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Si las piedras hablaran… En Roma no extraña tal prodigio: las piedras acompañan al caminante, le guían por largos y vías mientras cuentan historias milenarias que se hunden bajo los negros adoquines, en el subsuelo de esta ciudad viva, sucia y bulliciosa. Por aquí caminaron escritores ilustres antes de que las mansas manadas de turistas cercaran y engulleran las fontanas de Piazza Navona o pulieran con el trasero los ciento treinta y cinco peldaños de la Trinitá, sin dejarse uno. Como si se burlasen de nuestra condición mortal, columnas y muros proyectan la misma sombra desde hace siglos, jugando al gato y al ratón con la luz del sol, a la que Roma oculta los ruinosos patios interiores y la zozobra perenne de una marca registrada que se ofrece al mejor postor. Porque en la ciudad eterna casi todo está en venta: desde los souvenirs tóxicos que vienen de la China hasta la estampa imperial del Coliseum, que calza la horma de una marca de zapatods. Sin embargo, las historias son gratis: la de la loba Luperca que amamantó al rey de Roma, la del pintor que se dejó la piel en las paredes del Vaticano, la del mármol de Carrara y la conquista de la Dacia, la de Androcles y el león agradecido, la de los escandalosos amores de Calígula y Agripina, la de los sueños imperiales del bufón megalómano…  Los puntos cardinales del navegante que surca el Mare Nostrum simulan en Roma los cuatro extremos de la cruz que señala los lugares santos, donde creyentes y no creyentes se postran y ruegan, cada uno por lo suyo. La Roma santa también abruma con su imaginería, desperdigada en el grandilocuente decorado dedicado a aquel que se decía hijo de un dios, y que dos milenios más tarde es venerado como si tal fuera en fabulosos templos que huelen a incienso y cera quemada. No vamos a dar referencias de las que abundan en guías y manuales, y que por lo mismo son tan accesibles para el lector como para el que esto suscribe; quien no haya oído nada de las aclamadas novelas de Posteguillo o de las ucronías de Robert Silverberg es que ve poco la tele, cosa que por otro lado tiene sus compensaciones como, por ejemplo, estar leyendo ahora este artículo sobre la indiscutible magia literaria de esta urbe, a la que por muchas razones le dicen eterna

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Desde siempre, el desarrollo de las historias ha necesitado de un decorado propicio. Y las ciudades han prestado gustosas su geografía para tal menester. Algunas están estrechamente ligadas a sus autores, de forma que cuando pensamos, pongamos por caso, en Dublín, se nos viene rápidamente a la cabeza James Joyce. Podríamos hacer este mismo ejercicio con BarcelonaParísLisboaNueva York,  MadridLondresRoma, Buenos AiresAlejandría… espacios urbanos convertidos en protagonistas con personalidad propia, que alientan el pulso de las distintas tramas que se urden en sus entrañas. La poesía de las ciudades se escribe con piedra y ladrillo entre los renglones de sus calles, en las plazas y los parques donde la ficción se remansa, a la sombra de monumentos y edificios emblemáticos, escenarios verosímiles de encuentros imposibles. El viajero leído siempre guarda en el zurrón las referencias que le llevarán al último confín del barrio periférico o al centro mismo del piélago urbano, donde se retratará bajo las placas de los bulevares y verificará la presencia de aquellos testigos mudos de tantas ficciones por ellos mismos inspiradas: veredas, fuentes, quioscos, jardines, fachadas, obeliscos… Comenzamos nuestro particular recorrido literario por la Muy Noble, Muy Leal, Benemerita, Invicta, Heroica y Buena Ciudad de Oviedo, a la que Don Leopoldo Alas “Clarín” rebautizó como Vetusta en su obra más conocida, La Regenta. Hoy en día, la esbelta torre apuntada de la catedral vigila día y noche el paseo de Dña. Ana Ozores bajo la lluvia, detenida como en un sueño entre la fuente de Alfonso el Casto y la casa de la Rúa. Una imagen que de tan nítida en el imaginario de los ovetenses se ha quedado plasmada y fundida en metal para disfrute de residentes y recreo de visitantes.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica. La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo dieciséis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.