioso libro publicado en 1843 que nos llama poderosamente la atención: Los españoles pintados por sí mismos. Se trata de un volumen recopilatorio en el que varios autores diseccionan la fauna patria de mediados del XIX. Por aquel tiempo, mientras Europa se preparaba para una revolución industrial que transformaría el paisaje y elevaría las primeras columnas de humo negro en el horizonte, una España quieta y dividida (en eso hemos cambiado poco) vivía una época turbulenta, de pronunciamientos militares y guerras intestinas. Nada que hiciera presagiar un futuro venturoso. Pero el verdadero espíritu de lo ibérico se rebullía en calles, palacios, ruedos, tascas, ministerios, cuarteles o sacristías; los autores, convencidos de su propia modernidad, retratan la España profunda de alcahuetas, trepas, borrachos, chulos, castañeras, pijos, desahogados, clérigos, charranes, choriceros, criadas y cesantes. Una tropa decadente, improductiva y perniciosa, alanceada con adjetivos pedantes que solo alcanzaron a despertar la sonrisa de lectores cultos e intelectuales costumbristas entre una población mayoritariamente analfabeta. Un universo que comprenderemos mejor si aceptamos ser los herederos morales de aquellos, nuestros rebisabuelos, fácilmente reconocibles a poco que leamos cualquier página al azar. Un reto divertido. ¿O es que acaso este fragmento de Gil de Zárate no podría haber sido escrito ayer mismo?:

El zapatero hace ahora zapatos como antaño, y como antaño los cobra, escepto de los tramposos que son de las épocas. El propietario percibe los alquileres de sus fincas, aunque ande á pleito con inquilinos reninentes, plaga muy anterior á las reformas modernas. El cura, si ha perdido el diezmo, tiene esperanza en la caridad de los fieles, mientras el empleado ni aguarda caridad ni conoce fieles en el mundo (…) porque el empleado es ahora flor de efímera existencia, que nace por la mañana y por la tarde ya ha desaparecido.

 

100 novelas famosas

libro “las 100 más famosas novelas

En tiempos de caos y desconcierto, donde las brújulas se vuelven locas buscando un norte que acaso alguien ya ha declarado ilegal, en tiempos, digo, donde se habla y escribe de oídas y las preferencias se expresan en referéndum por mayoría de la mitad más uno, las listas vienen a cubrir el hueco que dejaron padres, parientes, amigos, maestros, profesores… aquellos que nos invitaban a transitar por vericuetos de cine, literatura, música, ciencia o pensamiento… siguiendo itinerarios descubiertos por ellos o antaño revelados por otros. En tiempos de precipitación, donde se impone la utilización del navegadores gepeese para alcanzar el cuarto de baño, las relaciones de “los más” son una interesante opción para degustar cómoda y rápidamente las obras capitales de la cultura universal, evitándonos el embarazoso escrutinio propio que nos obligaría a dilapidar tiempo y dinero. Las mil películas que hay que ver antes de morir, los cien mejores libros de la literatura universal, las quinientas pinturas y esculturas que hay que contemplar deprisa y corriendo antes de que las roben o las enajenen, los cien mejores discos de la historia, los diez museos que hay que recorrer antes de que retiren todas las obras para preservarlas del deterioro… Haciendo el cálculo, dedicando al empeño doce horitas al día, solapando la música con la lectura y posponiendo las proyecciones para la tarde-noche, nos podemos merendar lo más granado de la cultura occidental en cinco meses, seis si nos demoramos en digerir un poco lo que vamos viendo-leyendo-oyendo; tres si viajamos, vemos cine, escuchamos música y leemos a la vez. Cuando internet no era siquiera ni un sueño posible, se publicaban compilaciones y enciclopedias como la que hoy traemos a la bitácora: Las 100 más famosas novelas. Estas modestas recopilaciones tenían la intención de iniciar a su modo a los nuevos y cándidos lectores del Sissi y el Can-Can, ofreciendo un espectro de alternativas en una época donde en las escuelas no existían bibliotecas, y las públicas eran escasas, tétricas y oscuras. Este libro rescatado de nuestros fondos históricos es obra de un crítico literario de la época (mediados del siglo pasado) especialista en gastronomía. En las sinopsis, el autor atiende prioridades pedagógicas tendenciosas y moralizantes, no exentas de cierta bobería infantil (se recomienda la lectura del resumen de Ana Karenina: el enorme piélago literario de Tolstoi reducido a un vasito de agua carbonatada). Aún así, hay que alabar la atinada selección, donde encuentran sitio tanto Shakespeare (?) como Dante, Scott, Victor Hugo o Verne. Un libro de otro tiempo, desgastado y ñoño que, posiblemente sin pretenderlo, alentó entre sus lectores las ganas de experimentar por sí mismos la emoción de saberse dueños de sus propias lecturas.