la ley de los árboles

¿Saben cuál es el colmo de un amante de la naturaleza? Pues leer un libro de Ignacio Abella a la sombra de un tejo centenario. Nosotros tenemos la suerte de contar con tejos, naturaleza, libros… e incluso con el propio autor. Ignacio es un colaborador habitual y vecino generoso donde los haya. De vez en cuando nos visita para regalarnos la palabra con la que alimenta una copiosa producción editorial sobre naturaleza. No somos pocos los que leyéndole hemos redescubierto los árboles en toda su dimensión biológica, etnográfica, antropológica… e incluso mágica. Posiblemente estas plantas que tan familiares nos resultan sean los seres vivos que más han contribuido no solo a la transformación del planeta sino a la propia evolución de la humanidad. En pago a tales servicios, el hombre moderno se afana en cercar, secar, cercenar, triturar, quemar, decapitar, asfixiar, explotar y, lo que resulta aún más grave, ignorar a estos compañeros leñosos, verdaderos supervivientes a través de los siglos. Sin embargo, ni los colosos más asentados en la tierra que abrazan han podido resistir la furia del acoso, más destructivo que la descarga simultánea de un millar de rayos. Estos compañeros de viaje han sido testigos del arraigo y el progreso de las comunidades, y como tales a su sombra se han cobijado los concejos que ejercían el arbitrio de la ley nacida de la costumbre y el respeto por el entorno, surgidos a su vez del profundo arraigo territorial. En Árboles de Junta y Concejo. Las raíces de la comunidad (Libros Del Jata, 2015), la figura totémica del árbol perenne y frondoso se dibuja con la iglesia del pueblo al fondo, solemne, erguido sobre vidas y haciendas, prestando su callada presencia en pactos y acuerdos, leyes y tratos que quedan indeleblemente sellados al porte regio de su estampa. La progresiva pérdida de las señales identitarias y el desarraigo dieron por tierra con cientos, si no miles, de ejemplares vegetales que rivalizaban en porte y prestancia, abandonados a su suerte cuando ya la suerte de los paisanos, de sus paisanos, les fue ajena. La obra de Abella es rigurosa y está bien documentada: abunda en testimonios y fotografías que abarcan toda la España peninsular, la Europa aledaña y casi testimonialmente otras regiones de mundo.

“Hoy podemos construir inmensos edificios, catedrales o rascacielos, pero hemos olvidado o perdido la capacidad de criar un árbol «entero». La majestuosidad de los viejos árboles que se expandían con incomparable vigor y belleza, ocupando quizá por un milenio el corazón mismo de nuestros pueblos, ha degenerado en la imagen patética de árboles amputados o avejentados antes de tiempo, y sus sucesores apenas duran, con muchos cuidados, una décima parte de sus antecesores”.

Posiblemente el destino de los árboles que aun resisten, al igual que el de sus sucesores, esté sellado. No se puede recuperar algo que no vive y palpita por fuera de los incontables centros de interpretación de la naturaleza. Las peregrinaciones casi rituales a los emplazamientos donde se erguían los ejemplares más longevos (En la foto “El Abuelo” en enero de 1979, nogal cuasi-milenario de La Hoz de Abiada, provincia de Santander), han dado paso a romerías masivas, sin orden, sin rumbo, que contribuyen a darle la puntilla al patrimonio vegetal bajo toneladas de populismo y buena fe. Ignacio Abella es consciente de que no es posible dar marcha atrás en la historia, pero propone que la misma sensibilidad que nos llevó a vivir en armonía con el paisaje y los recursos que atesora sea la que dirija en lo sucesivo las actuaciones tendentes a mejorar el entorno de la comunidad. Y nosotros desde aquí nos sumamos al propósito.  Árboles de Junta y Concejo, está prologado por Mª José Parejo, directora del programa El bosque habitado, de Radio Nacional (R3). Traemos a esta página un emocionante episodio que trata del regreso gozoso del tejo nuevo, junto a la iglesia de Santa María de Lebeña (La Liébana, Cantabria), merced al fiel madrinazgo de unas paisanas que siempre creyeron en su árbol, fuente de todas las certezas que las vinculaban a la tierruca. A su tierruca.

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exquisitas lecturas

¿Quién no es capaz de acordarse del espumoso capuchino que se tomó en la Plaza de San Marcos con el agua hasta los tobillos? ¿O del delicioso y carísimo trocito de Sachertorte servido con una pizca de nata en la confitería Demel, a un paso del Palacio Imperial (y ecologista) de Hofburg, en Viena? Los recuerdos se fijan mejor cuando van acompañados de sensaciones agradables, de balsámicos efluvios que la pituitaria torna luego en vívidos colores cuando el paladar se suma a la fiesta. Por eso se nos ha ocurrido combinar dos placeres, el de la lectura y el que se desprende de la golosa disposición de alumnos y profesores. Por un día, los usuarios de la biblioteca han tenido la oportunidad de saciar su apetito en todas las dimensiones posibles: literaria, social y biológica. Picoteando de aquí y de allá, las tortas y bizcochos desaparecieron hasta la guinda, los chocolates dejaron su oscura huella entre pulgares e índices de todo quisqui, y los panecillos que envolvían quesos y embutidos se esfumaron dejando tras de sí una descarriada legión de miguitas que hemos descubierto entre las páginas de libros y comics de lo más variado: Tristezas de Bay City, de Chandler; El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, Linda 67, de Fernando del Paso, El invierno del dibujante, de Paco Roca o La física de los Superhéroes, de James Kakalios. Un exceso de calorías justificado por el amor a los libros y el buen sabor de boca que deja un poco de literatura en buena compañía.

semana de la historieta

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Los que han nacido, crecido, soñado y madurado pegados a las páginas de un cómic encontrarán demasiado rápida y superficial esta aproximación laudatoria al noveno arte. Sin embargo, los no iniciados la encontrarán ligeramente exagerada. Vaya para los unos y los otros el siguiente vaticinio: pronto veremos expuestas las planchas originales de ciertos autores en los museos más importantes del mundo. El tebeo no es solo un instrumento narrativo de primer orden, sino una expresión artística que mueve todos los resortes del intelecto humano, del que parten un sinfín de aproximaciones posibles: estética, literaria, lúdica, académica… El tebeo es sumamente permeable a las innovaciones y los experimentos y no cesa de proyectar su larga sombra sobre otras formas de expresión artística como la literatura o el cine, éste último inútilmente empeñado en reconcentrar en películas de larguísimo metraje la épica de los superhéroes, desde Anacleto a los Cuatro Fantásticos. Pero la naturaleza del tebeo aún no ha sido superada: el vínculo casi sagrado con el papel, la eterna sucesión de imágenes que juegan con el tiempo y el espacio, la poesía del dibujo que habla, el lenguaje del movimiento, la seductora presentación… En este día del libro reivindicamos una vez más este género del que tenemos muchos y muy buenos exponentes en nuestra biblioteca: nos imponemos la tarea de seguir promoviendo su lectura entre los más jóvenes y, por qué no, animando vocaciones entre los que sienten la llamada de la creación gráfica.

después del fuego

Cuando un monte se quema, algo suyo se quema. Este lema tiene medio siglo y se hizo muy popular gracias a una campaña de comunicación para prevenir los incendios forestales. Era la época del desarrollismoel entorno rural se despoblaba paulativamente y los espacios naturales empezaban a ser codiciados por promotores y magnates industriales. En definitiva, una dilatada historia de desafectos entre el hombre y la naturaleza que llega hasta nuestros días. Para entender un poco mejor qué nos está pasando llamamos a nuestro amigo Ignacio Abella, escritor, naturalista e incansable divulgador medioambiental, que días atrás publicaba en prensa un interesantísimo artículo titulado Después del fuego. En su intervención, Ignacio desvelo el mal que aqueja a los montes que se queman: la extinción de los vínculos económicos y sentimentales con la comunidad agrícola y ganadera, secular benefactora del paisaje, que ha dejado en manos de la administración la gestión de este inmenso patrimonio, un legado añejo que los desatinos políticos están dilapidando. La riqueza natural se vende a granel como “paraíso natural”, una suerte de publicidad pintoresca y banal que disimula el desgobierno y la improvisación. Ignacio nos revela que hace unas pocas décadas no se contemplaban las quemas controladas porque en el monte no sobraba nada; hasta los invasivos tojos eran recolectados para cebar al ganado o alimentar los hornos del pan, en algunos casos siguiendo viejos protocolos que garantizaban un reparto y beneficio equitativos. Abella sostiene que el papel que el bosque jugaba dentro de una economía agrícola de subsistencia es, para bien y para mal, una estampa del pasado, pero la riqueza está ahí, en ocasiones oculta por intereses corporativos o, simplemente, por pura ignorancia. ¿Quién dice que no es posible sacar un excelente rendimiento a la producción maderera autóctona sin empobrecer el terreno o facilitar combustible a futuros incendios? ¿Quién sentiría la seducción de una región quemada y yerta, que ofrece al turista nostálgicas imágenes de antaño en sus “centros de interpretación”? ¿Alguien cree posible contener los procesos de desertificación que desencadena el suelo deforestado y desnudo? Hace cincuenta años el conejo Fidel nos animaba a ser responsables con lo que es nuestro, pero subrayaba además que quemar el monte “podía perjudicar nuestros intereses”. Sin duda el perjuicio ya está causado. Ahora cumple enmendar los errores y corregir sus efectos, porque nuestro destino está indisolublemente unido al de nuestros bosques: ellos nos necesitan en la misma medida en la que nosotros los necesitamos a ellos.

la guerra explicada

Hubo en España una guerra que, como todas las guerras, la ganara quien ganase, la perdieron los poetas. Cuando Pablo Guerrero cantaba esta canción de Alfredo Amestoy, España se marcaba sus primeros y vacilantes pases en la arena democrática, después de padecer una larga dictadura. La Guerra Civil estaba muy presente en el ánimo y el corazón de los españoles; rencor, exilio, hambre y represión; heridas abiertas y mal curadas. Casi ochenta años nos separan de aquel verano de 1936. En España se preparó un ensayo general de lo que más tarde sería el mayor conflicto bélico de la historia. Millares de muertos: una generación entera con nombres y apellidos familiares que dejaron una impronta difícil de borrar e imposible de olvidar. A estas alturas, ya se ha perdido casi por completo la memoria directa del suceso. Los que sufrieron la devastación han fallecido. Pero la historiografía sigue revisando este periodo y, de vez en cuando, se nos revelan evidencias inéditas que amplían la perspectiva y enriquecen el análisis. Es casi innecesario (si no fuera porque es algo que nos “toca” muy de lleno) subrayar que la Guerra Civil (como todas las guerras) no se reduce a un desafío de “malos” contra “buenos”. Ningún conflicto es como lo pintan en las películas. Pero también es rigurosamente cierto que el “alzamiento” lo fue contra un gobierno legítimamente constituido. En éstas estaba Pérez-Reverte cuando redactó La Guerra Civil explicada a los jóvenes. Nada nos hace sospechar que el autor haya querido alimentar ideológicamente el texto. Y por eso no resulta conveniente entrar en un juicio de intenciones. Pero el libro, de tan escueto, nos resulta un tanto simplón. Cierto es que los lectores a los que va dirigido no están excesivamente informados y se debaten entre aceptar o rechazar tópicos y dudosas versiones ideológicas. Pero “nuestra” Guerra Civil se merece una aproximación más rigurosa. Y no solo por la espuria manipulación que políticos y libros de texto hacen de este episodio; también por la necesidad de superar los rencores heredados y someter a los protagonistas al documentado juicio de la historia.