elemental, querido Mendeleiev

Desentrañar algunos de los misterios que encierra la estructura interna de la materia ha sido una de las mayores conquistas de la humanidad. Desde aquella primera intuición atómica de que el confín del universo está en nosotros mismos, la curiosidad científica ha traspasado las sucesivas capas de energía hasta llegar al insondable núcleo del conocimiento. Y ahora que podemos, ahora que las fórmulas mágicas que tanto se les resistieron a los viejos alquimistas se nos revelan en todo su esplendor, ignorar los conceptos básicos de la química es una verdadera renuncia a esta herencia tan importante. Desde nuestra lejana gestación en el vientre de las estrellas hasta el día de hoy solo han pasado unos pocos miles de millones de años. Y ni siquiera el mayor de los cataclismos universales hace temer por la materia misma, que liberada de todos los aditamentos subatómicos volverá a constituirse en poderoso combustible estelar. ¿La receta?: un protón y un electrón. Y arreando. El lector inquieto, aquel que haya conseguido sobreponerse a una insustancial sobredosis escolar de conocimiento precocinado, tiene a su disposición libros excelentes para iniciarse en los arcanos de la materia, empezando por el repaso biográfico de la pasión radioactiva de Doña Maria Skłodowska Curie, la primera dama de la química (y de la física, y de todo lo demás…), y siguiendo por la obra ingente del huraño Dmitri Ivánovich Mendeléiev, el padre de la Tabla Periódicaun mapa de engañosa simplicidad capaz de autoedificarse en función de la asombrosa constancia de las propiedades esenciales de los elementos. Para encontrar la respuesta al orden universal que surge de la caprichosa adición protónica, el libro de Oliver Sacks El tío Tungsteno nos ofrece las memorias de un químico precoz, titular de una curiosidad desmedida que le llevará por el camino de la experimentación científica y humana en la difícil posguerra europea. Y ahora mira a tu alrededor. Evalúa la disposición de las cosas, el olor de la estancia, la temperatura del ambiente… La materia ni se crea ni se destruye; solo se transforma. Utiliza bien el puñado de átomos de carbono que te han tocado en suerte porque con el paso de los años, esos mismos átomos formaran parte de un bonito florero que adornará el vacío estante de libros que tú nunca leíste.

la ley de los árboles

¿Saben cuál es el colmo de un amante de la naturaleza? Pues leer un libro de Ignacio Abella a la sombra de un tejo centenario. Nosotros tenemos la suerte de contar con tejos, naturaleza, libros… e incluso con el propio autor. Ignacio es un colaborador habitual y vecino generoso donde los haya. De vez en cuando nos visita para regalarnos la palabra con la que alimenta una copiosa producción editorial sobre naturaleza. No somos pocos los que leyéndole hemos redescubierto los árboles en toda su dimensión biológica, etnográfica, antropológica… e incluso mágica. Posiblemente estas plantas que tan familiares nos resultan sean los seres vivos que más han contribuido no solo a la transformación del planeta sino a la propia evolución de la humanidad. En pago a tales servicios, el hombre moderno se afana en cercar, secar, cercenar, triturar, quemar, decapitar, asfixiar, explotar y, lo que resulta aún más grave, ignorar a estos compañeros leñosos, verdaderos supervivientes a través de los siglos. Sin embargo, ni los colosos más asentados en la tierra que abrazan han podido resistir la furia del acoso, más destructivo que la descarga simultánea de un millar de rayos. Estos compañeros de viaje han sido testigos del arraigo y el progreso de las comunidades, y como tales a su sombra se han cobijado los concejos que ejercían el arbitrio de la ley nacida de la costumbre y el respeto por el entorno, surgidos a su vez del profundo arraigo territorial. En Árboles de Junta y Concejo. Las raíces de la comunidad (Libros Del Jata, 2015), la figura totémica del árbol perenne y frondoso se dibuja con la iglesia del pueblo al fondo, solemne, erguido sobre vidas y haciendas, prestando su callada presencia en pactos y acuerdos, leyes y tratos que quedan indeleblemente sellados al porte regio de su estampa. La progresiva pérdida de las señales identitarias y el desarraigo dieron por tierra con cientos, si no miles, de ejemplares vegetales que rivalizaban en porte y prestancia, abandonados a su suerte cuando ya la suerte de los paisanos, de sus paisanos, les fue ajena. La obra de Abella es rigurosa y está bien documentada: abunda en testimonios y fotografías que abarcan toda la España peninsular, la Europa aledaña y casi testimonialmente otras regiones de mundo.

“Hoy podemos construir inmensos edificios, catedrales o rascacielos, pero hemos olvidado o perdido la capacidad de criar un árbol «entero». La majestuosidad de los viejos árboles que se expandían con incomparable vigor y belleza, ocupando quizá por un milenio el corazón mismo de nuestros pueblos, ha degenerado en la imagen patética de árboles amputados o avejentados antes de tiempo, y sus sucesores apenas duran, con muchos cuidados, una décima parte de sus antecesores”.

Posiblemente el destino de los árboles que aun resisten, al igual que el de sus sucesores, esté sellado. No se puede recuperar algo que no vive y palpita por fuera de los incontables centros de interpretación de la naturaleza. Las peregrinaciones casi rituales a los emplazamientos donde se erguían los ejemplares más longevos (En la foto “El Abuelo” en enero de 1979, nogal cuasi-milenario de La Hoz de Abiada, provincia de Santander), han dado paso a romerías masivas, sin orden, sin rumbo, que contribuyen a darle la puntilla al patrimonio vegetal bajo toneladas de populismo y buena fe. Ignacio Abella es consciente de que no es posible dar marcha atrás en la historia, pero propone que la misma sensibilidad que nos llevó a vivir en armonía con el paisaje y los recursos que atesora sea la que dirija en lo sucesivo las actuaciones tendentes a mejorar el entorno de la comunidad. Y nosotros desde aquí nos sumamos al propósito.  Árboles de Junta y Concejo, está prologado por Mª José Parejo, directora del programa El bosque habitado, de Radio Nacional (R3). Traemos a esta página un emocionante episodio que trata del regreso gozoso del tejo nuevo, junto a la iglesia de Santa María de Lebeña (La Liébana, Cantabria), merced al fiel madrinazgo de unas paisanas que siempre creyeron en su árbol, fuente de todas las certezas que las vinculaban a la tierruca. A su tierruca.

nietzsche es mi fetiche

Cuando por casualidad nos topamos con esta canción de Las Estrogenuinas punteando las guitarras con esas caritas de escolares aplicadas, nos llamó la atención que se tomaran un respiro para leer a Federico Nietzsche. De la rima que da título al tema se puede decir bien poco, salvo que está en la línea de su otra pieza de inspiración literaria: Orgía en casa de los Buendía. Podemos colegir, sin embargo, que el autor de la letra se hizo un par de largos, estilo libre, por los escritos del filósofo sin encontrar empero las palabras que conciliaran el discurso nietzschiano con una métrica razonable. Nos quedamos pues con esa invitación a leer al filósofo del prominente mostacho y mirada estrábica, estampa del Federico recluido de sus últimos años. ¿Resulta demasiado atrevido proponer la lectura de este peculiar personaje? Por encima de su reputada condición de pensador pirado, sobresale la originalidad de la obra y el talento como escritor, una cualidad que desgraciadamente no poseen otros autores de pareja talla intelectual pero literariamente infumables. El estilo aforístico y directo de parte de su obra es consecuencia de su incapacidad para aplicarse a la tarea de escribir: a los pocos minutos de ponerse a ello le sobrecogían dolores espantosos. Contaba, pues, con escaso margen para plasmar las ideas. A pesar de ello, le dio un buen meneo a la ortodoxia intelectual de su época, cargándose los fundamentos de la moral cristiana imperante y proponiendo una suerte de nihilismo un tanto contradictorio que fue interpretado a su antojo por ciertos herederos reales e intelectuales, desdibujándolo hasta convertirlo en un garabato panfletario. No le haríamos justicia a este hombre demasiado humano si tan solo nos quedáramos con esa imagen de chalado que ilustra la mayoría de los manuales. El pequeño Fritz, como le llamaba su hermana, fue un señor muy lúcido, aunque dependiente, inestable, débil y enfermizo, bastante prolífico aunque su producción cesara abruptamente a los cuarenta y cuatro años de edad a causa de una demencia que nada tuvo que ver con su trabajado discurso filosófico. La recomendación que aquí toma forma se extiende a libros accesibles sobre su vida y su obra como El superhombre y la voluntad de poder de Toni Llácer, o la biografía de Miguel Morey, relato de un itinerario vital nada desdeñable si se tiene en cuenta que la trayectoria de Nietzsche se cruzó con la de otros personajes dudosos y apasionantes como Richard Wagner o la rompedora Lou Andreas Salomé, que bien merece otro artículo aparte. En su época Nietzsche fue prácticamente desconocido hasta el punto de que él mismo sufragaba las ridículas tiradas de sus libros. Pero con el paso del tiempo, sus propuestas lo convirtieron en un autor sumamente estimulante. En la actualidad ha sido recuperado y vindicado, en un esfuerzo casi imposible por convertirle en un filósofo políticamente correcto, lo que para nosotros justifica más que de sobra su lectura.