please hold…

El objetivo de las campañas publicitarias es el de instalar el mensaje allí donde las palabras y los razonamientos, por muy mesurados y cabales que sean, no encuentran acomodo. Una buena historia tiene más posibilidades de abrir los cauces del entendimiento que los argumentos de autoridad del catedrático más veterano. Y por eso nos terminamos creyendo eso de que Robin Hood era un tipo altruista, que siempre hay un bando bueno y otro malo o que los hombres han pisado la superficie de la Luna (¿Hay alguien en condiciones de demostrar con evidencias que eso haya sido así?). Si bien la vida nos proporciona experiencias que van forjando nuestras convicciones, generalmente el cotidiano discurrir de la existencia no alcanza a ilustrar todas y cada una de las certezas que tan orgullosamente defendemos en una tertulia de café. El ciudadano menos reflexivo quizá se conforme con repetir lo que ha oído en el último telediario, pero los que tienen por costumbre pensar en lo que dicen seguro que tomarán partido a favor o en contra de la pena capital o de la captura de la ballena azul recordando esta o aquella película, estas o aquellas historias o imágenes que hayan podido inclinar su juicio y determinar su postura. Por su especial trascendencia social, las campañas de seguridad vial son un clásico en las pantallas de la televisión y en las vallas publicitarias de todo el mundo occidental, campañas de tal repercusión que concitan siempre la atención de un abundante número de detractores y un no menos nutrido grupo de defensores. Las historias de las campañas de tráfico navegan entre la plácida contemplación de lo que pudo haber sido y la crudeza descarnada de lo que es. Casi siempre abordan lugares comunes que mueven a la reflexión o alertan del peligro, en ocasiones apelando a los sentimientos, aunque también explotan nuestros temores más atávicos. Escribir y construir una historia que transmita un mensaje positivo sin columpiarse en el abismo de la exageración es un ejercicio bonito. Y hasta saludable, porque además nos ayuda a reflexionar sobre el fenómeno en sí, ordena las ideas y remueve la conciencia. Como ejemplo, presentamos un pequeño vídeo que alerta sobre las consecuencias de una fatal distracción en carretera, y de paso enlazamos algún otro de mucho más merito y alcance, no sin advertir que la vida puede herir la sensibilidad del amable lector-espectador.

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la foto salió movida

El 1962, año en que apareció  “Historia de Cronopios y Famas”, fallecía la buena de Marilyn al tiempo que Peter Parker, contaminado por un bichito radiactivo, se convertía en el increíble Hombre-Araña. Y no era el único. Por aquel entonces el mundo todo se preparaba para soportar las fiebres de tanto ensayo nuclear, obsesivo recurso del matonismo bélico internacional. También inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía empujaba un poco con la cabeza y pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte. Hace cincuenta años, mientras la humanidad se preparaba para experimentar la gran apoteosis nuclear, los obispos almidonaban su ropa interior y preparaban los oscuros talares para celebrar el Concilio Vaticano II, conocedores de que, desde lo más alto, la divinidad cedía protagonismo a las sondas Mariner y Спутник, en caída libre hacia la distante Venus, pobrecilla. Sirvan estos recuerdos para ilustrar algo de lo que ya no guardo memoria porque figura a la cabecera del artículo y no soy yo de los que se solazan leyéndose a sí mismos, sabiendo que hay tantos textos meritorios que van a la caza de lectores profundos y reconcentrados que nunca olvidan lo que les pasa por la cabeza, como aquellas famas que recomendaban embalsamar los recuerdos de la siguiente manera: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: “Excursión a Quilmes”, o: “Frank Sinatra”. Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: “No vayas a lastimarte”, y también: “Cuidado con los escalones”. Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

tercerobé también cuenta

Partiendo de una inquietud, y llegando poco a poco a esa difícil empatía que nos hace sentirnos incómodos ante la crudeza del problema, el grupo tercerobé desarrolló una idea que acabó convirtiéndose en nuestra humilde aportación para la jornada contra la violencia doméstica del próximo veinticinco de noviembre. La iniciativa, el guión y todo el desarrollo tomaron forma durante las horas de esa incierta asignatura de Ciudadanía, que cualquier día desaparecerá sepultada y olvidada. Lo que no significará que los que ejercemos la docencia sin demasiado escepticismo dejemos de preocuparnos por hacer de nuestros alumnos buenas personas y mejores ciudadanos.

funes y s., los memoriosos

Quien no guarda recuerdo de las cosas está condenado a olvidarse incluso de sí mismo. La memoria es el verdadero motor del pensamiento. Un don extraordinario que alcanza hasta el último rinconcito de nuestra existencia. Desde muy antiguo, la cultura escrita ha venido prestando soporte externo a la memoria colectiva, todo eso que nos hace ser lo que somos. Sin ella habríamos de renunciar al progreso: nos veríamos obligados a reinventarnos a nosotros mismos en cada generación, con todo el derroche de energía y creatividad intelectual que eso supondría. La memoria como tal ha inspirado libros y películas. A principio de los años cuarenta del siglo pasado, Jorge Luis Borges escribió un cuento basado en la prodigiosa memoria de un hombre que no podía olvidar nada. Paralelamente, al otro lado del mundo, un neurofisiólogo ruso llamado Александр Романович Лурия estudió la mente de un portento: se trataba de un hombre de carne y hueso con una inusitada capacidad para retener en el tiempo la más nimia información que a los sentidos se le ofreciera. Los modernos computadores reproducen la estructura de la memoria humana: memoria a corto y a largo plazo. Pero las máquinas son implacables: ellas son capaces de almacenar miles, millones de datos, que para volverse opacos e inertes solo precisarán de que a nosotros se nos olvide la contraseña, una clave de acceso formada tan solo por un ridículo puñado de números y letras.

los coleccionistas

Se pueden coleccionar muchas cosas; cajas de cerillas, sellos, vespas, plumas de ave, jarrones, obras de arte, cinturones, pedruscos, flores secas… Pero, sin duda, los alumnos del Colegio Público “Huero Caín” de Navadorada se llevan la palma: ellos coleccionan poetas, que intercambian en los recreos o entre clase y clase. Por sus manos pasa la alineación más cotizada: en la puerta Juan Ramón; zagueros: Lope y Castillejo. En el medio campo Zardoya y Felipe. Y en posiciones muy avanzadas Cervantes y el jóven Hernández, un todoterreno nato. Ahora solo falta imaginarse un estadio lleno a rebosar para escuchar las evoluciones de estas rutilantes estrellas de nuestro panorama poético, leídas con la frescura y esa ingenua sencillez que solo los lectores más jóvenes son capaces de imprimir a sus versos.