exquisitas lecturas

¿Quién no es capaz de acordarse del espumoso capuchino que se tomó en la Plaza de San Marcos con el agua hasta los tobillos? ¿O del delicioso y carísimo trocito de Sachertorte servido con una pizca de nata en la confitería Demel, a un paso del Palacio Imperial (y ecologista) de Hofburg, en Viena? Los recuerdos se fijan mejor cuando van acompañados de sensaciones agradables, de balsámicos efluvios que la pituitaria torna luego en vívidos colores cuando el paladar se suma a la fiesta. Por eso se nos ha ocurrido combinar dos placeres, el de la lectura y el que se desprende de la golosa disposición de alumnos y profesores. Por un día, los usuarios de la biblioteca han tenido la oportunidad de saciar su apetito en todas las dimensiones posibles: literaria, social y biológica. Picoteando de aquí y de allá, las tortas y bizcochos desaparecieron hasta la guinda, los chocolates dejaron su oscura huella entre pulgares e índices de todo quisqui, y los panecillos que envolvían quesos y embutidos se esfumaron dejando tras de sí una descarriada legión de miguitas que hemos descubierto entre las páginas de libros y comics de lo más variado: Tristezas de Bay City, de Chandler; El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, Linda 67, de Fernando del Paso, El invierno del dibujante, de Paco Roca o La física de los Superhéroes, de James Kakalios. Un exceso de calorías justificado por el amor a los libros y el buen sabor de boca que deja un poco de literatura en buena compañía.

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semana de la historieta

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Los que han nacido, crecido, soñado y madurado pegados a las páginas de un cómic encontrarán demasiado rápida y superficial esta aproximación laudatoria al noveno arte. Sin embargo, los no iniciados la encontrarán ligeramente exagerada. Vaya para los unos y los otros el siguiente vaticinio: pronto veremos expuestas las planchas originales de ciertos autores en los museos más importantes del mundo. El tebeo no es solo un instrumento narrativo de primer orden, sino una expresión artística que mueve todos los resortes del intelecto humano, del que parten un sinfín de aproximaciones posibles: estética, literaria, lúdica, académica… El tebeo es sumamente permeable a las innovaciones y los experimentos y no cesa de proyectar su larga sombra sobre otras formas de expresión artística como la literatura o el cine, éste último inútilmente empeñado en reconcentrar en películas de larguísimo metraje la épica de los superhéroes, desde Anacleto a los Cuatro Fantásticos. Pero la naturaleza del tebeo aún no ha sido superada: el vínculo casi sagrado con el papel, la eterna sucesión de imágenes que juegan con el tiempo y el espacio, la poesía del dibujo que habla, el lenguaje del movimiento, la seductora presentación… En este día del libro reivindicamos una vez más este género del que tenemos muchos y muy buenos exponentes en nuestra biblioteca: nos imponemos la tarea de seguir promoviendo su lectura entre los más jóvenes y, por qué no, animando vocaciones entre los que sienten la llamada de la creación gráfica.

después del fuego

Cuando un monte se quema, algo suyo se quema. Este lema tiene medio siglo y se hizo muy popular gracias a una campaña de comunicación para prevenir los incendios forestales. Era la época del desarrollismoel entorno rural se despoblaba paulativamente y los espacios naturales empezaban a ser codiciados por promotores y magnates industriales. En definitiva, una dilatada historia de desafectos entre el hombre y la naturaleza que llega hasta nuestros días. Para entender un poco mejor qué nos está pasando llamamos a nuestro amigo Ignacio Abella, escritor, naturalista e incansable divulgador medioambiental, que días atrás publicaba en prensa un interesantísimo artículo titulado Después del fuego. En su intervención, Ignacio desvelo el mal que aqueja a los montes que se queman: la extinción de los vínculos económicos y sentimentales con la comunidad agrícola y ganadera, secular benefactora del paisaje, que ha dejado en manos de la administración la gestión de este inmenso patrimonio, un legado añejo que los desatinos políticos están dilapidando. La riqueza natural se vende a granel como “paraíso natural”, una suerte de publicidad pintoresca y banal que disimula el desgobierno y la improvisación. Ignacio nos revela que hace unas pocas décadas no se contemplaban las quemas controladas porque en el monte no sobraba nada; hasta los invasivos tojos eran recolectados para cebar al ganado o alimentar los hornos del pan, en algunos casos siguiendo viejos protocolos que garantizaban un reparto y beneficio equitativos. Abella sostiene que el papel que el bosque jugaba dentro de una economía agrícola de subsistencia es, para bien y para mal, una estampa del pasado, pero la riqueza está ahí, en ocasiones oculta por intereses corporativos o, simplemente, por pura ignorancia. ¿Quién dice que no es posible sacar un excelente rendimiento a la producción maderera autóctona sin empobrecer el terreno o facilitar combustible a futuros incendios? ¿Quién sentiría la seducción de una región quemada y yerta, que ofrece al turista nostálgicas imágenes de antaño en sus “centros de interpretación”? ¿Alguien cree posible contener los procesos de desertificación que desencadena el suelo deforestado y desnudo? Hace cincuenta años el conejo Fidel nos animaba a ser responsables con lo que es nuestro, pero subrayaba además que quemar el monte “podía perjudicar nuestros intereses”. Sin duda el perjuicio ya está causado. Ahora cumple enmendar los errores y corregir sus efectos, porque nuestro destino está indisolublemente unido al de nuestros bosques: ellos nos necesitan en la misma medida en la que nosotros los necesitamos a ellos.

la guerra explicada

Hubo en España una guerra que, como todas las guerras, la ganara quien ganase, la perdieron los poetas. Cuando Pablo Guerrero cantaba esta canción de Alfredo Amestoy, España se marcaba sus primeros y vacilantes pases en la arena democrática, después de padecer una larga dictadura. La Guerra Civil estaba muy presente en el ánimo y el corazón de los españoles; rencor, exilio, hambre y represión; heridas abiertas y mal curadas. Casi ochenta años nos separan de aquel verano de 1936. En España se preparó un ensayo general de lo que más tarde sería el mayor conflicto bélico de la historia. Millares de muertos: una generación entera con nombres y apellidos familiares que dejaron una impronta difícil de borrar e imposible de olvidar. A estas alturas, ya se ha perdido casi por completo la memoria directa del suceso. Los que sufrieron la devastación han fallecido. Pero la historiografía sigue revisando este periodo y, de vez en cuando, se nos revelan evidencias inéditas que amplían la perspectiva y enriquecen el análisis. Es casi innecesario (si no fuera porque es algo que nos “toca” muy de lleno) subrayar que la Guerra Civil (como todas las guerras) no se reduce a un desafío de “malos” contra “buenos”. Ningún conflicto es como lo pintan en las películas. Pero también es rigurosamente cierto que el “alzamiento” lo fue contra un gobierno legítimamente constituido. En éstas estaba Pérez-Reverte cuando redactó La Guerra Civil explicada a los jóvenes. Nada nos hace sospechar que el autor haya querido alimentar ideológicamente el texto. Y por eso no resulta conveniente entrar en un juicio de intenciones. Pero el libro, de tan escueto, nos resulta un tanto simplón. Cierto es que los lectores a los que va dirigido no están excesivamente informados y se debaten entre aceptar o rechazar tópicos y dudosas versiones ideológicas. Pero “nuestra” Guerra Civil se merece una aproximación más rigurosa. Y no solo por la espuria manipulación que políticos y libros de texto hacen de este episodio; también por la necesidad de superar los rencores heredados y someter a los protagonistas al documentado juicio de la historia.

lentejas con literatura

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Pequeña e insignificante de a una; pero un buen puñado viste de fiesta la buena mesa del probe, y más si el cocinero tiene para tocino y morcilla. Si no comulgas con este parecer tampoco te señalamos con el dedo: quizá nadie te supo tentar con su delicada textura, o te las viste las más de la veces con potes reventones sin aroma ni substancia, enlagunados y lavados o, por contra, mohínos y espesos, tan sobrados de fuego como faltos de cariño. Tenemos noticias de la Lens culinaris desde hace milenios. Era de lo poco que los faraones compartían con los esforzados constructores de sus mausoleos, quizá porque ambos precisaban del vigor de la tierra fértil: los unos para ver levantarse ante ellos el símbolo de su inmortalidad; los otros para sobrevivir un día más a las vanas aspiraciones de sus idolatrados reyes. Conocemos de primera línea que las lentejas frecuentaban los fogones del ingenioso hidalgo Alonso Quijano al menos una vez por semana, y que Napoleón las veneraba hasta el punto de obligar al Papa Pío VII a bendecir las que habrían de servirse en el banquete de su coronación. Pero las lentejas también placen a las musas e inspiran relatos como éstos, que concurren al certamen literario propiciado por la denominación Lenteja de Tierra de Campos, una iniciativa para abrir boca. Que aproveche.

Justicia

Todos sabían de sobra que la debilidad conducía al desastre. Por eso, los tripulantes alababan la determinación del capitán Russell, que a fines de otoño había advertido personalmente, desde los grumetes al primer oficial, que mientras estuvieran atrapados en el hielo la comida sería estrictamente racionada, por lo que las sustracciones se considerarían sabotaje y sancionadas según la Ley del mar. Así que cuando Finnegan descubrió una lenteja bajo el jergón de O´Rourke, la sentencia de muerte se daba por descontada. O´Rourke sostenía que había sido objeto de una conspiración. Finnegan sabía que su palabra se pondría en entredicho, pero no obstante consideró que su deber era dar parte. Sir Russell valoró el testimonio de los dos hombres antes de añadir la evidente insignificancia de la supuesta sustracción. Por su parte, O´Rourke se libraría de la horca si admitía la culpa; pero eso confirmaría el testimonio de Finnegan. Éste podría retractarse pero nadie le creería, porque si su intención hubiera sido comprometer a O´Rourke le hubiera atribuido un hurto de más enjundia. El capitán no durmió el día de la ejecución. Tampoco el que le sucedió. De repente, algo le impulsó a levantarse y remover su jergón. Contempló atónito la lenteja antes de desmoronarse.

Carlos Mª de Bianco

Marketing

Sostenido en precario sobre una escalera de mano, el alcalde arrojó el último puñado de pepitas en la tolva de acero inoxidable. Las doradas menudencias de oro se mezclaron con toneladas de lentejas en trance de ser envasadas. Como se predijo, la estrategia publicitaria disparó las ventas de esta legumbre. Hubo casos de dientes mellados, pero en general la iniciativa se recibió con entusiasmo: las abuelas retomaron la costumbre de inspeccionar pacientemente cada ejemplar, y las autoridades sanitarias se vieron obligadas a crear la etiqueta “comer oro no es perjudicial para la salud”. Pero pronto aparecieron los ventajistas que llevaban detectores de metales, provocando tumultos en los supermercados. Entonces a alguien se le ocurrió adherir a los paquetes un discreto filamento de acero que alterara cualquier intento de escrutinio espurio. De nuevo las ventas aumentaron. Pero la bonanza fue momentánea, porque cuando la frustración de los clientes alcanzó el límite estallaron disturbios en las principales ciudades. El malestar se trasladó a la Bolsa, donde el valor del oro se tambaleó hasta desplomarse. La gente se apresuró a vender sus joyas al peso, cambiándolas por la divisa americana o bien por saquitos de lentejas de estraperlo.

Cristina Ortal Rioboo